Capítulo 3 #2
Oh, bueno, lo que faltaba. He oído tantas veces esa palabra en las últimas horas que le he acabado cogiendo manía.
Me chirría en los oídos. Experiencia, experiencia, experiencia.
Todo es ahora una experiencia. Comer, viajar, salir con alguien.
Se desvirtúa la importancia que pudiera tener, lo emocionante que podría ser, para reducirse a una anécdota vacía, a una casilla tachada de la lista de vivencias de moda: ¿ir a una clase de cerámica donde sirvan palmeritas con azúcar y te pongan música de Enya mientras tanto?
Hecho . ¿Ir de retiro espiritual al monte con tu conjuntito Adidas rosa fosforito y tu Stanley Quencher?
Hecho . ¿Probar un restaurante de estrella Michelin porque el menú degustación «solo vale doscientos euros» y me lo quitan de las manos?
Hecho . ¿Gastarte mil palos para comer takoyakis en el mercado de Tokio? Hecho .
Incluso si no puedes moldear la arcilla con las extensiones de uñas XL , sufres tal síndrome de desgaste profesional que eres incapaz de estar a solas con tus pensamientos —no se diga ya repetir el mantra om cinco veces—, no comes ni siquiera verdura como para colmo probar el tartar de trufa y no te ha interesado la cultura oriental en tu puta vida, hay que hacerlo.
Es la experiencia , tía. ¡¡Tonto el último!!
—Es una lástima que al estar anocheciendo no podamos apreciar en todo su esplendor Es Vedrà y Es Vedranell, los paradigmáticos islotes de nuestra bella Ibiza —continúa Aina—. ¡Desde la terraza del restaurante hay unas vistas alucinantes! ¡No podéis perdéroslas mañana!
Ah, sí, los islotes de Es Vedrà y Es Vedranell.
Menos mal que son patrimonio protegido por tratarse de una reserva natural.
De lo contrario, Jaume Montseny también se las habría comprado al mejor postor, también habría edificado valiéndose de permisos ilegales, también habría destruido sus más de ciento cincuenta especies de plantas, también las habría prostituido para uso y disfrute de los turistas, también, también, también.
«Nanita, mi niña, respira», oigo la voz de mi padre en mi cabeza. «Vive un fisco, ¿sí?».
Tengo que reconocer que estar aquí no me está sentando bien.
Ni al ánimo, ni a los principios, ni a mis niveles de cortisol, tan elevados que si me viera alguien que me conoce diría que parezco una olla a presión.
Y es una pena, porque aunque es cierto que los islotes no se aprecian en su máximo esplendor por la inminente caída de la noche, las vistas desde la puta terraza del puto restaurante son increíbles.
—¿Me puedes hacer una foto? —le pide Carmen ( @ca.lifts.o , recordemos) a Mina ( @glitterklow , recordemos también, aunque dudo que podamos olvidarlo. Ella no nos dejará).
—¿Para qué? Si ya ha pasado la golden hour . Mejor mañana, que quedará mejor.
—Es que se la quiero enviar a mi novia.
—Mañana —ataja Mina.
En cuestión de unas horas hemos distribuido los roles.
Si esto fuera una película de cruces de personajes de distintos universos que pretendiera rendir homenaje a los mejores protagonistas del mundo audiovisual, los papeles serían los siguientes: Mina es Regina George, Carmen sería Johnny Bravo, Felipe tiene las prioridades de Garfield y Alberto, Backflip Boy ...
Todavía no lo tengo muy calado, pero voy a tirar por Silent Bob.
En cuanto a mí... Siendo muy generosa, diría Phoebe Buffay.
Nos habría asociado a todos a personajes de Friends , pero aquí nadie se va a hacer amigo de nadie, eso ya lo adelanto.
Bueno, en realidad lo adelanta Mina, porque en cuanto Aina se despide de nosotros y me quedo a solas con Nuestras Influyentes Majestades, carraspea y dice:
—¿Cuánto os van a pagar a vosotros por vídeo?
—A mí quinientos —responde Carmen, la más joven e inexperta.
Mina cree exhibir su gran magnanimidad al renunciar a hacer un comentario al respecto, pero se abanica con el móvil en la mano y lanza una mirada burlona a un público invisible.
La adicta al gimnasio se da cuenta y se apresura a aclarar—: Pero tengo pactados al menos cinco tiktoks de entre medio minuto y el minuto entero, así que me salía rentable venir.
—Hombre, te salía rentable venir incluso si solo te invitaban al hotel —opina Felipe sin mirarla a los ojos.
El camarero que lleva la bandeja de los entremeses tiene toda su atención.
—¿Y a ti cuánto te pagan por vídeo, eh? —insiste Mina.
Ha decidido que Felipe es su único rival real, al que habrá de aplastar con un dedo si le robara alguna idea.
Aunque no sé qué idea le iba a robar si cada uno ofrece una clase de contenido distinto.
—¿Y a ti qué te importa? Eso es información confidencial.
— Ídem —concluye Alberto.
Entonces me las veo cara a cara con la ambición de Mina, que vuelca en mí todo su interés.
Forzado, por cierto.
No voy a negar que fuera divertido presentarnos a las puertas del aeropuerto —cada uno vino de un sitio, pero nos recogían en un mismo coche— y verla decidir quién merecía su amistad y quién no basándose en la Ley de la Primera Vista.
Por lo pronto, solo con Carmen tiene un proyecto.
El proyecto es esclavizarla para que le haga fotos.
—¿Qué hay de ti?
—Poca cosa —contesto con ambigüedad.
—Me lo imaginaba —comenta por lo bajo—. Tus números han caído drásticamente en los últimos años y parece que acumulas un público fantasma.
Yo podría ayudarte —añade, y me planta la mano sobre la palma.
Clava en mí una mirada firme de ojos color miel—.
Podría darte algunos consejos para que te llegaran seguidores más activos y las marcas te contactaran para publicitarlas.
Etnia, a lo mejor. Natura. Quechua. Esas empresas.
Dice «esas empresas» como quien dice «esas putas mierdas». Me dan ganas de meter el dedo en la herida recordándole que a ella tampoco es que la hayan invitado a Coachella —grabó un vídeo llorando por la injusticia—, pero me niego a entrar al trapo.
Por bien que se les dé, pues se dedican precisamente a eso, esta gente no va a hacer que empiece a preocuparme por temas que me importan un carajo.
Retiro el brazo con toda la educación de la que soy capaz, y esto es, fingiendo que me ha entrado sed y necesito coger la copa de champán.
—Gracias, Mina. Eres muy amable. Lo pensaré.
Pero sé de sobra por qué mis números han caído, y también sé por qué la dirección de Siroco Collective ha decidido invitarme a mí y no a otra influencer de mayor rango.
Esto segundo no me lo ha preguntado sin ambages, pero se ha ocupado de insinuarlo con su fantástico y totalmente apropiado comentario.
Si no resuelvo la primera duda es porque no le interesará que le explique de qué manera afecta el auge reaccionario a los creadores de contenido con un discurso woke .
Si no contesto a la segunda es porque le interesaría demasiado enterarse de que a Jaume Montseny le apetece restregarme en la cara su victoria incluso cinco años después de vencerme el pulso.
Solo que me venció el pulso porque yo me retiré antes de extender el brazo.
«Te venció el pulso porque tú solo tenías una mano y él más tentáculos que un pulpo», me recuerda la conciencia con su encantador sentido de la oportunidad.
Y no se equivoca.
Alzo la vista por encima de las cabezas de Felipe y Alberto, los chicos que me quedan justo enfrente, y busco el rostro del propietario.
No se le ocurrirá faltar a su propia fiesta, ¿verdad?
No soy tan egocéntrica como para pensar que vendría solo para estrecharme la mano mirándome a los ojos y decirme con una sencilla sonrisa: «¿Has visto qué bien cuidado está Cesc?
». A lo mejor ni siquiera se acuerda de mí y cuando llegó a sus oídos que @lafaynasilvestre se había propuesto a sí misma para probar sus bungalós se limitó a decir: «¡Ah, esa me suena!
Si me suena es bueno. Venga, llámala, dile que está dentro».
A lo mejor ni siquiera se ha enterado de que habrá un grupo de influencers parasitando su nuevo resort y eso solo lo saben la secretaria de la secretaria de su secretaria, su tatarasecretaria .
A la vista está que ni siquiera su director de Marketing tenía la menor idea.
Director de Marketing.
De nuevo, hay que joderse. Hay que joderse más que nunca.
—¡Madre mía! —De golpe, Mina deja caer los cubiertos sobre la mesa. Está claro que no le van a pagar lo que sea que le vayan a pagar porque sea muy educada—. ¿Quién es ese bombón?
Si alzo la cabeza es porque cada palabra que sale de su boca parece una orden y la cuadrilla se está acostumbrando a reaccionar al unísono.
Y porque algo dentro de mí me dice que podría interesarme averiguar de quién se trata, eso también.
A pesar de que ya me he llevado un palmo de narices con la sorpresita del mediodía —como dicen por ahí: la primera en la frente —, reacciono igual o peor al reconocer a Cesc en el hombre que baja las escaleras de la terraza con una sonrisa ministerial.
Mantiene la vista gacha ahí donde pisan sus pies, enfundados en unos zapatos caros y brillantes como un escarabajo, y se asegura de que la corbata no baila con los saltitos del descenso sujetándosela sobre la camisa.
Se ha levantado una brisa agradable que se divierte agitándole el flequillo oscuro.
Juraría que viste un traje diferente al de esta mañana.
Juraría que es una persona diferente a la de esta mañana.
Y a la de hace cinco años.
—Creo que es el hijo de Jaume Montseny —responde Carmen con prudencia.
Solo ha dejado de secarse las palmas de las manos en el vestido ajustado para tirarse de manera compulsiva de la tela que se adhiere a sus abdominales—.
¿Francesc, puede ser? He coincidido con él por casualidad en el gimnasio del hotel y ha venido a presentarse. Muy simpático, la verdad.
Lo de la simpatía es innegable. Es institucional, de hecho. Puedo dar fe; yo y todo el que se gira para comérselo con los ojos y deshacerse en exclamaciones de alegría.