Capítulo 35
Fayna
Mi padre regresa a casa cuando ya ha caído el sol y yo he tenido suficiente tiempo a solas para barajar posibles métodos de acción.
Me encuentra tendida de cualquier manera en ese sofá que rescató de las proximidades de un contenedor y que se encargó personal y meticulosamente de sacudir y limpiar para evitar sorpresas desagradables.
Esa sería una muy buena descripción de mi padre, si lo pienso. Tiene un don para coger trastos inservibles y darles una mejor vida prodigando nada más que un trato considerado y paciente.
—¿Chinija? —me llama. Desde la puerta apenas habrá visto mis pies descalzos asomando por el costado del sofá—. ¿Qué haces tú aquí ya?
Me incorporo a tiempo para verlo quitarse la gorra y pasarse una mano por la media melenita castaña clara.
Hoy era el día de lavárselo, porque pese a la escasez de luz —apenas un par de bombillas ambarinas zumban sobre nuestras cabezas—, despide un brillo broncíneo que sorprendentemente le favorece al resto de la cara morena.
—Se canceló el documental. Un problema familiar del pibe de la cámara —resumo, y antes de que me pueda preguntar por los detalles, le echo un vistazo rápido de arriba abajo—. ¿De dónde vienes tú, muchacho?
—Estuve viendo jugar al Tete en el choso de Pepe.
Hay que apoyarlo en las malas y en las peores —se lamenta, y se sacude la camiseta de fútbol blanca y azul, la equipación del CD Tenerife en la temporada 2008-2009 , cuando subió.
Ni los pronósticos más optimistas se atreven a insinuar que algún día el equipo ascenderá a primera—.
Bebimos juguito de parchita, por cierto. Me acordé de ti.
Lo dice como quien menciona que ha visto a un conocido yendo a tomar la guagua. No suele darme explicaciones de este tipo porque no hacen falta: si hubiese probado una gota de alcohol, mi ojo de lince lo habría detectado antes de que pusiera un pie en el piso.
—Qué rico.
—Te habría traído un fisco si hubiera sabido que ya no estabas allá. —Se sienta muy despacio a mi lado en el sofá, donde Hemingway y yo le hemos dejado un hueco, y me da unas palmaditas cariñosas en la pierna—. ¿Estás decepcionada?
Me encojo de hombros con un deje huraño.
—No tanto como cabría esperar.
—Recuerdo que no te hacía ilusión grabarlo. ¿Qué pasará con el dinero que te adelantaron? Ya lo donaste a los perjudicados de La Palma, ¿no?
—Sí. Y no pasa nada. Subsistiré.
Y es cierto. Uno se escandalizaría si supiera lo mucho que puede ganar al mes una influencer con tres millones de seguidores en la red. Aunque lleve una semana sin grabar vídeos, en cuanto vuelva recuperaré lo que he gastado en los sueldos de mis compañeros.
Termino de incorporarme para adoptar una postura más apropiada.
No necesito entrelazar los dedos de las manos y engolar la voz para que mi padre me tome en serio; es la persona que más me escucha y mejor aplica mis consejos del mundo entero.
Pero no sería la primera vez que saco a colación el asunto y quiero que, por una vez, se plantee lo que ya no es una sugerencia, sino una demanda.
—Quería hablar contigo sobre dinero, de hecho.
Él, que ya se había recostado contra el mullido respaldo, gira la cabeza hacia mí para mirarme con fingido pavor.
—¿Qué te hizo ya ese cerdo?
Evito reírle la gracia para recalcar que esto es serio y me acerco para cogerle la mano.
—Una de las razones por las que acepté el documental era porque ganaría fleje pasta para compartir contigo las ganancias.
Pensé que, bueno, era lógico que no quisieras echar mano de mi «sueldo» —hago las comillas con los dedos—, es decir, mis beneficios como tiktoker, pero no le harías ascos a un extra.
—¿Y por qué pensaste algo así? —replica sin perder la calidez—. Yo nunca voy a aceptar tu dinero, Nanita, y tú lo sabes. Lo hablamos muchas veces.
Le estrecho la mano para interrumpirlo.
—Escúchame, por favor. Ahora es distinto.
He tenido horas y horas para reflexionar sobre si hablarle de la visita de Jaume Montseny o reservarme para mí el horror de la amenaza.
Mi padre no tiene mi carácter temperamental, y haber sobrevivido al alcoholismo le ha convertido en una persona que desea paz y serenidad por encima de todas las cosas; bastante fiesta, violencia y problemas tuvo durante lo que se alargó su diagnóstico.
Y, además, no es estúpido. No dejaría que le ganara el orgullo masculino ni pensaría que tiene la menor posibilidad de vencer a un Montseny en una batalla por su choso, por su reputación, por su futuro laboral.
Si no se lo cuento, no es porque tema que no se comporte. Es porque no quiero que sepa que yo y solo yo le he metido en este berenjenal con mis estúpidos caprichitos románticos.
Mi padre me mira a los ojos con expresión interrogante. Espera, espera y espera. Espera a que encuentre las palabras.
—Quiero que vivamos juntos en un piso de verdad. Como antes.
—Nanita, ya me echaron una vez de mi casa. No quiero que vuelva a pasar.
—No pasaría otra vez. Tengo un colchón económico. Tú tienes un trabajo. Formamos un buen equipo.
Él sacude la cabeza. No llevo ni dos argumentos en mi favor y ya se niega en rotundo.
—No. Confío en mi autocontrol y estoy demasiado orgulloso de mi progreso para echarlo a perder, pero uno nunca deja de ser alcohólico, y si volviera a mis viejos hábitos viviendo bajo tu mismo techo, no me lo perdonaría jamás.
No quiero repetir la historia, Nanita. Debes tener tu independencia.
Debes romper esos lazos de cuidado maternal conmigo.
—No puedes seguir viviendo de okupa —le interrumpo—.
Simplemente no puedes. Entiendo por qué acabaste aquí y nunca te voy a juzgar.
Nadie elige quedarse sin casa, sin recursos y sin familiares o amigos a los que recurrir.
Pero esa ya no es tu situación. Por favor —insisto, y le vuelvo a estrechar las manos.
La voz me tiembla—. ¿Es que no te das cuenta de que sigues en una posición vulnerable?
Nunca te van a contratar en condiciones en una empresa si no estás empadronado, papá.
No vas a ser una persona registrada y regularizada, y cualquier cabrón podrá abusar de ello. Necesito que te protejas.
Él aparta la vista un momento para mirar nuestras manos entrelazadas.
Me acaricia el dorso con el pulgar muy despacio, con sutileza.
Mi corazón se conmueve porque se lo está pensando.
Solo eso significa el mundo para mí, porque cree que es lo que le queda de orgullo lo que está en juego, lo que está sacrificando.
Y, aunque magullado, eso es lo único que tiene un hombre que lo perdió todo.
Su trabajo. Su hogar. A su hija, en parte.
Su autocontrol. Su voluntad. Su dignidad.
—Pero este es mi chosito ahora —murmura al cabo de un rato, paseando la mirada afectuosa por el salón—. Lo hicimos nosotros. Tú y yo.
—Es una mudanza, no una derrota, papá. Y yo estaré contigo para construir la siguiente. Te lo prometo. Te lo ruego —le pido en voz baja—. Quiero estar tranquila en lo que a ti respecta. Si no, nunca dejaré de preocuparme, ¿entiendes?
—No quiero deberte más aún.
—No me deberás nada, y te puedo prometer que será lo último que haga por ti si tanto te desinquieta. Déjame encontrarte esa casa, ese piso, y mi trabajo contigo habrá terminado.
«Y todo lo que he vivido estos últimos días gracias al documental no habrá sido en vano», podría añadir.
«Así, aunque me haya enamorado de alguien con quien no puedo quedarme, aunque al final haya fracasado todo, aunque me haya puesto en contra a toda BNA , podré decir que mi objetivo inicial ha sido cumplido con éxito: darle a mi padre una vida digna».
Porque eso es cuanto conseguiré si lo convenzo.
Mudarnos a un pisito de La Laguna o a una cuevita acondicionada en el municipio de Arona no es una respuesta lo bastante contundente a las amenazas de Jaume, porque en su poder sigue la información de lo que mi padre fue, y lo único que necesitan los medios para arruinarle la vida a una persona es un comentario sacado de contexto, un rumor, una foto pixelada.
Dénle un granito de arena a los periódicos digitales, a las revistas de cotilleos, a un influencer , y ellos harán una montaña en menos de veinticuatro horas.
—Lo pensaré —me promete—. No quiero que estés angustiada, chinija.
—Yo iré buscando sitios. Cuando te sientas listo, avísame y lo compartiré contigo, ¿de acuerdo?
Él asiente con aire nostálgico.
Entiendo su tristeza. Entiendo su impotencia y su bochorno.
Yo también los sentiría si fuera mi hija la que una y otra vez me sacara del barro, me lavara y me volviera a vestir.
Pero sabe que hace mucho tiempo perdió el derecho a ofenderse porque se le rescate de una situación precaria.
Sabe que lo que le toca ahora es ser agradecido. Ceder y no poner trabas.
Mi padre me besa en la frente y yo me despido de él con una pequeña sonrisa.
El siguiente paso después de atajar el problema más acuciante es atajar el segundo problema más acuciante.
Me hierve la sangre y me duele el corazón de solo llamar «problema» a algo —alguien— que me ha dado los días más divertidos, emocionantes y conmovedores de mi vida; a algo —alguien— que me ha salvado de ahogarme en mi propia bilis, de ver mis esperanzas y mi fe diluidas en el cinismo; a algo —o alguien— que me ha visto como soy bajo la fachada defensiva de la que te tienes que armar para transitar un mundo cruel con el estandarte de la justicia.
Pero se llame problema o se llame Cesc, debe atajarse, porque no he encontrado una sola solución factible.
¿Hablarle de la visita de su padre? Eso empeoraría las cosas de forma exponencial.
Él sí es orgulloso. Él sí cree que tiene poder y tablas para contradecir a quien al final es su dueño. Él sí lucharía contra su padre.
Y perdería.
Nadie va a perder nada por mi culpa mientras yo pueda evitarlo.