¡Esto sí que no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 2) Capítulo 4
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Capítulo 4

Fayna

A fin de evitar que los comensales se piensen — ¿piensan? Sometámoslo a juicio — que he huido por piernas, en el último momento reconduzco la ruta para internarme en los baños del restaurante.

Es de esperar que no haya ni un alma retocándose el pintalabios o vaciando la vejiga. La velada no ha hecho más que empezar.

Qué ganas de averiguar lo que sea que me tenga reservado.

Nótese la ironía.

Me echo agua en los laterales del cuello, en la nuca y en la frente y apoyo las dos manos sobre el lavabo.

Contemplo mi reflejo en el espejo y descubro, para mi inmensa decepción, que es bastante improbable que haya conseguido disimular el tour de emociones al que se me ha arrojado con el debate Fayna versus Cesc.

¿O sería «debate Fayna cambio que un terapeuta habría aportado como prueba irrefutable de su diagnóstico psicopático.

Su sonrisa se desvanece en cuanto la puerta se cierra y se yergue con altanería para supervisar con ojos calculadores el aspecto de su reflejo.

—Buenas noches —saluda al bulto que soy yo, al que no ha prestado la menor atención.

No consigo corresponder su cortesía. Me he quedado paralizada en el sitio, la lengua se me ha adherido al paladar y noto un pitido insoportable en un oído.

Algún día describirán mi estado en el manual de psiquiatría como los síntomas habituales cuando te cruzas con Jaume Montseny sin haberte preparado mentalmente.

O, lo que es lo mismo, con el puto diablo en persona.

Lo que me ha obligado a levantarme de la mesa no ha sido el recuerdo de Cesc cogiéndome en brazos nada más bajar de un dromedario —él insistía en llamarlo «camello», o ambas de manera indistinta— o de su voz quebrada tornándose gélida al despedirnos por teléfono, pues eso son fragmentos de mi pasado que ya solo arden en la memoria de internet.

Lo que me ha obligado a levantarme de la mesa, como digo, no ha sido la desfachatez y la falta total de sensibilidad de mis acompañantes, que entiendo que no debo tomarme como un ataque personal.

Lo que me ha obligado a levantarme de la mesa ha sido el hecho de que mi historia con Cesc no se puede mentar, no de manera completa y justa, sin aludir a su padre.

Y puedo tolerar que mi mente me bombardee con escenas idílicas de un chico y una chica a punto de besarse en las fiestas patronales de un pueblo lanzaroteño, claro que sí, pero no puedo soportar revivir el dolor del desenlace, no se diga ya al hijo de puta de su causante.

No sé qué es lo que hace que Jaume, que al principio me ha mirado sin verme, vuelva a echarme un vistazo. ¿Me ha reconocido? ¿Le ha molestado que no le devuelva el saludo en su propio hotel? ¿«Vienes a mi casa, a la boda de mi hija, y no me dices ni hola»?

Mientras le dispensa un chorro de jabón a sus manos seguramente manchadas de sangre —o de los productos químicos que sus hoteles vierten al mar cada año—, comenta:

—Debes de ser una de las influencers . ¿Lo estás encontrando todo de tu gusto?

Tampoco acierto a responder esta vez, pero ahora porque la rabia se me enquista en la garganta y siento que si abro la boca escupiré una vaharada de fuego.

¿«Debes de ser una de las influencers »? ¿En serio?

El pasmo es más fuerte que la intimidación que ejerce sobre mí y tengo que mirarlo con legítima incredulidad. Él se lava las manos con la vista fija en los dedos, que frota de acuerdo a las normas sanitarias establecidas durante la pandemia.

Había barajado que no le importara un carajo mi presencia, pero ¿que no se acordara de mí?

¿A cuántas chicas de veintitrés años fue a amenazar a la puerta de la casa de su padre como para pasarle desapercibida?

¿Todos los fines de semana coge vuelos con escala para amedrentar a la gente que osa desafiar sus dictados?

¿No es ese un comportamiento muy poco elegante?

Cualquiera pensaría al verlo, tan entrajetado y caballeroso, que con lo de la intimidación al más puro estilo sicario italiano, Jaume se las gasta como las madres anoréxicas con los dulces: «Solo lo haré una vez.

¡Y mañana compenso haciendo siete horas de bicicleta! ».