¡Esto sí que no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 2) Capítulo 3
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Capítulo 3

Fayna

—Como se puede apreciar, los suelos son de mármol travertino. La infinity pool , de gresite fino turquesa. Las camas balinesas de madera de teca tienen cortinas de lino...

—¡Ahí me voy a hacer yo una foto mañana mismo! —interrumpe con un aullido la influencer Mina, @glitterklow —. ¡Con el biquini blanco! ¡No, mejor el de topos, para que destaque! Tendré que ponerle el filtro Clarendon, obvio. Para acentuar la saturación.

Si esto fuera una película, la imagen se congelaría en seco con un primer plano de mi cara de culo y mi voz en off mascullaría: «Te estarás preguntando cómo he llegado hasta aquí».

¿Mármol travertino? ¿Gresite? ¿Madera de teca?

No tengo ni la menor idea de lo que nos está contando Aina Ribas, la encargada de hacernos el exclusivo tour por la zona recreativa del hotel.

Pero para tener este un nombre pretencioso que alude a la elegancia y a la distinción —Siroco Luxury, hay que joderse —, parecen no saber que no hay nada más chabacano que señalar el mobiliario pieza por pieza y exclamar entre líneas: «¡Y esto es carísimo! ¡ CARÍSIMO !».

(No tan entre líneas, en realidad.)

Haber sido conducida a una suite con una cama triple king y todos los textiles recién importados para mi uso y disfrute, salve.

Puedo identificarme con un cierto nivel de confort, pues a diferencia de lo que Mina ha dado a entender mirándome de arriba abajo, luego de abajo arriba y después otra vez de arriba abajo por si acaso —se quedó con hambre, la piba—, no es la primera ocasión en la que se me intenta sobornar con lujos innecesarios.

Tampoco me pilla por sorpresa el nivel intelectual de mi compañía.

La influencer de maquillaje parece disfrutar del método de tortura personalizado que es tener que sujetar en todo momento la pantalla iluminada delante de la cara y no pestañear ni por piedad para cerciorarse de que graba hasta las papeleras.

Felipe, @feliciosso , no ha dejado de hablarle a la cámara mientras, entre otros muchos entremeses, gira los nigiris en un ángulo incómodo y se los introduce en la boca de rape, requisito imprescindible cuando eres foodie : —«¡Vamos a probar el de ATÚN !

¡Y ahora el de SALMÓN ! ¡Y este creo que es de WAYGU !

¡¡¡Vale QUINCE EUROS LA UNIDAD , chicos!

!!»—. Todavía no nos hemos sentado y ya Carmen, @ ca.lifts.o , se ha quedado sin objetos y elementos naturales reflectantes a los que flexionarles los bíceps: le ha enseñado los músculos a la infinity - pool- de-gresite-fino-turquesa, a las copas de cristal, al contenido de la copa de cava y a la cámara interna de su móvil.

Sorprendentemente, el de los backflips se está comportando.

No es que esperara que en lugar de dar un, dos tres, un pasito pa’lante, María , cruzara de las tumbonas de la piscina a la terraza del restaurante haciendo cuatro triples mortales.

Pero tampoco esperaba que fuera tan prudente.

Si me preguntaran qué me parece lo contrario a la prudencia, respondería, sin género de duda, hacer un mortal hacia atrás, sea por dinero o sea gratis.

Ya es temerario probarlo en el borde de una piscina con la tranquilidad de que la probabilidad de caer sobre la cómoda superficie del agua es elevada, pero ¿sin impulso y encima del asfalto, como suele hacer él? Eso es otro nivel.

Pensaba que para dedicarte a las redes sociales no tenías que tener ninguna clase de talento. Lo digo porque yo no tengo ninguna clase de talento y eso me otorga todo el derecho a hacer esta clase de afirmaciones. Ahora bien: un backflip exige, como mínimo, habilidad y precisión.

Al césar lo que es del césar.

Pero como iba diciendo: a pesar de que la fauna no puede ser más silvestre y yo no puedo sentirme más fuera de lugar, lo único con lo que no consigo identificarme por mucho que me esfuerzo es el entusiasmo de la responsable de explicarnos que las fibras de las sillas son naturales —de ratán, de mimbre, de no-sé-qué-leches— y que esta noche asistirán grandes nombres de la industria del entretenimiento, el mundo de la política y algunas empresas inmobiliarias a la fiesta de inauguración del nuevo resort de bungalós.

La chica está exultante, lo juro. Le brillan los ojos como si estuviera pronunciando el discurso de la boda de su hermana, su madre o su hija.

O de una combinación de las tres. Se atraganta de emoción nombrando a un tipo con la misma reputación que José Luis Ábalos, con la diferencia de que a José Luis Ábalos todavía se le profesa una suerte de simpatía abochornada porque su nivel de cuñadismo le da la vuelta al mundo y ya resulta hasta camp .

Y con eso sí que no puedo.

Soy consciente de que he aterrizado en el aeropuerto de Ibiza con un propósito muy claro y que llevar a término mis objetivos requiere, por encima de todo, alimentar un odio recalcitrante y hasta obsceno por todo lo que alcance a ver a lo largo de la semana.

Pero suelo sentir un afecto inmediato por las personas que me prestan un servicio, en parte nacido de la vergüenza de que me tengan que servir.

Sé que no es razonable. Simplemente soy así: me sonrojo si un vehículo frena para que cruce el paso de peatones, me sonrojo si el camarero llega para recoger los platos y yo aún ni los he amontonado todos ni he dejado los cubiertos y las servilletas encima y me sonrojo si rompo un vaso y me tengo que quedar mirando cómo lo recogen.

Pero parece ser que Aina es la excepción que confirma la regla.

No consigo empatizar. Hay algo que no me cuadra.

—Seguro que sabréis que gracias al señor Montseny —prosigue Aina.

Oh, no. Por favor, continúa hablando del tejido de los colchones de las camas balinesas.

Te lo ruego. Lo que sea menos el señor Montseny —, la isla de Ibiza es una de las más prósperas de toda España.

A nivel de rentabilidad supera destinos top como Barcelona o San Sebastián.

El turismo aquí es de calidad tanto para el visitante, que disfruta de lujosas experiencias, como para el trabajador: ¡Siroco Collective da empleo a nada menos que al setenta y dos por ciento de los locales!

Cada hotel que ha abierto no es un negocio, sino una familia.

—¿Se ha puesto la mano en el pecho? Se ha puesto la mano en el pecho.

¿Va a entonar el himno nacional?—. Gracias a Montseny, comen cientos de ellas.

¡Miles de ellas, en realidad! Muchos currantes vienen de fuera porque aquí siempre hay algo que hacer y se paga de maravilla.

Incluso en temporada baja se alcanzan ocupaciones del ochenta por ciento...

Como ya vengo informada de todos estos datos que mis influencers y compañeros escuchan con cara de partir piedras, por suerte no sufro ningún tic en el ojo.

Ya lo sufrí, además de numerosas pesadillas y un brote de rabia, cuando abrí el portátil para investigar lo que se pudiera investigar en los medios sobre Siroco Collective, el conglomerado de empresas dedicadas a la restauración que Jaume Montseny ha levantado en cuestión de veinte años.

Ayudado, claro está, por las inversiones de su padre, uno de los primeros alemanes forrados que instauraron la ahora moderna costumbre de comprar propiedades en España.

Lo que para ellos puede ser el culo del mundo, resumiendo.

Sí, sí, casi un cincuenta por ciento de la población de Ibiza se dedica a la hostelería.

Sí, sí, su PIB depende casi íntegramente de la cantidad de gente que decida prestarle una visita.

Aina se enorgullece en el nombre de su jefe de lo mismo que a mí me horroriza: no sería descabellado decir que si la isla depende del turismo y Siroco Collective es propietario de más de la mitad de los hoteles, pubs, discotecas y restaurantes de renombre, Jaume Montseny es el Dueño de Ibiza, en mayúsculas.

Y todo el mundo sabe —o debería saber a estas alturas— lo que suponen los monopolios, los reinados absolutistas, las dictaduras, etcétera.

Pero no me voy a poner muy técnica porque acabo de llegar y quiero, al menos, disfrutar de esta copa de champán.

Para derrocar al tiránico gobierno ibicenco de Jaume Montseny hay que estar hidratado.

Aina sigue hablando en tanto que nos distribuyen en torno a una mesa redonda con la cubertería y las copas ya dispuestas frente a cada una de las sillas.

A pesar de que todavía no se han disipado las últimas luces del día, prenden los farolillos ambarinos del jardín, dotando la amplia terraza a doble altura de una atmósfera romántica.

—Os encantarán los bungalós, ya lo veréis. Isla Serena Resorts es una maravilla natural.

—Perdona —levanto el dedo con fingida inocencia—, pero las cosas dejan de ser naturales cuando se construye encima, ¿no? Cuando la mano humana interviene, quiero decir.

Aina me dirige la mirada de las mil yardas. Al cabo de un segundo de reflexión que me permite leer en su rostro lo que piensa con exactitud —«¡Ah! ¡Esta es la hippie grosera de la que me han hablado! Orden directa: atarla en corto»—, me dedica una exuberante sonrisa Profident.

—¡Sí, claro! Me refiero a que las construcciones están integradas en la naturaleza para respetar el entorno. Como en Tailandia, la que ha sido la inspiración. —Habría que preguntarle a Tailandia si se está respetando su entorno, pero bueno—. Ofrece una experiencia exclusiva que...