¡Esto no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 1) Capítulo 35 #2
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Capítulo 35 #2

¿Cuál es la otra alternativa? ¿Ser una servidora la que combata su tiranía echando mano del tirón en redes?

Las redes, y esto lo sé porque me dedico a ellas, no son el mundo real.

Son, si acaso, una proyección a pequeña escala y bastante envenenada de lo que se cuece a pie de calle.

Si recabara información para destruir a Jaume Montseny, no solo no conseguiría tirar abajo su tinglado, sino que me las vería con una demanda por difamación.

Y entonces no sería mi padre el único que se enfrentaría a una pena de cárcel.

Uno no puede decir lo que le dé la gana en internet. Ni en Twitter, ni en una canción de rap, ni en ningún formato.

Me siento en el borde de la cama del que fue mi dormitorio entre los dieciocho y los veintiún años, cuando el alcoholismo de mi padre alcanzó su punto más álgido y finalmente tocó fondo. Saco el móvil del bolsillo del pantalón corto.

No puedo evitar que se me encoja el corazón al ver que tengo un mensaje de Cesc.

¿En qué andas, Cotufitas?

¿Te puedo interesar en una videollamada?

¿Un poquito de sexting ?

Sé que habría salido bien en cualquier otra circunstancia.

Lo sé. Me puedo imaginar haciendo esto. Me puedo imaginar recibiendo y mandando estos mensajes cuando nos separe la distancia: un sticker estúpido de dos corderitos abrazándose bajo una frase aún más ridícula que rezara «mira, somos tú y yo», múltiples corazones rojos, selfies haciendo el tonto, fotos provocativas, noches de conversaciones interminables sobre el origen del universo y la inevitabilidad de la muerte, días de llorarnos en una videollamada porque nos echamos de menos, noches de dormirnos con el móvil en la mano.

Me puedo imaginar esperándolo en un aeropuerto y lo puedo imaginar a él junto a la cinta de las maletas con o sin ramo de flores, solo sus brazos extendidos para darme la bienvenida de vuelta a su preciosa vida.

Nos puedo imaginar de la mano por las calles de Madrid, o de La Laguna, o de una cala ibicenca; si nos detenemos en una cafetería, lo imagino citando los ingredientes de mi café de memoria y me imagino a mí llevándolo por sorpresa a la proyección de su película de los ochenta preferida con motivo de su vigésimo primer aniversario.

Nos puedo imaginar haciéndonos arrumacos en el sofá y follando en el dormitorio —o al revés—, discutiendo por razones absurdas como que él quiere pedir comida a domicilio y yo estoy en contra porque los conductores están mal pagados y no me apetece fomentar esa asquerosa industria.

Si cierro los ojos, lo veo claramente, lo juro.

Pero no va a ser. No va a pasar. Ya no.

Sorbo por la nariz sin hacer ruido, porque no quiero que mi padre se entere de que estoy llorando. Pero dejo que las lágrimas corran por mis mejillas, no por el efecto dramático, sino porque son la prueba de que esto está sucediendo y de que lo que siento es real, no me lo he inventado.

No quiero pensar que el amor puede medirse en términos de sufrimiento, que es algo proporcional: cuanto más me duele, más lo quiero..., pero es así. Es así.

En estado de enajenación y al mismo tiempo claridad, tecleo un mensaje de despedida.

Hola, Cesc.

Todo bien por aquí. Espero que por allá también.

Primero te pido disculpas por la impersonalidad del texto. Es impropio de mí tirar de la alternativa cobarde, pero ya ves que hasta que hubiéramos podido coincidir en persona habría transcurrido mucho tiempo, y necesito ponerle fin a esto cuanto antes.

Conocerte fue una experiencia preciosa que no cambiaría por nada.

Es por eso que no voy a permitir que se malogre o se vuelva trágica.

Por eso y porque los dos sabemos que no vamos a ninguna parte.

Y no, no es por la distancia. No es por tu familia ni por la mía.

Es por una falta de claridad por mi parte.

Es porque no puedo corresponder tus sentimientos.

Nos divertimos, sí, y es obvio que me gustas.

Me atraes. Me caes bien. Pero no estoy enamorada de ti, y tampoco te quiero lo suficiente para enfrentarme a las dificultades que puedan surgir en el camino.

Dificultades que ya empezamos a ver y que me desencantaron, la verdad.

Entiendo que esto pueda sonarte confuso o raro porque hace poco hablábamos en otra clave.

Yo también me siento algo extraña, si te soy sincera.

Aun así, no puedo mentirte ni jugar contigo.

Está claro que no siento por ti lo que debe sentirse y que no estaba tan interesada como yo misma creía.

Te deseo lo mejor. A ti y a tu hermana.

Por favor, no interpretes mi mensaje como una invitación a convencerme. Te escribo con total seguridad y desde la tranquilidad de mi casa. No lo fuerces y no insistas, y te pediría que en lo sucesivo no me escribieras más ni me buscaras por ninguna otra plataforma.

Te mando un abrazo.

Vacilo un segundo antes de mandar el mensaje.

En esa vacilación caben los días y las noches que hemos pasado juntos, con todo lo que eso significa: risas, llantos, confesiones, abrazos, besos, su mano entrelazada con la mía, la belleza de un presente que parecía eterno porque rozaba la perfección y la promesa de un futuro maravilloso, la sensación de que su mirada me perseguía para cuidarme.

Cabe el amor, en definitiva. El amor en todas las formas que ya conocía y también las que me faltaban por probar.

En las relaciones siempre hay que hacer puzzles.

Con las personas que hubo antes que él nunca encajaron todas las piezas.

Tenía que presionar algunas desafiando las leyes de la física o tenía que buscar debajo de la mesa por si se habían caído para al final aceptar que me estaba emperrando en combinaciones sin sentido, en cuadros en los que existía una carencia insalvable.

Pero Cesc era la composición entera, y yo no podía dejar de admirarla.

Voy a apagar el móvil, pero su llamada entrante se filtra justo antes, como siempre se filtra él justo antes. Finísimo como un rayo de luz, entra hasta por la rendija de mis puertas selladas a cal y canto.

Llega a tiempo para todo, el cabrón.

Esta vez no. La función ha terminado.

Pero le debo un último monólogo. Se merece desahogarse.

Inspiro hondo con los ojos cerrados para tratar de poner mis pensamientos y sentimientos en orden.

Me tengo que jurar a mí misma que no voy a llorar, no voy a flaquear, no voy a permitir que esta sea como todas las veces anteriores: Cesc no me puede convencer.

Lo que hay en juego es muy importante. Mucho más importante que yo.

—¿Qué coño es eso que me acabas de mandar, Fayna? —brama en cuanto descuelgo.

—Qué rápido lo leíste. A lo mejor debiste darle un fisco más de tiempo a la asimilación, porque te noto enfulado.

—¿Cómo no voy a estar alterado? ¡Me has enviado un puto mensaje asqueroso!

Hago un esfuerzo para tragar saliva.

—¿Un puto mensaje asqueroso? ¿Así interpretas mis sentimientos?

—O tu falta de ellos, según el texto —ironiza—. ¿Qué ha pasado? Venga, dímelo.

—¿Cómo que qué pasó? No pasó nada, mi niño.

—Una mierda que no. Di la verdad. Cuéntamelo. Lo arreglaremos, sea lo que sea.

Se me escapa una risita histérica que tengo que luchar para que no se convierta en un sollozo.

—¿Tan difícil es para ti entender que no siento nada?

—Sí, joder, sí es difícil, porque eso no es lo que me decías en La Gomera.

—En La Gomera estábamos aislados del mundo viviendo una especie de película, Cesc. Es el síndrome del campamento de verano. Luego vuelves a la vida real y entiendes que se acabó, que estás en otra.

—Y una mierda, Fayna. Te he visto la cara al mirarme. Ayer llorabas durante la videollamada.

—¡Porque no quería hacerte daño! ¡Llevo intentando decirte que no quiero nada contigo desde el principio! ¡Y nunca te dije que estuviera enamorada ni nada parecido! ¿Por qué actúas así, joder? ¿Por qué no me dejas tranquila?

—Porque sé que ha pasado algo en el último día y no me lo estás contando. Te conozco, y...

—¡No, no me conoces! ¡No me conoces un carajo!

¿Crees que porque te conté que mi padre es alcohólico y tengo un perro ya estás preparado para aguantar carros y carretas en mi nombre?

¿Crees que porque follamos tres o cuatro veces somos el uno para el otro?

¡Te conozco desde hace cinco minutos, Cesc!

¡Es imposible querer a alguien en tan poco tiempo!

¿Por qué actúas como si estuviera diciendo una locura? Acepta lo que te digo y déjame en paz.

Hay un breve silencio al otro lado de la línea. Solo le oigo respirar entrecortado, como cuando se pierden los nervios o la esperanza. O las dos.

—No me puedo creer que estés haciendo esto —murmura entre incrédulo y abatido.

—Estoy haciendo lo que tiene que hacerse.

Y eso es cierto.

—Júrame por tu padre que no me quieres de verdad.

—¿Qué es esa bobería? Por Dios, Cesc...

—Júramelo.

No es difícil. Yo no soy cristiana, así que jurar no es pecado ni delito según mis principios. Y si existe alguien por quien juraría cualquier cosa, por descabellada o insana que suene, ese es mi padre.

Estoy haciendo esto por él, a fin de cuentas.

¿Qué significa decirlo?

—Te juro que no te quiero —contesto con la entonación adecuada, carente de emoción y casi orgullosa de la distancia que logra abrir—. Te lo juro por mi padre.

Para mi sorpresa, Cesc solo suelta una risa desinflada.