¡Esto sí que no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 2) Capítulo 5
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Capítulo 5

Fayna

Cesc agradece su asistencia a los invitados, su duro trabajo a los miembros del staff y su resiliencia y olfato para los negocios a su querido progenitor, que «una vez más ha demostrado haber nacido para facilitar comodidades a los viajeros impenitentes» levantando Isla Serena Resorts.

En honor a Jaume, Cesc hace un recorrido por los hoteles principales —que no todos los hoteles, o nos habría sorprendido el amanecer— que yo, habiéndome memorizado cada uno de ellos, así como cada una de sus sanciones y escándalos más o menos encubiertos, voy reconociendo uno por uno.

Cada alojamiento está adaptado a los intereses de los clientes.

¿Que traen plan de pasar el día borrachos y bailando al son del techno y la electrónica?

Pues al Náyade Beach Club de Platja d’en Bossa.

¿Que vienen con familia porque quieren broncearse y para eso es mejor dormir en primera línea de playa, a poder ser en un hotelito con infinity pool y actividades nocturnas?

Pues venga, al Eivissa Coast de Ses Salines o al Siroco Luxury de Cala Vadella.

¿Que son adeptos del mindfulness y el yoga y buscan un retiro espiritual?

Pues a dormir al palacete campestre Aura Living, próximo a las montañas de Sant Joan de Labritja.

¿Que lo que les gusta es el turismo urbano con sus pinceladitas de historia o vienen a trabajar un fin de semana?

¡Pues no se pierda Zyra Ibiza, el hotel boutique de Dalt Vila, que le acogerá con los brazos abiertos!

¡A no ser que prefiera el de Eivissa! ¡No, espera, el de Talamanca!

¡Bah, cójase el que quiera, si son como los bares en España: va a encontrar un hotel de Montseny cada cincuenta metros!

¡O una discoteca! ¡O un restaurante! ¡O a una persona, porque a estas también las tiene en propiedad!

Como no había donde elegir, ahora se podrá vivir la experiencia de resort hawaiano reposando el culo en bungalós de madera estilo tropical distribuidos bajo el pueblo de Es Cubells, que, como ya sabemos, pues es la muletilla de la noche, ha recibido el divertidísimo nombre Isla Serena Resorts .

¿La inspiración? ¿Qué iba a ser, sino el sueño húmedo de hacerse una fotito en la piscina privada de una preciosa cabaña de madera?

Jaume Montseny es el hada mágica. Está aquí para satisfacer todos y cada uno de los deseos de los europeos antes de que se les presenten, solo que no a golpe de varita, sino de tarjeta de crédito.

En esta ocasión, ha traído al Mediterráneo la vida tailandesa para aquellos a los que les aterre coger un vuelo de más de tres o cuatro horas o, no lo quiera Dios, rodearse de indígenas tai y comida no apta para los delicados estómagos caucásicos.

Damas y caballeros, no olviden frotar las cuatro cámaras del iPhone con la cachemira del pareo, porque lo que van a encontrarse es lo más instagrameable que hay.

En estos cinco años, Cesc ha debido de tomar clases para saber cuándo gesticular, cómo distribuir su atención entre los asistentes y qué pausas cómicas hacer para que el público se ría con él.

Está en su salsa, no podría decirse de otro modo.

Y aunque de entre todas las personas del mundo yo soy la última con derecho a juzgarlo, no puedo evitar sentirme profundamente decepcionada.

Asqueada, en realidad.

Como si él lo hubiera percibido, vuelca su atención en mí.

Es mi turno, supongo. Imitando el foco de un faro móvil, desde el estrado ha estado barriendo las mesas con la mirada de izquierda a derecha, de derecha a izquierda: era cuestión de tiempo que se fijara en la mujer que ha permanecido de pie, cruzada de brazos, lo más lejos posible del punto de encuentro común.

Por un momento me da la sensación de que vacila, de que comete un pequeño traspié en su fascinante introducción, pero asumo que lo he imaginado.

Igual que esta mañana me he imaginado que se alegraba de verme.

Solo estaba desplegando sus nuevas —y no cabe duda que también útiles— dotes carismáticas, necesarias para moverse con éxito en la alta sociedad balear.

Jaume Montseny ha sonado igual que su prole al recibirme esta mañana cuando me ha recitado la parrafada de diviértete, avísanos si hay algún problema, ¡te damos la bienvenida!

Y, a pesar de eso, si yo hubiera sido un escarabajo, habría encogido las piernas y los brazos y me habría refugiado en mi caparazón al recibir por un instante su mirada directa.

Tengo que esperar a que la haya apartado para volver a respirar, para que me inunde la rabia que me hacía falta para desaparecer de nuevo.

Espero también a que el público prorrumpa en aplausos y Jaume tome la palabra para menear la cabeza, desaprobadora, y rodear el edificio principal abriéndome camino a través de los jardines.

Este es Cesc ahora. No, un momento, este no es Cesc.

Este es el señor Montseny , director del Departamento de Marketing de Siroco Collective.

El señor Montseny ha fagocitado a Cesc. O, como mínimo, lo ha domesticado.

Porque no me puedo imaginar a este señor Montseny brincando por el desierto del parque nacional de Timanfaya con la nariz pegada a la pantalla de la cámara para captar un atardecer de tonos de rojo apocalípticos.

Ni rompiendo el asa de su maleta para que la aerolínea no le cobre sesenta euros extra.

Ni gimoteando de dolor y dándole un repaso al diccionario de blasfemias porque los vientos del Sáhara le meten en los ojos la arena de las dunas de Corralejo.

Caminando sin rumbo también se llega a algún sitio. En este caso, al acceso al hotel, donde esta mañana le entregué al jardinero mi bicicleta de alquiler. Como siempre pasa, por la noche tiene un aspecto distinto, más abandonado pese a la exquisita atención que la plantilla le pone a todo.

Lo único que dota de vida este rincón del hotel son las carcajadas de un grupo de ¿tres?

¿Cuatro personas? Están sentadas de espaldas a mí en el poyete de una pequeña muralla de piedra decorativa.

Reconozco los hombros amplios del mencionado jardinero, el uniforme de una de las chicas de recepción y a una mujer vestida de traje de chaqueta con falda de tubo.

Los tres se están riendo mientras dan buena cuenta del contenido de una fiambrera, un bocadillo de sobrasada y un botellín de cerveza respectivamente cuando una de las chicas repara en mi presencia.

Se apresura a ponerse de pie —está descalza; se ha quitado los zapatos— y a meter el bocata en el papel de aluminio, como si fuera vergonzoso.

—Perdone. ¿Necesita algo?

Levanto una mano para anunciar que vengo en son de paz.

—No, no. Perdóname tú a mí. Perdónenme todos —añado, mirándolos con una sonrisa mortificada—. Solo estaba dando una vuelta. Ustedes sigan a lo suyo. Por mí no se corten.

—Tranquila, si de todos modos ya me toca volver a mi puesto. —La chica se alisa las arrugas de la falda.

El bochorno me paraliza por un segundo.

—Les corté el rollo que no veas, ¿no? —suspiro, pellizcándome el puente de la nariz.

Una risa femenina me hace sentir incluida en el grupo. Alzo la vista y me topo con unos rasgos discretos pero bonitos, rasgos que me suenan familiares.

La mujer de mediana edad que los porta me hace un gesto con la cabeza.

—Fayna, ¿no? Quédate un rato, si te apetece. Tenemos oro líquido de sobra. —Levanta la mano que sujeta el botellín de Estrella Damm y lo sacude con delicadeza, lo justo para que la espuma no se desborde por la boquilla.

Entrecierro los ojos antes de acercarme con pies de plomo, por si acaso cambiaran de opinión.

A mí no me gustaría que se me acoplara una influencer a uno de mis escasos ratitos libres.

Ni bajo ninguna circunstancia.

—Eres la secretaria de Ce... del señor Montseny, ¿verdad? La mujer con la que hablé por teléfono. ¿Margalida, puede ser?

Ella me aplaude la perspicacia con un asentimiento y se echa hacia un lado enérgicamente para abrirme un hueco en el muro.

Gesticulo hacia el susodicho hueco para que primero se ponga cómoda la chica del bocata de sobrasada, y luego, tras confirmar que el jardinero también está conforme, me aúpo con agilidad.

—Qué buena memoria. Toma un caramelo. —Y me tiende un botellín recién abierto.

—Tienen un alijo interesante ahí, ¿eh?

Margalida esboza una sonrisa cómplice.

—No se lo vayas a decir a los jefes.

—Descuida. Es de eso de lo que vengo huyendo.

—¿No lo está pasando bien, señorita? —pregunta el jardinero—. Si necesita...

—Lo único que necesita es beberse eso y una noche de sueño. Y corta el rollo por hoy, Omar, que hace rato que acabó tu jornada. En cuanto fichamos fuera, se acabó preocuparse por los sentimientos del huésped. Con todo el respeto lo digo —apostilla Margalida hacia mí.

Iba a limitarme a reírle la gracia, pero el cosquilleo de la ambición de matar dos pájaros de un tiro me estalla en el vientre.

Me pregunto cuál será el mejor modo de abordarlos. ¿«Sonáis un poco descontentos con Siroco Luxury»? Demasiado directo. A la gente le gusta que te tomes el tiempo de cortejarla. ¿«Cualquiera diría que no os pagan lo suficiente»? Pasivo-agresivo a rabiar.

Me decanto por la sutileza.

—Es tarde para seguir al pie del cañón, ¿no?

—En días como este, yo no me voy a mi casa hasta que Francesc se larga a la suya —contesta Margalida.

Me abre el botellín valiéndose de una llave, un poco de presión y un movimiento fluido.

Y entonces me guiña un ojo. Sexy —.  O hasta que se apiada de mí y me dice: «Mar, eres libre de marchar con tu mujer y tu hija».

—¿Y eso no pasa a menudo?

—Lo bastante a menudo para que no haya presentado aún mi dimisión.

—A mí me toca el turno de noche —contesta la chica del bocadillo.

Está volviendo a retirar las esquinas del papel de aluminio, pero con muchísimo cuidado, como si no quisiera que me enterase.

¿Qué indicaciones le da Montseny a los trabajadores del hotel? ¿«Procura que el cliente no se entere de que eres un ser humano con necesidades, tales como CENAR »?