Capítulo 2 #2
Me embarga una punzada de decepción. Fayna, de Tenerife, lo llama mortal hacia atrás; yo, aquí en Ibiza, lo llamo exactamente igual. No hay diferencias regionales en esto como sí las hay —o las hubo— para referirse a las tiritas o a las palomitas.
«¿Y qué?».
Asiento con la cabeza como si la tuviera llena de serrín.
Busco en la mesa algo que no son mis gafas, algo que creo que no está sobre la mesa, que no estará ni siquiera en la habitación, que no sé dónde he metido.
El carisma de actuar como si nada, a lo mejor.
El descaro de sonreírle con naturalidad, invitarla a sentarse; darle un abrazo cariñoso y preguntarle cómo le ha ido, tal vez.
—Perdona —acaba diciendo después de un silencio violento.
Se recoge detrás de las orejas los mechones que le enmarcan la cara.
También se ha quitado muchos de los piercings .
Apenas luce un par de aritos dorados y el tragus—.
Me equivoqué de sitio. Me dijeron que iba a hablar con el señor Montseny sobre lo de los bungalós.
—Yo soy el señor Montseny —respondo, todavía inmóvil y envuelto en la bruma de la incredulidad—. Yo soy el que recibe a... ¿Has dicho «sobre lo de los bungalós»? ¿Qué tienes tú que ver con lo de los bungalós?
Ella se agarra con una mano al asa derecha de la mochila deslucida por el influjo del sol.
Sí era una mochila de peregrino.
¿Es su equipaje? ¿Ha traído equipaje? ¿Por qué?
¿Va a quedarse?
Creo que la cabeza me va a explotar.
—Me invitaron a la experiencia.
—Te han invitado a la experiencia.
No lo repito con ningún tono en especial, ni mucho menos burlón, pero ella se impacienta, cambia el peso de pierna, desvía la vista hacia un lado, se pasa la lengua por los labios.
Despliega todos los síntomas de la Persona Incómoda De Cojones que describe el manual, y aunque una parte de mí se regocija y acaricia la posibilidad de seguir por esta senda tortuosa solo para ver cómo reacciona, me obligo a salir de mi estupefacción y desistir de mi actitud estúpida.
Han pasado cinco años, joder. Ni que me hubiera visitado un fantasma.
«Pues un poco, ¿no? El fantasma de los documentales pasados».
Me dejo caer en el asiento con la sensación de haber repetido la misma ruta —levantarme, sentarme, mirar el ventanal— en un bucle infinito. Me retiro el flequillo de la cara y luego me lo pienso mejor y lo mantengo en el sitio, donde ocultará el sudor nervioso que me hace cosquillas en la frente.
Arrastro la silla hacia delante y gesticulo hacia el asiento que la espera al otro lado de la mesa.
—Bueno, pues considera extendida a esa silla la invitación a los bungalós —intento bromear.
Fayna — no puede ser que esté pensando su nombre otra vez — me lanza una mirada suspicaz antes de ceder, o, mejor dicho, obedecer.
Con la agilidad gatuna que ha tenido siempre, y ahora se mueve con una rigidez robótica, como si temiera que de un momento a otro estallara una bomba. O peor: le hiciera reproches.
La sola idea me produce una fuerte reacción emocional.
Yo no soy al que se le debe tener miedo. Yo nunca he sido traicionero.
—¿Trabajas aquí? —se atreve a preguntar después de un segundo de vacilación. Percibo en el tembleque de su voz las mismas dudas que me acosaron a mí los primeros días de curro: «¿Trabajo aquí? ¿En serio?».
Son las preguntas que cabe que acosen a una persona que no me ve desde que tenía veinticinco años.
Decido parafrasear a Margalida, pero aportando un toque romántico a la justificación:
—El Departamento de Marketing es mucho más creativo de lo que parece, y necesitaban a un graduado en Audiovisuales para según qué.
—Sin poder aguantarlo más, me doy el gusto de decir su nombre después de tanto tiempo—: Fayna Navarro.
Le había pedido a mi ayudante un foodie , una gym girl , una influencer de moda y al tipo que más tirón tuviese ahora mismo en la aplicación, pero no se me habría ocurrido pedir una Fayna silvestre.
Siento que me arden los ojos en las cuencas al decirlo, que se me quieren salir para mirarla con más intensidad, que podría romper a llorar en cualquier momento.
Mi cuerpo se ha convertido en un vertedero de residuos tóxicos, porque ¿qué coño son estas emociones? , ¿esta violencia con la que me atacan?
No creo que a Fayna le haya pasado desapercibida la melancolía con la que me he expresado, pero vuelve a acoplarse a mi ritmo, a mi deseo de llevar la conversación, quedándose con la parte afectuosa y sonriendo sardónica.
—¿Mis tres millones de seguidores no son suficientes para el señor?
Me echo hacia atrás en la silla con las manos entrelazadas sobre el vientre.
Meneo la cabeza como si lo sopesara.
—Felipe, @feliciosso, tiene cinco millones. @ca.lifts.o ha conseguido uno y medio en seis meses. Y @glitterklow es la única que replica en Instagram la misma salvajada de fans que la siguen en TikTok.
—¿Y cómo te van a ayudar a publicitar bungalós un tipo que mastica con la boca abierta, una chica que sugiere desayunar dos almendras y otra a la que funaron por ponerse pestañas postizas para promocionar un rímel?
Aunque está echando por tierra mi labor seleccionadora —y lo que es peor, la de Mar—, la causticidad de su réplica, lo imbuida que viene de críticas válidas, me trae recuerdos de esa personalidad exigente y forjada de opiniones que tanto me maravillaba.
Nunca volví a coincidir con una persona que supiera atacar con semejante precisión a los privilegiados y dejar siempre fuera de sus feroces análisis a quienes acostumbran a ser el blanco del humor español.
—¿En qué me va a ayudar una chica que hace jabones ecológicos y escala montañas?
Fayna no se ofende.
—Tú sabrás. Tu equipo es quien me ofreció la oportunidad.
—Y tú quien la aceptó —respondo con voz queda, dirigiéndole una mirada grave.
Ella la sostiene con una entereza que podría haberme desarmado.
No me gustaría descubrir que es inmune a mis insinuaciones. Sabe Dios que yo no he sido inmune a que haya puesto un pie en mi despacho. En mi hotel. En mi isla.
—No sabía que trabajabas aquí —se justifica con sencillez.
Procura emplear un tono agradable, incluso dulce. Me apuñala y al mismo tiempo me alivia con la proclama de que no habría venido ni loca si hubiera contado con la casualidad.
Me concedo un segundo de calma inspirando y espirando. Y me concedo otro capricho, uno muy urgente, el de apoyar los codos en la mesa, la barbilla en las manos entrelazadas y dirigirle una mirada de la que no podría huir ni si se hiciera invisible.
Cuando la conocí la primera vez —supongo que esta es la segunda— también llevaba la máscara de pestañas corrida por el párpado móvil y las ojeras, como un antifaz natural que replicara el cielo estrellado.
Aunque ha terminado por fin su colección de pecas, porque ya no le cabe ni una más en la cara, no trae consigo el que era su característico bronceado.
El pelo le ha crecido tanto que le luce como a Pocahontas, más allá de las caderas.
Se ha tatuado una mariposa a color que le cubre todo el cuello.
Y si bien ya estaba delgada, ha perdido bastante peso.
Se le ha afilado la barbilla, que siempre ha tenido puntiaguda.
Los ojos y los pómulos le resaltan en el rostro.
Del escote húmedo de sudor de la camiseta le sobresalen las clavículas como dos cuchillos afilados.
Este último detalle, preocupante a todas luces, despierta mi instinto protector y solo puedo murmurar:
—¿Cómo has estado?
Sus ojos chisporrotean como si hubiera cortocircuitado. Al principio pienso que es porque no se esperaba mi amabilidad, pero al ver que coge aire con disimulo y se tiene que forzar a tragar saliva comprendo que es una pregunta difícil para ella.
—Ya sabes —responde con el tono cortante del autocontrol—. Trabajando.
—Solo de influencer , supongo. Me tendrás que perdonar la ignorancia. Nunca he sido fan de las redes sociales, y entre que hace algunos años me las borré y he estado ocupado, me he enterado de poco.
—Y te enteraste de poco porque no te hiciste cargo de ninguna fase de la selección.
—Es lo que tiene que te coloquen a dedo en la empresa.
—Al menos lo admites.
—Soy muy sincero. Siempre ha sido mi peor defecto.
Fayna deja correr un silencio necesario para que se diluya mi comentario.
—Sí, seguí con lo mío. Los jabones ecológicos y lo de escalar montañas.
—Y parece que también te interesan ahora las cadenas hoteleras de lujo.
A lo mejor es una indiscreción esto que voy a decir —me incorporo hacia delante con aire despreocupado—, pero por poquito que sepa de ti, algo que me quedó muy claro en su día es que desprecias las grandes corporaciones.
¿Cómo es que te has sumado a la experiencia?
«¿Cómo es que Margalida te eligió en primera instancia?», debería haberle preguntado.
Lanzo una mirada rápida por encima del hombro de Fayna y descubro que Mar nos observa de lejos a caballo entre el morbo y la culpabilidad.
No hace falta ser un lince para atar cabos.
—Me llama la atención la naturaleza ibicenca —resuelve ella con sencillez— y quiero averiguar si se toman medidas cautelares para hacer turismo responsable.
Me comentó tu... secretaria, creo que era, que les hacía falta un influencer de «cada especialidad» —al levantar las manos para hacer las comillas, descubro que tampoco lleva su colección de pulseras; solo un brazalete dorado— para que cada uno promocione la isla a su manera.
Supongo que el foodie atraerá al público por la comida regional y Glitter Klow por lo bonitas que saldrán las fotos de sí misma en las playas cristalinas.
A la adicta al gimnasio la seleccionarían porque por la zona no faltan rutas de senderismo y a mí porque contaré su historia natural.
—Has olvidado al de los backflips .
Me dirige una mirada francamente cansada.
—Si tú no sabes por qué invitaron al de los backflips , Cesc, yo menos.