¡Esto sí que no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 2) Capítulo 6
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Capítulo 6

Cesc

En un gesto tan cinematográfico que solo puedo sonreír con diversión, Mina baja las gafas de sol hasta la punta de la nariz —me apuesto una caña a que está operada— y me mira de arriba abajo nada más localizarme de pie en el recibidor del hotel.

—¿Tú vas a ser nuestro guía?

Aunque el tono que utiliza es fundamentalmente incrédulo, asumo que se alegra de verme.

Con mucho gusto, porque no se puede decir que tenga nada en contra de los influencers —en todo caso, solo de una en concreto, y por razones ajenas a su trabajo—, me aproximo con una sonrisa y apoyo la mano en su cintura para darle los dos besos de rigor.

¿Podría haberme ahorrado lo de la manita sobre la cadera?

Claro que sí, pero no se me escapa que soy el público objetivo de Mina, @ glitterklow , y como mi hermana Laia acostumbra a decir parafraseando con sorna a los míticos viceversos de La isla de las tentaciones , «a todo el mundo le gusta gustar».

Sobre todo cuando tu exsituationship te trató anoche con la punta del zapato.

—¿Qué tal has descansado? ¿Has encontrado las instalaciones de tu gusto?

—No tanto como la sorpresa de que vayas a llevarnos a hacer snorkel —confiesa sin pelos en la lengua. Ni en ninguna parte del cuerpo distinta de la cabeza, por lo que puedo advertir gracias a su minúsculo vestidito playero—. Pensaba que te dedicabas al Marketing.

—Pues como tú, ¿no? Por eso vamos a pasar la semana juntos.

—Le guiño un ojo amistosamente. Al menos, espero que lo interprete de forma amistosa.

A no ser que me dé por cambiar de idea, cosa que podría suceder, y me vuelva amistoso al estilo de Paul Mescal con Daisy Edgar-Jones—.

Digamos que desde que trabajo para Siroco Collective he estado haciendo algunos cursos para completar mi formación.

Además de plantar el culo en la oficina de nueve a dos de la mañana, soy instructor de buceo... , entre otras cosas.

—¿Tendremos ocasión de ver esas... otras cosas que sabes hacer?

Collons. La chica va a fuego.

Me río por educación y me rasco la nuca para ganar tiempo.

Por lo general, me gusta más ser el perseguidor que el perseguido.

—Seguro que sí. Si estás aquí, será porque has recibido mi correo desarrollando el planning para estos días.

—Lo he recibido, claro. Aunque habría preferido que me lo hubieras enviado por SMS .

O por WhatsApp. Ya sabes... —Se quita las gafas de sol y se entretiene limpiándolas con el borde del vestido, insinuando así la ingle tonificada que exhibe el diminuto biquini—.

A lo mejor me surge algún problema, y en ese caso siempre viene bien tener conexión directa con el responsable de todo, ¿no?

—Ahora cuando vengan los demás hago un sondeo para ver si les parecería correcto crear un grupo de WhatsApp. De todos modos, no dejes que te engañe lo cercano que parezco. Soy un tipo muy profesional —añado con suavidad.

Mina no es estúpida en lo absoluto y capta al vuelo que se ha precipitado.

Me devuelve la sonrisa con una ligerísima irritación y se excusa en que tiene que realizar una llamada para retirarse a un lado, abriendo así el pasillo hacia la entrada por el que resulta que están bajando ahora mismo el resto de mis huéspedes.

Felipe encabeza la marcha. Camina con las rodillas proyectadas hacia los lados.

El viento le agita la camisa hawaiana con los dos últimos botones desabrochados, una elección de atuendo muy apropiada para Ibiza si eres la clase de persona que se pone fular y boina en París o alquila una scooter en Roma —creo que pretendía decir «si eres un cateto»—.

Le sigue muy de cerca la nerviosa Carmen, que se atusa con visible incomodidad las arrugas de la camiseta de tirantes ajustada y tira hacia abajo de las esquinas de los shorts , muy cortos si sabes de antemano, como parece ser el caso, que vas a pasarte el día entero tratando de cubrirte los muslos en vano.

Alberto, el tipo de los mortales hacia atrás, le está explicando algo con unos aspavientos propios de político. Se ha retirado el flequillo oscuro de la cara con una bandana rockera.

No quiero ser consciente de que estoy esperando a la reina de la fiesta, pero el cuerpo me traiciona despertando de la modorra mañanera para reaccionar en condiciones a su llegada.

Quien dice «en condiciones», dice «con agitación».

Juro que la veo descender la rampa casi a cámara lenta, y no solo porque no haya perdido su característica parsimonia, ese rasgo que la haría femenina incluso si se disfrazara de señorito con traje de tres piezas y monóculo: se debe a que es la única que ha entendido la tarea.

Vamos a tomar una lancha en Cala d’Hort para dirigirnos al sur del islote de Es Vedrà, donde se concentra la vida marina: solo tiene sentido aparecer con un bañador y una prenda cómoda para respetar mínimamente el pudor en tanto que nos sumergimos en el agua.

Eso es lo que ella ha hecho. Calzarse un vestido de punto blanco y ceñido hasta las rodillas con el que se le transparenta un nuevo tatuaje en el estómago y el biquini de triángulo negro y dorado, anecdótico en cuanto a las dimensiones —mejor para mí— pero favorecedor —mejor para ella—.

Como lleva gafas de sol y una máscara mortuoria por expresión, no puedo saber hacia dónde mira ni lo que está pensando. Pero bastante tengo con saber lo que estoy pensando yo como para responsabilizarme de lo que sea que le ronde la mente.

Nada bueno y nada que me pueda beneficiar en lo más remoto, si atendemos a la actitud que desplegó anoche sin ninguna clase de motivo.

—No te lo vas a creer —le dije anoche a mi hermana en cuanto contestó la videollamada.

Laia levantó las cejas con gravísima expectación.

Imitaba así el semblante teatral que le observamos a un turista imbécil un verano y que nos pasamos las vacaciones enteras imitando para luego partirnos de risa.

Es uno de tantos visajes y expresiones coloquiales que forman parte de nuestro léxico familiar—.

Adivina quién forma parte del grupito de influencers que van a promocionar Isla Serena.

Como ella y yo tenemos una conexión astral, su sorpresa pasó de ser artificial a inundarle la cara.

—¡ Nooooooo ! ¡Imposible!

—Ya te digo que sí.

—¿En qué estaba pensando Mar?

—¿Cómo sabes que ha sido obra de Mar? —Laia me lanzó una mirada a través de las pestañas: «¿En serio me lo estás preguntando?»—. Me tomáis todos por un inútil, ¿eh?

—Un inútil, tampoco. Pero digamos que podrías estacionar el coche en los aparcamientos reservados para movilidad reducida, porque lo que es mover el culo, no lo mueves mucho.

—Se reacomodó en la cama, donde se tumba siempre boca arriba para recibir mis llamadas, y apoyó la mejilla en la mano libre—.

¿Has visto que ahora lleva el pelo diferente?

—¿Lo sabías?

—Llevo siguiéndola en redes desde que saltó a la fama.

Claro que lo sabía. No te decía nada ni te mandaba pantallazos cada vez que se cambiaba de look o hacía de las suyas porque imaginaba que sería doloroso para ti.

O al menos incómodo —se corrigió con su encantadora magnificencia.

La puntualización me arrancó una sonrisa.

Entendió enseguida que pretendía rebelarme contra la indecorosa magnitud de la palabra «doloroso» para reivindicar mi orgullo masculino y quiso ahorrarnos a los dos el numerito rebajando la historia con Fayna a la categoría de pequeña molestia—. ¿Cómo ha sido el reencuentro?

Me sentí estúpido al poco rato de llamar a mi hermana, lo reconozco.

Si hay una persona en el planeta ante la que no me importa revelar mis cagadas y mis emociones, las absurdas e inexplicables incluidas, es ella.

Por eso, si me arrepentí del arrebato, no fue por una cuestión de pudor ni porque Laia hiciera alguna pregunta fuera de lugar —es incapaz a todos los niveles de hacer algo así; de no estar a la altura de las circunstancias—.

Fue porque había obrado por impulso y en el camino había admitido ante los dos que la aparición de Fayna era para mí más que una casualidad.

Y lo había admitido después de guardar voto de silencio durante cinco años.

La noche que me despedí de Fayna por teléfono le dije a Laia que todo se había acabado y no volvimos a hablar del asunto.

Ya entonces, mi hermana era una persona extraordinariamente perceptiva, y aunque estaba batiendo las palmas con la idea de que saliera con su influencer preferida y presionó a su manera prudente para que su deseo —que era el mío también— se diera, comprendió muy pronto que se había convertido —o iba camino de convertirse— en un tema delicado.

Fayna sería a partir de entonces una bala alojada en algún rincón de mi cuerpo que no se podría extraer sin comprometer mi seguridad y con la que habría de convivir el resto de mis días.

No es nada de una poética excepcional. Tampoco una exageración. Todo aquello que no entendemos, que nos sucede de improviso o que simple y llanamente nos hiere más de lo que esperábamos deja una huella indeleble en nosotros. Forma parte de nuestra historia.

Así es como decidí interiorizarlo en su día, cuando me harté de burlarme con crueldad de mí mismo por haberme encaprichado hasta tal punto de una completa desconocida.

Aún convivo con fuerzas que sostienen opiniones dispares y que pugnan entre ellas por erigirse vencedoras. De vez en cuando, en las ocasiones en las que aprovecho una hora muerta para acordarme de ella, se sigue desatando el debate.

«No era una desconocida. La conociste muy bien. Y aunque no lo hubieras hecho, nunca conocemos a la gente del todo, así que es válido hacer un salto de fe para quererla».

«¡Claro que era una desconocida! ¡Y fueron un puñado de días! ¡Eres un pringado! ¡Pringado! ¿Cómo puedes pensar en ella aún? ¡Das vergüenza!».

Y así.

—¿El reencuentro? Ha sido raro —le contesté a mi hermana—. Como cabía esperar. En el caso de que lo hubiera esperado, claro. Que no era el caso.

—Ya. Sé que no contabas con coincidir con ella de nuevo. ¿Entonces?

—Entonces ¿qué?