Capítulo 2
Cesc
—Las gafas.
—¿Qué has dicho?
—Las gafas. ¿Dónde están mis gafas? —repito más alto.
Me giro en redondo para buscarlas a mi alrededor con una ansiedad en la que no me reconozco.
Esa ansiedad que solo se siente cuando la lluvia de estrellas fugaces de agosto ya ha empezado y tú no consigues localizar la puñetera cámara para inmortalizarla—. ¡Mis gafas, joder!
—¡Están encima de la mesa, por Dios, Xicu! ¿Qué te ha dado?
Las rescato como quien agarra un puñado de nueces y no llego ni a ponérmelas: me las acerco a los ojos igual que si fueran unos prismáticos y confirmo lo que me temía, que es que no he sido lo bastante rápido y me lo he perdido.
«¿Qué te has perdido?», me burlo de mí mismo. «¿Otra de tus míticas alucinaciones?».
—Nada. Olvídalo —mascullo, incapaz de disimular mi decepción.
Me dejo caer sobre la silla de nuevo, irritado con mi propia reacción, y lanzo las gafas cuadradas de Guess sobre el portátil cerrado.
A modo de protesta por el maltrato, la manzanita de Apple se ilumina.
Marcas y marcas y más marcas de mierda—. ¿Me estabas diciendo algo, Mar?
Ella me mira de hito en hito, sin atreverse a dar un paso en falso.
—Que deberías empezar a prepararte para recibir a los chicos. Aina me ha enviado un mensaje. Están ya en recepción.
—Que los pasen a la piscina, les pongan una copa de cava y vayan viniendo de uno en uno —respondo desde el otro lado de la pantalla, desde el otro extremo del mundo.
Ahí es a donde mi hermana Laia dice que me voy sin querer cuando menos lo espera uno, desconcertando por el camino a quien tuviera la mala suerte de estar a mi alrededor.
Inspiro hasta el límite de los pulmones y expulso el aire muy despacio.
Debería prepararme para recibir a los chicos, pero ¿qué más hay que preparar? Corbata ejecutiva de Hermès anudada al cuello y encajada con pudor en el pico de la americana azul marino. Camisa blanca de estreno debajo. Los chinos y el pantalón de Armani cierran el conjunto.
Mi padre me tiene dicho que no hace falta que me vista como la mayoría de los trabajadores, que por ser su hijo puedo permitirme algunas excentricidades, pero en su día se lo dejé claro y soy fiel a mi palabra: si voy a trabajar para él, voy a hacerlo con todas sus consecuencias.
Me giro de nuevo hacia Margalida, que me estaba vigilando con una mezcla de recelo y preocupación, y le dedico una de mis sonrisas exuberantes.
—¿Cómo estoy? —Extiendo los brazos y me incorporo para dar una vueltecita sobre mí mismo—. No sé si se puede poner uno más serio que esto. Como no me plante un frac y una chaquetita con faldones por detrás...
Mar consiente mi decisión de no profundizar en el brote que he sufrido, como siempre consiente no profundizar en nada —al fin y al cabo, es mi empleada, por más que la trate como mi amiga—, y abraza la agenda con una sonrisa educada.
—Estás divino.
Cierra tras ella la puerta de cristal y ocupa el que es su fuerte, no sin antes lanzarme una mirada rápida e inquieta de la que finjo no percatarme.
En algunos sectores del hotel me he ganado a pulso la reputación de intransigente y amargado.
En otros soy directamente «el bipolar».
Quienes se refieren a mí en esos términos están tan poco en redes sociales como yo, o sabrían que es de pésimo gusto utilizar los trastornos como insulto.
Suerte que en este cuadrante soy algo más apreciado.
Si Margalida no respetara mi labor —mínima, pero al menos vengo, lo que ya justifica mi nómina—, entonces no me quedaría otro remedio que vivir conforme a los sobrenombres que me han puesto, y no por despecho, sino por simplificarme aún más las cosas.
No hay nada más cómodo que ceñirte a un papel que ni siquiera te has escrito tú.
Cierto es que cuando era un crío me negaba a ser lo que se me exigía que fuera, pero eso era porque, en palabras de Salvador Allende, ser joven y no ser revolucionario es una contradicción biológica.
Entonces me parecía demasiado cómodo aceptar las ventajas del privilegio.
Me complicaba la vida persiguiendo mis sueños adolescentes y esforzándome por meterme a la gente en el bolsillo para abrirme camino a brazadas en un mundillo que, yendo directo al grano, no era lo mío.
¿Qué hay mejor que encontrar un rincón en el mundo donde puedas ser intransigente y estar amargado, exhibir síntomas de bipolaridad, incluso, sin que haya repercusiones de ningún tipo?
Nadie va a venir a quitarme el trabajo. Nadie va a detener mi tren de vida. Estoy a salvo.
Enciendo la pequeña radio que descansa sobre mi escritorio con el único fin de que me haga compañía.
La cadena reproduce una canción con más años que el sol de Alizzz y Amaia, El Encuentro .
Me asomo de nuevo al ventanal y compruebo que Omar ha escondido la bicicleta entre unos matorrales.
No es difícil imaginar por qué. Mi padre tiene a bien personarse de improviso en sus hoteles con la esperanza de sorprendernos haraganeando para aplicar la pertinente sanción.
Como apareciese en el patio y se cruzara con una bicicleta de alquiler apoyada contra el muro de piedra de la entrada, se iba a armar la de Dios es Cristo.
«¿Qué coño es esto? ¿Un eco-hotel?», diría.
A lo mejor la chica que me ha sobresaltado ha venido a entregar un pedido a domicilio de Dulce Loco Ibiza o Pan King Bakery.
No sería la primera vez. Aunque a Jaume Montseny no le haga ninguna gracia que se invite a pasar a los repartidores, nuestros huéspedes pagan setecientos euros por noche en temporada baja.
Digo yo que se les puede conceder el capricho que se les antoje.
A mi padre le encanta que la mayoría de los riders se queden boquiabiertos con el lujo del salón principal, que no se me malinterprete, pero ya no le gusta tanto que sus invitados tengan la chabacanería de ahorrarse unas perras en una pizza pudiendo comer caviar en el restaurante de dos estrellas Michelin que se encuentra en las entrañas del edificio.
De nuevo: «¿Qué coño es esto? ¿Un Airbnb?».
Aun así, ¿debería ir a investigar dónde se ha metido la chica y quién es?
«No, claro que no», me respondo enseguida. «Los influencers están al caer».
Pero me sudan las manos, y no creo que se deba a los nervios de recibir a un tipo que ha amasado una fortuna comiendo y cagando para que la gente tenga un vídeo que mirar a las tres y media de la madrugada, cuando se está muriendo de hambre y le da pereza levantarse a recenar.
¡Ah! Ya sé lo que voy a hacer: lo que hago siempre que me entra la neura.
Molestar a Mar.
Cojo aire y me giro para disparar mi pregunta en voz muy alta:
—A todo esto, ¿qué coño es un backflip ?
La sonrisa conciliadora que había esbozado para arreglar el traspié se me hiela en la cara al coincidir con la mirada pasmada de mi primera visita.
Quien ha abierto la puerta después de tocar con los nudillos no es Margalida, con su pelo rubio recogido en un moño ejecutivo, su sempiterno conato de burla y sus camisas de azafata.
Quien ha abierto la puerta lleva la melena larga hasta las caderas con un tinte salteado que emula la cola de un mapache, una incisión de rubor en la nariz por efecto del sol del mediodía y un crop top sin sujetador debajo que reza la frase « My boss told me to be a team player, so I joined a union [1] ».
La sorpresa arrampla conmigo como una ola de siete metros y no puedo ni siquiera reírme, histérico, con el estampado revolucionario.
No puedo hacer nada, de hecho. Pero si pudiera, lo que haría sería cabrearme porque se haya quedado inmóvil bajo el umbral con una expresión desorientada, como el cachorrito que descubre demasiado tarde que se ha metido en la guarida del lobo.
En mi cabeza se desata el debate.
«Es Fayna, ¿no?», dice una voz.
«¿Cómo que “¿no?”? ¿Por qué te interrogas?», replica otra.
«Porque no lleva las rastas. Ni las trencitas. Ni los abalorios. ¿Dónde están las rastas, las trencitas y los abalorios?», se pregunta una tercera.
«Mantener la parafernalia del pelo y hacerse encima esa locura en la cabeza habría sido excesivo, ¿no os parece?».
«Pero entonces no es Fayna. Fayna tenía parafernalia en el pelo. Fayna era la parafernalia en el pelo».
Todas las voces se ponen de acuerdo para pulsar el botón de reproducir de la única cinta de recuerdos que escondí por conveniencia y autoprotección en el cajón del olvido: esa que nada más entrar en el dispositivo de mi mente me enseña a Fayna mirando con curiosidad mi exhibición de maña y fuerza —no podía elegir una sola para impresionarla— en el Aeropuerto Norte de Tenerife; a Fayna mirándome sin entender muy bien qué nos estaba pasando en la última fila del avión destino Madrid; a Fayna montada sobre unos tacones de vértigo cruzando por detrás del biombo con celosías del restaurante Magari, como la sombra de Catwoman.
Entonces, las imágenes se me amontonan unas sobre otras, como si estuviera pasando las páginas de un flipbook : Fayna bebiendo malvasía en las fiestas de San Isidro Labrador en el pueblo lanzaroteño de Uga, Fayna gritándome en la habitación de hotel que la agobio con mi intensidad y follándome a oscuras y en silencio media hora más tarde, Fayna trasteando mi cámara en la cueva marítima, Fayna con la mano sobre la frente a modo de visera para estudiarme con curiosidad benigna cuando le confesaba en el idioma del silbo gomero que la quería.
Ella evita que entre en una espiral de locura cogiendo con cuidado el guante que he tendido sin quererlo y diciendo:
—Un mortal hacia atrás.
Su inconfundible acento canario. La cadencia caribeña. La C convertida en S . Las eses finales aspiradas.
«Es Fayna. Claro que es Fayna».
—¿Perdona?
Me rechinan los oídos. Solo me escucho respirar. Siento un aislamiento parecido a cuando llevas unos cascos con cancelación de sonido pero no reproduces ninguna canción.
Estoy suspendido en la nada.
—Un backflip —explica con paciencia— es un mortal hacia atrás. En lo personal, prefiero decirlo en español.