Capítulo 34 #3
La desesperación le consumiría de tal modo que se aferraría a lo que tuviera delante, sea cerveza, sea vodka, sea marihuana.
Mi padre, que acaba de recuperar el color en las mejillas. Que por fin está estable. Que ha reaprendido la risa. Que ha encontrado una vocación que le mantiene distraído. Que hasta empieza a salir con una mujer.
No me considero nada remotamente parecido a una víctima, pero lo único que me sale del alma decirle al hijo de puta que tengo delante es lo siguiente:
—¿Por qué me hace esto? Vale que no signifique nada para usted que Cesc pueda apreciarme y quiera lo mejor para mí. Vale que no le guste quién soy o lo que hago. Pero ¿qué tiene que ver aquí mi padre? ¿Es que carece de escrúpulos?
Qué pregunta tan estúpida.
Por supuesto que carece de escrúpulos.
—No es nada personal, Fayna —responde con serenidad—. Simplemente se ha presentado un problema que me puede perjudicar y vengo a ponerle solución.
Jaume me mira con una llaneza imposible de fingir.
No dudo que habla desde el corazón, las entrañas de acero o lo que quiera que tenga.
A lo mejor es como el Hombre de Hojalata, solo que sin el sincero deseo de que le otorguen un órgano latiente para poder sentir amor.
A lo mejor no tiene nada ahí más allá de un agujero negro.
Casi siento lástima por él... o lo que pueda sentirse por la gente que sirvió de referencia para programar el automatismo y la frialdad de los robots. Este hombre ha venido al mundo para conquistarlo y arrampla con lo que se le pone por delante, sea amigo, sea hijo, sea inocente.
Llegados a este punto, no puedo ni siquiera interpretarlo como maldad. Es pura eficiencia.
—Si no fuera nada personal, no habría venido hasta aquí. Y es personal porque soy como soy. A lo mejor, si no tuviera tatuajes, piercings , un pasado «difícil», como usted lo llamó, y una voz abiertamente revolucionaria, habría aplaudido mi relación con su hijo.
—No es personal porque no tengo nada en contra de tu apariencia o tu forma de hacer las cosas.
He estado enamorado de mujeres mucho peores que tú, Fayna, y con mucho peores que tú me refiero a mucho mejores que yo —explica con paciencia, casi con cariño—.
Me dan igual tus piercings y tu padre. Pero no así mi nombre, mis socios laborales y la socialité con la que mi esposa se codea.
No quiero que vuelva a casa con un ataque de nervios porque la han desdeñado sacando a colación la relación de su niño.
Tampoco quiero ser el hazmerreír. Ni perder dinero.
Dinero, dinero, dinero, dinero. Todo se reduce siempre a una cuestión de dinero. Cesc dejó a su familia porque odiaba lo que hacían con el dinero. Mi padre casi muere a manos de la desesperación por el dinero. Yo estoy metida en esto por el puto dinero.
Le sostengo la mirada con una mezcla de desprecio y agradecimiento a la que poco a poco, y contra todo pronóstico, le va ganando terreno lo segundo.
Me ha amenazado en la puerta de mi casa —de mis dos casas— y me está exigiendo que corte comunicación con Cesc, y, aun así, una parte de mí aplaude que sea brutalmente sincero conmigo.
Incluso me siento aliviada porque está verbalizando lo que yo llevo pensando desde que supe que Cesc era un Montseny.
¿Qué iban a pensar esos socios laborales y esa socialité si formalizábamos una relación?
¿Cómo me iban a mirar cuando me vieran? ¿Qué se suponía que iba a hacer yo en ese mundillo, incluso si nunca llegaba a poner un pie en sus espacios?
Iba a ser la comidilla, el elemento discordante, una puta broma... y mi padre lo sería por extensión.
Los dos estábamos condenados ya de entrada.
Incluso si Jaume no me hubiera chantajeado, incluso si me hubiera abierto las puertas de su casa con cariño, la prensa y las redes habrían metido sus sucias narices en el pasado de Jonay Navarro.
De una forma u otra, yo lo habría destruido con mi incomprensible empecinamiento en querer a alguien que desafía todo aquello en lo que creo.
Amenazas aparte, este hombre ha venido hasta aquí para decirme lo que hay. Más que el villano, es el portavoz de la razón.
Yo no quiero una vida así.
Claro que no quiero una vida así.
—Un placer hablar contigo, Fayna —concluye a sabiendas de que ha ganado.
¿Cuántas veces habrá hecho esto, que se ha coscado con solo mirarme de que no voy a oponer mayor resistencia?, ¿que ya está hecho?
Se acerca a mí para darme dos besos de despedida, recalcando que no tiene nada en mi contra y que hasta le parezco una buena chica, y se separa con una amable sonrisa antes de regresar a su coche y desaparecer calle abajo.
Yo me quedo mirando cómo la silueta del sedán se pierde lejos de este barrio olvidado, tan confundida que por un rato no muevo una pestaña.
Parece que acabe de despertar de un sueño febril. Y, sin embargo, soy consciente de que en cuanto asimile lo que ha sucedido y me toque actuar, ese sueño se convertirá en lo que estaba condenado a ser desde el principio.
Una pesadilla.