Capítulo 35 #3
Pasan unos segundos en los que podrían haber cabido mis veintidós años de vida.
—No tienes corazón —dice él al final. Me copia la inflexión de la voz, la de un muerto en vida—, pero me alegro de saberlo ahora y no cuando hubiera sido demasiado tarde. Sé feliz, Fayna.
Es Cesc el que cuelga.
Yo me quedo todavía un rato sentada en el borde de la cama con el móvil pegado a la oreja.
Suenan una serie de pitidos con prisa por imponer el silencio.
Y tanto que se impone. Solo oigo de lejos las conversaciones y risas de la televisión, la melodía de una canción, el ruido de los vecinos que viven al otro lado de mi pared.
Lloro igual que las doncellas antiguas, con cuidado de no montar un escándalo, y procedo a borrar y luego bloquear el número de teléfono de Cesc.
Qué fácil es en estos tiempos modernos eliminar a alguien de tu realidad más inmediata, no se diga ya la digital.
«No quiero verte más», y no lo verás más porque no habrá voluntad que mueva montañas o fe que, como las escaleras de Hogwarts, vaya girando la dirección de las calles que cruzaréis para producir una feliz coincidencia.
No habrá personas en común que pronuncien su nombre.
No habrá redes sociales ni imágenes en la pantalla que te chiven dónde ha ido, qué ha comido, con quién se ha juntado, qué canción le tiene enganchado, pequeñas miguitas de pan que te permitirán deducir cómo se siente y así, por fin, respirar con alivio. Así, por fin, sentirte cerca de él.
Es como vaciar el pendrive de las películas pirateadas que has visto para agregar las siguientes, las nuevas. Parece que nunca estuvo ahí para empezar, y te quedas flotando en un limbo de preguntas sin respuesta.
¿Todavía existes, aunque te haya borrado? ¿Alguna vez exististe, siquiera?
Algún día me habré olvidado de él. De eso estoy tan segura como de que me llamo Fayna. El cerebro está programado para la supervivencia y la falta de estímulos constantes y directos de la persona, incluso si se trata de la persona amada, facilita el olvido.
La memoria no es infalible.
Sí, algún día, Cesc será un recuerdo vago de unas vacaciones divertidas a la par que trágicas.
Pero hoy todavía duele. Hoy la herida sangra.
Me seco las lágrimas con la mano y luego con las mangas, y cuando creo que estoy en condiciones de enfrentarme a alguien sin que me bombardeen con interrogatorios, voy al salón para reencontrarme con la persona que le da sentido a todo.
No puedo mentir: me siento mucho mejor al verlo tan concentrado en las imágenes del televisor que puedo formular una sonrisa.
Me acerco a él por la espalda y le rodeo el cuello con los brazos.
—¿Qué ves?
—El último episodio que se emitió. El de La Gomera.
El corazón me da un vuelco, pero no me muevo para no hacerlo notar. Alzo la cabeza y confirmo que así es: Yasen —o a lo mejor Cesc— eligió After , un tema de Colectivo Da Silva para cerrar el tercer episodio.
«Qué manera de despedirse», pienso con tristeza, cantando la letra para mis adentros.
¿Qué hago ahora con mi cabeza? Me debí quedar en el after para siempre, divertirme hasta la muerte con mi gente; darte un beso, darte otro y darte veinte. Para siempre.
—¿Por qué?
—Me pone nostálgico de mis padres. Lo vi a ráfagas porque estoy cansado.
—¿Y qué te pareció? ¿Hicimos un buen trabajo?
—Sí, le hicisteis justicia. Hubo un detalle que me pareció fleje bonito.
—¿Cuál?
—Espera.
Coge el mando y rebobina unos minutos. Nos veo a mí y al resto del equipo, reconocibles por la ropa y las distintas anatomías, convertidos en borrones que caminan hacia atrás, hablan hacia atrás, se ríen hacia atrás, y pienso que me gustaría poder hacer eso mismo ahora: rebobinarlo todo por si así pudiera haber terminado de otro modo.
O no haber terminado en absoluto.
Mi padre activa el vídeo en la clase de silbo, en concreto cuando el profesor nos puso a gritarnos frases hechas de un punto a otro del claro.
La cámara de Yasen enfoca al sonriente Cesc, y por un momento mi abrazo pierde fuerza y mi corazón se hace terriblemente pesado.
Aparece silbándome algo que para mí no tuvo ningún sentido, pero que mi padre me traduce con la voz sonriente:
—«Silbo porque te quiero. Mi corazón es tuyo». —Intenta girarse para mirarme—. Eso te dijo, el pibe. ¿Lo sabías?
Se me forma un nudo en la garganta que me impide hablar y que por poco hace que me desmorone. Me fuerzo a tragar una, dos, mil veces, pero no lo consigo, y cuando logro hablar es la voz de otra la que se expresa.
—No, no lo sabía.
—Parece que le gustas fleje al muchacho, mi niña. Es complicado aprenderse esas frases en silbo.
Ladeo la cabeza para apreciar la sonrisa dulce de mi padre, que de seguro tiene más que ver con que haya jóvenes silbando su preciosa lengua materna que con el hecho de que yo robara un corazón.
Él no se entera ni de mi pena ni de mi desesperación, y lo prefiero, igual que prefiero preservar esa sonrisa serena que mi propia ilusión.
Lo beso suavemente en la mejilla y lo estrecho entre mis brazos.
—Pues a ver si me enseñas a decirlo, papá. Así te lo podré decir a ti.