¡Esto sí que no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 2) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Jaume se percata de mi asombro, que a estas alturas debo estar irradiando como un brasero, y me lanza un vistazo rápido.

—¿Te encuentras bien? Estás muy pálida. No habrás sufrido alguna intoxicación con los entremeses, ¿verdad? Te confieso que no sería la primera vez.

Ah, se ha levantado graciosito.

—En absoluto. Todo es maravilloso —me oigo contestar en tono neutro. Con la vista clavada en su cara de feliz desconocimiento, fuerzo una sonrisa y le tiendo la mano—. Fayna.

Estoy convencida de que el nombre le refrescará la memoria.

Y, si no, lo hará mirarme a la cara, porque la única vez que nos citamos me miró a la cara en todo momento.

Sin miedo. Con seguridad. Claro que ¿a qué le iba a temer este tipo, lo más cercano que tenemos en España a Fernando VII desde...

pues eso, Fernando VII ? Lo veo capaz de levantarse aburrido y derogar la Constitución, promulgar una ley que permita que las mujeres suban al trono de España y provocar una segunda Década Ominosa.

Y digo todo eso porque lo de reprimir a los liberales ya lo hace.

Conmigo lo hizo.

—Encantado. Soy Jaume —dice casi con humildad, sin esperar pompa y boato.

Ese es el verdadero millonario, supongo.

El que se basta con pronunciar su nombre de pila en su propio reino para que se le asocie a la grandeza de su fortuna.

Acepta mi apretón de manos y me regala un cabeceo educado—.

Si en algún momento necesitas algo, por favor, no dudes en comunicarlo.

Estamos aquí para solucionar cualquier problema que se te presente.

Mi hijo Francesc estará a tu disposición a lo largo de la semana. Disfruta de la experiencia.

—Gracias.

—No vayas a perderte el discurso —agrega en voz alta al empujar la puerta.

Se lo piensa antes de cruzar el umbral, y en el último momento, sin apartar la mano de la superficie lisa, se yergue y me lanza un vistazo pensativo—.

Fayna. Me suena tu nombre. ¿Has hecho negocios con mis publicistas alguna vez?

—No, señor Montseny. Usted hizo negocios conmigo.

Todavía permanece un momento ahí varado, exquisito dentro de su traje informal de pantalón y americana y peinado como un actor de la época dorada de Hollywood.

Entonces un destello de reconocimiento relampaguea en sus ojos, que son los mismos que los de Cesc —Francesc, como se llama ahora—, y vaya uno a pensarse que se le cae la cara de vergüenza, retrocede un paso, una sombra de culpabilidad asoma a su expresión o algo por el estilo.

No sonríe con regocijo, eso se lo voy a reconocer; lo creía perfectamente capaz de mofarse de mi mueca rabiosa y se ha erguido por encima de mis expectativas.

Pero hace algo que no habría esperado ni en mil años. Compone una expresión rayana en la amabilidad, como si se alegrara de verme, e inquiere de todo corazón:

—¿Cómo está tu padre?

Ahí sí que se me hiela la sangre. Me sorprendo deseando que me lo hubiese preguntado con una sonrisita ladina, con la entonación de un villano de película de Antena 3 , pero se pronuncia con calidez.

Desde fuera, cualquiera diría que ha coincidido con alguien a quien le tiene un cariño inmenso, ¿y quién dice que no sea así? ¿Quién dice que no me ve como la persona que le allanó el camino para volver a poner sus tentáculos sobre Cesc?, ¿que no le hice un favor?

—Falleció hace seis meses —contesto sin sentirme la boca. Se me ha dormido la cara. Se me han dormido los brazos—. Una cirrosis galopante.

La sorpresa asoma a sus ojos, y no sé si es porque de verdad la muerte puede conmoverlo o porque se ha educado tan a conciencia en el arte del enmascaramiento que parece genuino, pero podría haberme echado a llorar al verlo asentir con hondo respeto.

—No sabes cuánto lo siento. Me acuerdo de él.

Jonay Navarro. Era un luchador, ¿eh? —Chasquea la lengua, como diciendo «¡Qué cosas tiene la vida!

»—. Me temo que me esperan ahí fuera, pero, por favor, cuando estés instalada en tu suite, llama al servicio de habitaciones y pide lo que gustes. Correrá de mi bolsillo.

Esta vez sí se marcha, no sin antes dedicarme una sonrisa en el grado perfecto: escueta, sencilla y totalmente apropiada para las circunstancias.

Me habría encantado reprocharle su cinismo, decirle que puede meterse su puta compasión por el culo, pero la emoción dominante no es la ira, sino la desorientación.

¿Qué me ha querido decir con eso de «pedir lo que quiera al servicio de habitaciones»? Porque es obvio que los hombres como él hablan su propio idioma. No comunican sus intenciones de manera verbal. Esperan que sus actos y sus segundos sentidos hablen por ellos.

Pero ¿y si no ha querido decir nada con el comentario y soy tan irrelevante que hasta celebra mi ingreso en el programa de influencers ?

No me cabe la menor duda de que opina muy en serio que mi padre era un luchador.

Lo investigó tan a fondo que tuvo que averiguar datos sensibles que de seguro se me escapan incluso a mí, y durante nuestra entrevista se cercioró de dejar constancia de que su intervención no era en absoluto personal.

Él también se había enamorado de un par de hippies , ¿no dijo algo así?

Se podría decir que hasta nos entendía, que se apiadaba de nosotros.

Pero considerando que tuvo que utilizar a mi padre para alejarme de Cesc, ¿no le pone ni un poquito nervioso que ya no esté en el mundo?

No podrá usarlo como arma arrojadiza para asegurarse de que no me vuelvo a acercar a su hijo.

Que no es que yo haya pensado en acercarme a su hijo, eso por descontado. Pero me asombra lo inofensiva que me cree.

Me asombra y me asusta, porque he venido aquí para ser lo contrario a inofensiva.

He venido para joderle.

«Pero si eres un fisquito, Nanita. ¿Qué vas a hacer conmigo?», me dijo mi padre una vez, tan borracho que no podía ni levantarse del suelo. Los dos llorábamos de impotencia, como podría ponerme a llorar de impotencia ahora mismo.

Si no podía ni con él, ¿cómo voy a poder con Jaume?

Pues tendré que poder, porque para eso me he informado. Para eso he estudiado.

Para eso estoy en Ibiza.

Se rumorea que ha conseguido todas las licencias para construir Isla Serena Resorts sobornando al ayuntamiento.

Se rumorea que hay exconvictos de mafias del Este europeo trabajando como cuerpo de seguridad en sus discotecas.

Se rumorea que ha vertido unas cuantas toneladas de residuos tóxicos al mar, con lo que eso implica para la vida marina —incluida la flora y la fauna protegida de Es Vedrà—, desde que heredó el mando de Siroco Collective.

Se rumorea que blanquea dinero gracias a empresas pantalla y cuentas bancarias panameñas.

Se rumorea, se rumorea, se rumorea.

Si fuera verdad un solo uno por cierto de todo lo que parece vox populi en blogs que desaparecen mágicamente y en vídeos que son visitados por cientos de cuentas bots al día antes de ser, de nuevo, eliminados, tendría suficiente material para exponerlo no ya en redes sociales, sino para llevarlo a los tribunales.

Es una empresa arriesgada y casi condenada al fracaso. No soy la primera que lo intenta.

Pero alguien lo tiene que hacer, ¿no?

Me consuela saber que mi instinto está más fino que nunca, porque nada más salir del servicio y captar la interacción entre Jaume y Aina en su camino de regreso a la terraza, comprendo por qué no me había gustado la chica desde el primer momento: el modo en que el empresario le pasa un brazo por la cintura y le acaricia la curvatura de la nalga con disimulo antes de que lo pillen no deja lugar para las dudas.

Además de su mayor fan, Aina es su amante.

El único inconveniente, si así se le quiere llamar, de mi humilde plan de destrucción, es el hombre de treinta años cumplidos en febrero —me acuerdo de su cumpleaños— que acepta el testigo de su padre subiendo los escalones de la terraza y hablando en nombre de Siroco Collective.