¡Esto sí que no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 2) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

¿O es que está prohibida la sobrasada en el recinto?

—Yo terminé el turno hace un par de horas —Omar se encoge de hombros—, pero me quedo por si acaso.

—Por si acaso ¿qué? —se mofa Margalida. Le da un codazo amistoso al jardinero, que sonríe plácidamente avergonzado. Es tan dulce —. ¿Por si acaso se cae una palmera?

—Si se cayera y aplastara a alguien, tendría un problema —se defiende él con humor.

—¡Al revés! ¡Uno menos del que ocuparse! —se ríe ella.

Igual que un detector de metales pita cuando advierte un tesoro, mis tripas se retuercen en cuanto miro en la dirección de la secretaria de Cesc. A juzgar por su actitud, mucho menos rígida que la de sus compañeros, sospecho que podría sonsacarle la información que busco.

Y sin necesidad de disimular.

Pero es pronto para arriesgarme.

—Es un poco temprano para que sientas deseos de huir de la fiesta, ¿no crees?

Por lo general, los invitados empiezan a hastiarse después de comer.

El restaurante sirve un menú degustación exquisito.

¡Por solo trescientos euros! —menciona Margalida, mirándome con la cabeza ladeada.

Tiene el moño despeinado después de todo el día—.

Espera a haberlo probado antes de poner una reseña negativa o va a cantar que has sido tú.

—¿Tanto se me nota lo que pienso de todo esto?

—Sí. Y por la cuenta que me trae, más te vale disimularlo, guapa. No quiero que me echen la bronca por haber elegido a la única influencer que no quiere serlo para el programa.

—¿Te echan la bronca con frecuencia?

—¡Qué va!

—¿Entonces? ¿Qué es lo peor que podría pasarte?

—¿Ahora que Francesc es mi jefe? No sé. ¿Que hiciera mucho ruido al llegar a la oficina al día siguiente, golpeando la mesa con la grapadora y cerrando el portátil con ímpetu para comunicarme su enfado? —sugiere con una sorna que yo correspondo riéndome.

—Parece más diplomático y serio que eso de entrar armando escándalo.

—Aquí es importante parecer , sí. Pero detrás de la fachada hay un buen chico. Insisto en que eso es lo que me ha convencido de no presentar mi dimisión. Este sitio es asqueroso —culmina con una voz que suena como un escupitajo, y mira al fondo de su botellín.

—Mar —se alarma la chica del papel de aluminio.

No ha estado participando porque tenía tanta hambre que ha devorado media barra en cuestión de diez intercambios verbales.

—¿Qué?

—¡Que vigiles lo que dices!

—¿Es que no la conoces? Es La Fayna Silvestre —anuncia con solemnidad, y por un momento me siento orgullosa de mi trabajo—.

Te puedo asegurar que si ha venido a un hotel de Siroco Collective es porque le interesa saber lo que se cuece a nivel interno, no porque quiera grabar un «¡ Get ready with me para gentrificar calas ibicencas! ».

—¡Con más razón! —sigue rezongando la otra.

Me lanza una mirada de soslayo que lo dice todo.

«Como se le ocurra dejarnos con el culo al aire en su TikTok, estamos muertos. M-u-e-r-t-o-s».

—Agüita... Tienes opiniones, ¿eh? —le sonrío a la secretaria.

Margalida forma una pistola con los dedos índice y corazón y apunta al frente.

—Y no dudaré en usarlas.

—¿Fayna?

Como si nos hubiéramos puesto de acuerdo, los cuatro miembros honoríficos del poyete de Siroco Luxury giramos la cabeza hacia la voz masculina.

Las luces cálidas que mantienen visible el sendero y las puertas principales iluminan la silueta ejecutiva de Cesc y su expresión contenida.

Repara en que la recepcionista deja de masticar de golpe, de nuevo abochornada —¿será que está a dieta y por eso se pone nerviosa? —, y esboza una sonrisa.

—Que aproveche, Rita.

Ruborizada, se apresura a limpiarse las comisuras de la boca.

—Gracias, señor Montseny.

—Fayna —repite con paciencia—. En unos minutos servirán la cena. Deberías volver.

No voy a decir que «se me escape» la mueca de irritación, porque la verdad es que la hago adrede para hacerle saber lo que opino de su aparición estelar.

A fin de evitarles a Omar y a Rita la prolongación del momento incómodo, me bajo del muro de un salto y rodeo a Cesc sin mirarlo.

—Ya voy, papá —mascullo por lo bajo. Luego levanto una mano hacia mis nuevos amigos y muevo los deditos a modo de despedida—. ¡Fue un placer, chicos!

—¡Igualmente! ¡ Ciao , Fayna!

—Adiós —me sonríe Omar.

Rita solo sacude el resto del bocadillo.

Siento el cuerpo de Cesc acercándose a mí como si fuera yo uno de esos vehículos inteligentes que te dicen a qué distancia queda el coche que llevas a la cola: veinte metros para colisión, diez metros para colisión, un metro para colisión... Y, ¡bam! , estalla la alarma.

—¿Puedo preguntar por qué te has escabullido en pleno discurso de bienvenida?

—Porque todos los discursos de bienvenida son iguales y necesitaba estirar las piernas —respondo sin mirar—. ¿Puedo preguntar yo por qué saliste en mi busca?

—Los influencers sois mi responsabilidad.

—Pues para ser tu responsabilidad, no te preocupaste de elegir quién venía.

—Hay criterios que valoro mucho más que el mío. El de Margalida es uno de ellos.

—Pero si te hubieras encargado tú, a lo mejor ahora no tendrías que ir detrás de las ovejitas que se te salen del redil como un pastorcillo abrumado.

—Se me ocurrió dar por hecho que todos los escogidos valorarían la oportunidad y sabrían lo que se espera de ellos. Han firmado un contrato, ¿no?

Está encantado de que le lleve la contraria, no hay más que oírlo. Me responde con una cadencia cantarina, imitando los altibajos de mi voz al lanzar las pullitas.

—Yo no firmé nada que me obligara a vitorear discursos que hacen apología del capitalismo.

Cesc tiene la desfachatez de reírse a carcajadas.

A mí me hierve la sangre y procuro no mirarlo.

—Ni siquiera has pasado una primera noche aquí, Fayna. ¿Crees que podrías moderar tus ansias revolucionarias hasta al menos el cuarto día?

—¿Por qué el cuarto? ¿Por qué no el tercero, como Cristo?

—Porque lo único que tienes en común con Cristo es la fobia a los mercaderes. Él los echó a patadas del templo y tú los fumigarías de la faz de la Tierra. En todo caso serías Jesucristo García —continúa desvariando, risueño—, como la canción de Extremoduro.

Levanto las cejas y parafraseo uno de los versos, que considero que vienen al pelo:

—¿Me vas a aplicar la ley antiterrorista?

Con la cabeza ladeada y las manos metidas en los bolsillos, postura que se contrapone a su atuendo formal, Cesc me lanza un vistazo pensativo.

La risa hace brillar sus ojos como pequeñas estrellitas sin nombre.

—¿Debería?

Entrecierro los párpados con aire desafiante.

—Puede.

Me doy cuenta demasiado tarde de que hemos rozado la línea del coqueteo.

Y no soy la única que se ha percatado. Cesc no ha parecido inquieto por mi actitud en ningún momento, pero ahora camina a mi lado con esa falta de prisa de los pretendientes que no se irán a casa hasta que les hayas concedido el primer beso, y yo, sin darme cuenta, he ralentizado también la marcha para posponer la separación.

«Por Dios, Fayna. ¡Céntrate!».

Es él quien rompe un silencio demasiado plácido, un silencio que nos sorprende y a la vez no nos sorprende en absoluto, porque siempre nos ha resultado peligrosamente fácil ponernos cómodos el uno con el otro.

—¿Ha pasado algo para anar de morros ?

Freno en seco en medio del sendero que conduce hacia la terraza. De lejos me llega el sonido de las conversaciones simultáneas y una versión libre de derechos de We Found Love de Rihanna.

Qué apropiada.

Ya te digo que encontramos el amor en un lugar sin esperanza.

—Claro que no. ¿Cómo iba a anar de morros en Siroco Luxury? —Extiendo los brazos—. ¿Qué podría suceder en el paraíso ibicenco para alterar mi ánimo?

—Por lo poco que sé, no tiene por qué suceder nada para que te cabrees. En su día te hiciste famosa entre los miembros del equipo de grabación por tu carácter volátil.

Ese «por lo poco que sé» conecta con el similar «por lo poco que sé de ti» de esta mañana y me sienta igual de mal o peor.

Soy consciente de que estoy tan susceptible que podría romper a llorar con la menor inconveniencia, pero ese comentario es, bajo toda consideración, digno de montar un escándalo.

¿«Por lo poco que sé», hijo de puta? Sabes que mi canción favorita es La Cura de Frankie Ruiz —aunque si te dicen que me estoy curando, no es la verdad, no —, que mi padre era alcohólico y con qué postura sexual hago squirt , gilipollas, y nada de eso ha cambiado.

El que en todo caso ha cambiado y por eso mismo ya no lo conozco eres tú.

¡«Por lo poco que sé», dice! ¡La que sabe poco o no sabe un carajo soy yo!

—Tú te hiciste famoso en mi choso por ser un insolente —contraataco con los ojos entornados—. Veo que no perdiste lo que te hacía tan especial.

Él se encoge de hombros con esa jovialidad medio bobalicona que tenía mi Cesc.

—La edad acentúa los defectos. ¿Has discutido con alguno de los otros influencers o qué? Se han quedado planchados con tu estampida.

—¿Eso también me lo preguntas porque eres el responsable de los famositos, o porque eres un cotilla y te da FOMO no estar sentado en nuestra mesa?

Su sonrisa se atenúa hacia la incredulidad al contestar, como burlándose de que no se me haya ocurrido la tercera —y verdadera— explicación.

—Por mi responsabilidad, claro. ¿Qué, si no?

¿Ha contestado con espíritu retador o han sido imaginaciones mías?

Su postura ha tenido que reforzar esta sensación: se ha parado frente a mí con las manos en los bolsillos del pantalón, las caderas ligeramente proyectadas hacia delante, la vista fija en mi cara como si hubiera ahí un rompecabezas de diez mil piezas.

La brisa nocturna se le cuela entre los mechones más largos del flequillo, torturando unos ojos verdes y cristalinos como la kriptonita.

No me gusta que lleve flequillo, la verdad. Me gustaba que su rostro estuviera despejado. Le hacía transparente. Más accesible. De algún modo rebelde.