Capítulo 5 #3
—Deberías sentirte más responsable del bienestar de tus trabajadores que de los sentimientos de tus invitados, y podrías empezar a preocuparte por ellos evitando perturbar su descanso.
Ya fue bastante malo que yo los interrumpiera mientras cenaban, pero tú eres el jefe.
¿Qué derecho tienes a ir a cortar el rollo?
Cesc enarca una ceja.
—¿Por qué asumes que he cortado el rollo? ¿Qué sabrás tú de la relación que yo pueda tener con Margalida o con Omar?
—Sé que Rita casi se atragantó con el bocadillo al verte aparecer.
Él ladea la cabeza para mirarme de hito en hito.
—Te picas por las razones más absurdas.
—¡A lo mejor no son absurdas para mí! —mascullo, envalentonada—. ¿Te paraste a pensar en eso? No, seguro que no, o habrías tenido la astucia de pedirle a Margalida que seleccionara a celebridades de internet con las mismas prioridades que tú.
—¿Vas a hacer que me arrepienta de haberle dado el visto bueno a la lista?
—En todo caso, que te arrepientas de no mirarla siquiera.
Cesc esboza una sonrisa incrédula, cada vez menos seguro de estar llevando la voz cantante en la conversación.
—¿Qué pasa, Fayna? ¿Estás esforzándote para que te devuelva a tu casa ahora mismo? Porque así podríamos estar en tablas. Tú me despediste del documental el día uno y yo te largo nada más llegar. Justicia poética.
—No estaríamos en tablas ni de lejos. —Lo acuso con el dedo—. Aquella vez acabamos en una situación poco profesional porque te reservaste información, y en esta ocasión estamos en una tesitura igualmente delicada porque no te dio la gana de hacer tu trabajo.
—Siempre es culpa mía, ¿no?
—Siempre, no. Pero en esos dos casos, sí.
Una parte de mí está horrorizada con la manera en que le hablo, pero no puedo parar. La rabia me produce arcadas y tengo que vomitar lo que pienso; hacer que se sienta culpable de algún modo por la vida que ha escogido.
Él me sorprende respondiendo con serenidad.
—¿Qué te hace pensar que, si hubiera mirado la lista, habría tachado tu nombre?
—Que si yo hubiera visto el tuyo en el contrato, no lo habría firmado ni borracha —le suelto de carrerilla, así como sale disparada la Coca-Cola cuando agitas la botella.
Cesc recibe un dato que yo pensaba que era obvio como si lo hubiera apuñalado a traición. Retrocede un paso, entre aturdido e incrédulo, y por un momento es incapaz de encontrar las palabras adecuadas para responder.
Me ofende que piense que habría venido si hubiera sabido que trabajaba aquí y me ofende todavía más que no entienda lo que le estoy diciendo entre líneas: no que no deseaba verlo ni en pintura, sino que verlo disfrazado, transformado, vendido al peor postor, me ha causado una impresión espantosamente dolorosa que podría haberme ahorrado con facilidad.
Mi respuesta le cae como un jarro de agua fría, eso es evidente.
Y podría hacer una puntualización que me dejara en mejor lugar y a él lo tranquilizase, pero ¿para qué?
¿Vamos a ponernos a hablar sobre el hecho de que sacrificara su carrera audiovisual para fingir que da un palo al agua en la empresa de su padre aquí en medio, a unos pasos de la fiesta en honor a Jaume?
—No creas que no se me ha pasado por la cabeza fugazmente subirte a un avión y devolverte a Tenerife, Fayna —me sorprende confesando en voz baja, no por debilidad, sino para garantizar la confidencialidad.
Me está mirando a los ojos—. Todavía me pregunto en qué estaba pensando Margalida cuando escogió a una activista para Isla Serena Resorts.
No eres el perfil que buscamos. Pero se me ha presentado la oportunidad de demostrar que cuando soy yo el que tiene el poder, no abusa.
No lo utiliza para joder a nadie. Si esto beneficia tu carrera en redes en la medida que sea, no voy a interferir.
Pero te aseguro que voy a estar aquí para recordarte en todo momento tus obligaciones contractuales.
Cuenta ovejas mientras mi padre hace su discurso, si quieres, pero procura estar sentada cuando sea su turno.
—¿O qué? —lo pincho con la barbilla erguida.
Necesito saber hasta dónde es capaz de llegar.
No creo que se pueda demandar a alguien por cubrirse las orejas con las manos y canturrear el La, la, la de Massiel mientras Jaume Montseny narra su increíble historia de superación o Aina describe las camas balinesas donde habrá echado pasión con su jefe, pero sí que puedes meterle un puro por incumplimiento de contrato.
Si me amenaza aquí y ahora con eso, habremos acabado.
Aunque ya acabáramos hace tiempo.
Para mi sorpresa, Cesc da un paso adelante, aún con las manos en los bolsillos, y se inclina hacia mí proyectando todo su dominio sobre mí... que, por desgracia, no es escaso. El aliento se me entrecorta cuando la brisa me trae un recuerdo de su olor corporal suavizado por una colonia cara.
—O te daré unos azotes por mal portada —me dice en voz baja—. ¿Qué te parece eso?
Recupera la postura confiada volviendo a su eje y señala hacia la terraza con la cabeza antes de emprender su camino, dejándome a mí sumamente perpleja y con el pulso disparado.