¡Esto sí que no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 2) Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

—Me habrás llamado para algo más aparte de para contarme que estáis bajo el mismo techo.

La mente se me quedó en blanco.

—¿Tú crees? —terminé vacilando.

—Estoy segura. Diría que has tenido el impulso de decírmelo porque sientes que deberías hacer algo al respecto y no sabes el qué, y quieres que te dé uno de mis magníficos consejos.

En general, mi hermana siempre tiene razón, pero no estuve convencido de que hubiera pulsado el botón del telefonito verde en busca de sugerencias o apoyo psicológico.

Si hubiese tenido que apostar, creo que habría apostado a que solo quería volver a decir su nombre en voz alta para asimilarlo.

—¿Qué consejo me darías?

—Depende. ¿Qué sientes? ¿Te da igual? Pues entonces sé profesional y santas pascuas.

¿Has descubierto que te sigue gustando? Te animaría a indagar a ver si es recíproco.

¿Te has sentido extraño, acorralado, como si se te estuvieran reabriendo las heridas de repente?

En tal caso, lo mejor sería que te guardaras para ti tus emociones y mantuvieses las distancias.

Tuve que dejar correr un silencio necesario para poner en orden mis ideas.

—¿Cómo de patético sería que me siguiera gustando?

O que me guste , mejor dicho, porque en estos cinco años que han transcurrido no ha podido estar gustándome.

No la he visto, quiero decir, y, al final, el gerundio indica continuidad, ¿no, señorita Lingüista?

Gustando no sería la palabra, entonces, sino gusta . En presente.

Ella me sonrió cariñosamente con los párpados entornados por la postura: el móvil apoyado en la almohada y Laia erguida sobre los codos como una diosa que nos cuida desde el cielo.

Lo que es.

—Dicen que si alguien te ha gustado una primera vez, es más probable que te guste una segunda.

Pero los seres humanos somos más complejos que eso.

Tendrías que diseccionar si te gusta en el pleno sentido de la palabra o si sientes nostalgia, estás aburrido o entra en juego el orgullo de querer retomar la historia para esta vez acabarla tú según tus condiciones.

Le devolví el gesto afectuoso con cansancio.

—¿Te parezco tan complicado como propones?

—La verdad es que no. Eres una persona muy transparente. Es lo mejor que tienes. Así que si dices que te gusta, no hay más que analizar.

Pero al final analizamos la situación un rato, porque si algo nos gusta a los hermanos Montseny es hablar el uno con el otro, porque habíamos acordado de forma tácita no mencionar ni Isla Serena ni nada relacionado con los negocios de Jaume y porque yo me sentía como una bañera a rebosar a la que de repente le hubieran quitado el tapón: conforme más comentarios hacía sobre el desarrollo de mi entrevista con Fayna y el posterior encuentro —«confrontación» sería más adecuado— en la fiesta, más liberado me sentía.

Aunque la liberación tuvo un coste: el de acostarme con una sonrisa amarga en los labios que me acusaba nuevamente de pringado, algo que no he sido nunca y que habría pagado por no ser jamás, pero a lo que me había condenado desarrollando esta fijación insana y desorientadora.

Si dicha fijación fuera solo una cuestión mental, podría mantenerla a raya jugando al ajedrez o haciendo crucigramas, pasatiempos a los que me aficioné las semanas posteriores a la «ruptura» para no caer en la espiral de preguntarme en bucle qué coño había pasado, por qué había cambiado de opinión de manera brusca y radical.

Pero en el camino al 4x4 en el que los influencers y yo viajaremos a Cala d’Hort, compruebo una vez más que lo de Fayna es algo animal, no tanto intelectual.

Aunque encabezo la marcha y los demás me siguen como patitos a mamá pato, si frenara ahora mismo, sabría girarme sin dudar hacia el punto que ella ocupa en el cuadro y señalarlo igual que un niño en cuanto ve el mar.

Cuando me subo en el vehículo, sé, sin fijarme a través del retrovisor, que elige el asiento inmediatamente trasero al mío, el que da a la ventana izquierda.

Mientras conecto el móvil al estéreo y contesto, distraído, las preguntas que me hace sobre todo Mina, la siento a mi alrededor como un foco de calor, un espectro o un aroma; algo que no es tangible, pero de lo que aun así soy consciente.

Pulso el botón aleatorio en las canciones que me gustan —no soy de los que pierden el tiempo elaborando listas de reproducción por género o estado de ánimo—, y ya me había vuelto a apoyar en el respaldo del asiento cuando reconozco los primeros acordes de No Me Querías Tanto , de Natalia Lacunza.

Es una canción que me encanta, que no pasa de moda para mí, pero la idea de escogerla —o de que el destino la escoja en presencia de Fayna— me incomoda lo suficiente para forzar una mueca y pasarla de inmediato.

—¡Jo! —se lamenta Carmen—. ¡A mí me gusta Natalia Lacunza!

—Pero es un tema un poco triste para una excursión, ¿no te parece?

Mejor algo más animado. —La sonrisa de mentira se me congela en la cara cuando el aleatorio vuelve a elegir una canción del palo, en este caso Turista , cuya letra no podría dejarme más en bolas—.

Joder. De todas las canciones que tiene Bad Bunny, tiene que salir esta.

Un temita de Él Mató a un Policía Motorizado, Ahora Imagino Cosas , irrumpe en el coche con su melodía pegadiza. Es bastante apropiado para amenizar el trayecto, pero reproducir a los Motorizados en presencia de Fayna es para mí una especie de homenaje.

Peor: de guiño cómplice.

—¿Y esta por qué la has pasado? Parecía guay —dice Mina.

—La tengo muy trillada.

Casi se me escapa un bufido desesperado con la siguiente elección del jodido modo aleatorio, No se te puede dejar nada de La La Love You.

¿«Te di mi alma y me la rompiste también»?

Sí, hombre, y una mierda .

La paso y, para sorpresa de nadie, la cosa se pone aún peor.

Y yo no sé ni como ni cuando te voy a volver a ver

Pero hay algo en el aire que me pide buscarte una y otra vez

No he conocido nunca nada ni nadie

Que me ponga tanto del revés

—¿Esos son Samuraï y Leo Rizzi? Madre mía, tío —se ríe Felipe con inocencia—. ¿Te han roto el corazón recientemente o qué?

Me río con él para disimular, notando que me arde la nuca, y termino por desistir.

Que suene lo que sea, qué coño importa. Es más fácil dejar que el aleatorio capte la energía y la tensión del ambiente y actúe en consecuencia que luchar contra lo evidente.

A lo mejor no es tan evidente y solo me estoy haciendo pajas mentales. A lo mejor Fayna ha olvidado que una vez hace muchísimo tiempo nos comunicamos en un coche mediante canciones para tirarnos pullitas y no asocia ese momento especial para mí con este que vivimos ahora.