Capítulo 2 #3
Si la carcajada se me entrecorta en la garganta es porque no esperaba que pronunciara ese nombre por el que ya nadie me llama. Pero no puedo evitar que la simpatía me desborde los labios aun así. Ella corresponde mi sonrisa con alivio.
Durante un delirante segundo, siento que todo está bien entre los dos.
Que la desconocida que se me ha sentado delante es una vieja amiga mía, alguien a quien una vez aprecié muchísimo por una razón aún válida, una razón que sigue vigente, una razón a la que podría aludir de nuevo para retomar el afecto donde lo dejé, aunque solo sea para facilitarme la semana que se me viene encima.
—Uno nunca sabe cuándo puede necesitar a alguien que sepa hacer mortales hacia atrás.
—Dudo que alguien preguntara alguna vez en un avión si hay algún notas que sepa hacer mortales en la sala.
Una sombra de pánico relampaguea en sus ojos, aún encendidos por el ejercicio. Es la simple mención del avión lo que agrieta superficialmente la atmósfera pacífica que estamos intentando construir ladrillo a ladrillo.
Ni siquiera hemos hecho referencia a nuestro vuelo, solo a un avión en general.
Eso ya te dice cuán delicada es la situación.
—Bueno —carraspeo—. Espero que puedas congeniar con tus compañeros de aventura. Vais a estar muy pegados los unos a los otros estos días. La proximidad forzada es un tópico de la literatura, ¿no? A lo mejor hasta termináis convirtiéndoos en buenos amigos. El de los backflips y tú, digo.
—A lo mejor le pido que me enseñe a hacerlos, sí.
Vistos desde fuera, tenemos que representar el desafío de un psicoanalista. Somos dos personas que se tratan con cortesía y se sonríen con cariño, pero relajar los hombros en la mutua compañía nos requeriría una inyección de morfina capaz de tumbar a un elefante.
Así descrito no parece nada raro o fuera de lo normal, pero he aquí el detalle importante: yo no estoy incómodo con ella.
De hecho, una parte de mí está tan fascinada, tan exultante, que es hasta vergonzoso.
En todo caso, estaría incómodo con el modo en que reacciono a su cercanía, y me tortura la duda de si ella es tan inmune a mí como aparenta.
—En fin —retomo cuando siento que el aire entre los dos vuelve a tornarse denso.
Me pongo de pie y rodeo la mesa para despedirla como Dios manda—.
Bienvenida al hotel Siroco Luxury, bienvenida a Isla Serena Resorts y bienvenida, sobre todo, a Ibiza en nombre del departamento, del equipo y de Jaume Montseny.
Espero que disfrutes de las instalaciones y que tanto las futuras excursiones como el alojamiento satisfagan tus expectativas.
Fayna me agradece la introducción curvando los labios hacia arriba con una sombra de sorna y avanza hacia mí para darme dos besos.
Yo ya había extendido la mano para estrechar la suya.
Nos corregimos al mismo tiempo: ella retrocede un paso para ofrecerme su apretón diplomático y yo me inclino en su dirección para rozarle la mejilla con los labios.
La equivocación se repite dos veces más hasta que suelta una carcajada con la que libera la tensión de toda la entrevista.
Yo me río también, aunque con nostalgia.
Liberados ya de la rigidez, de mutuo acuerdo avanzamos el uno hacia el otro con los brazos extendidos.
En el momento no soy consciente de lo que estoy haciendo —abrazar a Fayna—, no soy consciente de que huele a sol de verano, a madera quemada, a unas gotas de perfume afrutado y a un sudor que me suena familiar.
Creo que nos es imposible estar del todo presentes en las experiencias que más nos conmueven; una conmoción tan grande siempre exige sacrificar una parte de tu conciencia y de tu dimensión física.
Fayna se separa de mí con la cabeza gacha y una expresión benevolente en el rostro.
—Supongo que te veré por ahí.
Se mete una mano en el bolsillo trasero del vaquero deshilachado, alarmantemente corto.
Le falta tiempo para salir de mi despacho en cuanto le indico la puerta con un gesto de mano.
La acompaño al umbral y ahí me quedo, sin osar mover una pestaña, en lo que tarda en cruzar el pasillo hacia el ascensor.
No se gira hacia mí ni en el paseo pasarela arriba ni mientras espera a que se abran las puertas de acero inoxidable, pero comprendo que esa había sido su voluntad porque en cuanto entra en el cubículo, alza la vista sin poder aguantarlo más y me dirige una sonrisa débil.
Le hago un gesto informal de despedida y no me atrevo a respirar hasta que ha desaparecido.
Me cruzo de brazos —lo necesito para calmar las palpitaciones y recuperar el dominio de mi cuerpo— y me recuesto contra el borde de cristal.
Solo entonces desvío la mirada a Margalida, que finge teclear en el portátil con sumo interés, y rompo el silencio con voz queda.
—Me has traído a Fayna.
Despega la vista del ordenador para mirarme con atención.
—¿Estoy despedida?
—Eso dependerá de muchas cosas.
«Pero lo más probable es que sea yo el único desahuciado».
Alzo la vista hacia el pasillo por el que ha desaparecido Fayna, como si hubiera dejado un rastro en el aire que solo se activara con la mirada y yo debiera mantenerlo vivo.
—¡Era una oportunidad irresistible! —se justifica Mar—. No me lo puedes negar.
—Ay, Margalida, Margalida. —Sacudo la cabeza—. Era la única que querías que entrevistase en privado. No va a venir nadie más.
No es una pregunta, así que tiene derecho a permanecer en silencio.
—Bendito sea Dios. No estás enfadado. Menos mal.
—¿Cómo voy a estar enfadado? —suspiro con ternura y resignación. Lanzo una última mirada al ascensor y palmeo el borde de la puerta antes de enderezarme y repetir—: Me has traído a Fayna.