¡Esto sí que no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 2) Capítulo 1 #3
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Capítulo 1 #3

—Diriges el Departamento de Marketing porque es más creativo que Contabilidad, porque estudiaste Audiovisuales y porque eres el hijo de Jaume, no porque seas un cabrón.

—Recuérdamelo mañana, cuando me toque ser un cabrón con algún inútil de la oficina. Así seguro que no vuelvo a pasarme tres pueblos. Venga —la animo con un gesto aburrido—. Cuéntame con quién estaré tratando.

Trazo al fin un giro horizontal de ciento ochenta grados en la silla y me quedo enfrentando la cristalera que da a la entrada del hotel, donde Omar se entretiene podando los setos armado con sus hiperdesarrollados bíceps y sus también desproporcionadas tijeras.

Con la mejilla apoyada en la mano y el codo a su vez en el reposabrazos, contemplo, distraído, el paisaje marítimo que se extiende desfiladero abajo.

Siroco Luxury, el primer alojamiento que Jaume erigió a unos minutos a pie de la playa de Cap Blanc, goza de unas vistas impresionantes a los islotes de Es Vedrà y Es Vedranell, las maravillas naturales de Ibiza.

En tanto que Margalida regresa al despacho con su imprescindible agenda —que en realidad es la mía— y procede a releer con voz monótona lo que ya debería haberme estudiado, observo el trasiego de los huéspedes que ocuparán las habitaciones del hotel durante estos primeros días —o semanas— de julio.

Al tratarse de un alojamiento de lujo, dispone de servicio de transporte propio.

No hace falta ser oriundo de la isla balear para reconocer los coches azul marino de la empresa que se consagró a servir a Siroco Collective en exclusiva y que pasan día y noche, en temporada baja y en temporada alta, recorriendo las onduladas carreteras de la costa para recoger y depositar a los turistas en el hotel que sea de su elección.

De uno de estos vehículos desciende una chica altísima con una media melena rubia. De la puerta paralela emerge un chico con unos pantalones cagados y unas gafas de sol que ya de lejos se advierte que son de Balenciaga.

No me hace falta seguir mirando para deducir que los siguientes en apearse del coche son el trío que cierra el corro de influencers contratado para la ocasión.

Los hemos citado en el hotel original, el histórico, para que la encargada les haga un tour contándoles la historia del imperio Montseny.

Celebraremos aquí la fiesta de bienvenida, pasarán la noche en las suites de lujo de la última planta —solo hay tres para no interrumpir las vistas de las casitas repartidas en la parte alta de la ladera, una gentileza que mi abuelo tuvo con los lugareños— y mañana por la mañana se les llevará a conocer Isla Serena Resorts.

Había dinero para alojar en los diez exclusivos y amplísimos bungalós a un equipo entero de fútbol, pero mi padre se ha conformado con un grupito de cinco jovenzuelos: el foodie que más seguidores acumula en su cotizado sector, una influencer de maquillaje con un recorrido de siete años en distintas redes sociales, una adicta al gimnasio que ha saltado a la fama recientemente por todo lo alto, y...

—Hay un chico que hace backflips —concluye Mar.

—¿Cómo has dicho?

— Backflips . Es famoso porque se va de viaje y se graba haciendo un backflip . En su último vídeo sale haciendo un backflip delante del Taj Mahal. En el contrato que firmó con nosotros ha decidido hacer el backflip en...

—Si vuelves a decir la palabra backflip una sola vez más, voy a dispararme en la cara.

—¿No quieres que te revele en qué lugar de la isla hará su backflip de doce mil euros?

—¡¿Doce mil euros por hacer backflips ?! ¡¿Estás de coña?!

—Por hacer uno solo en Ibiza. Y eso sin contar que la pensión completa le sale gratis.

Iba a apartar la mirada del ventanal para transmitirle a Margalida mi espanto, pero en cuanto el coche azul arranca para perderse carretera arriba, una curiosa huésped aparece pedaleando en una bicicleta de alquiler.

Las ruedas siguen la inercia del último impulso y va frenando hasta detenerse a las puertas del alojamiento con la agilidad de la costumbre.

Se baja de un salto a las puertas del patio delantero.

Se me escapa una sonrisa intuyendo su intercambio con Omar, que se rasca la nuca rapada, indeciso, cuando ella gesticula hacia él preguntando dónde puede aparcarla.

«¿Aparcar el qué? ¿Una bici? ¿En un hotel de Siroco Collective? ¿Estás de puta coña?».

Aun y con todo, Omar se ofrece a hacerse cargo de su custodia. Ella lo agradece y hace un movimiento espasmódico con los hombros que le sirve para reajustar la mochila de peregrina sobre los hombros y masajearse las cervicales.

La sonrisa se me va apagando en los labios cuando la veo encaminarse a la entrada.

Lo que suspende el tiempo durante un instante no es que una chica desgreñada se haya atrevido a internarse en la selva domesticada que es el dominio de mi padre, sino lo familiar que me resulta el modo en que se retira un mechón de la cara sofocada de calor; la improbable casualidad de que lleve algunas secciones de la melena igual que la booktoker que he visto hace unos segundos, a rayas rubias y castañas.

Es la clase de casualidad que invita a creer en el destino.

La clase de casualidad que solo he vivido una vez antes que esta.