¡Esto no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 1) Capítulo 34
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Capítulo 34

Fayna

Más allá de que Karen sea de lágrima fácil y se esforzara por decirme en español todo lo que piensa de mí y de nuestra breve —y con trágico final— aventura, es que mi pequeña guiri es el mayor ejemplo de lo que una persona puede cambiar en una semana de convivencia con desconocidos.

No ya porque Karen en sí haya aprendido unas cuantas lecciones, algo que no me atrevería a decir por lo paternalista y condescendiente que suena —en realidad, y me jode decirlo, ella siempre estuvo estupenda tal y como estaba—, sino porque yo misma he pasado por todos los estados en lo que a la exmodelo de California respecta.

Al final, es poco lo que nos une, y Madrid no es una ciudad que me interese visitar.

— Querer que sepas —intentó expresarse en mi idioma— que estudiaré espaniol para communicate con todos.

Espania es un país meravioso y me dado cuenta que...

—tuvo que mirar de reojo la chuleta que había escrito a mano en una servilleta— me queda muchio por conoser .

Querer ser más como tú, Fayna. A fighter . No tener miero .

—Ahí te equivocas, porque yo también tengo miedo a veces. Pero me alegra que hayas tomado la determinación de no permitir que eso vuelva a detenerte. No te quedes nunca con alguien o en un sitio que te hace infeliz, ¿de acuerdo? ¿Me lo prometes?

—Lo prometo.

Volvimos al inglés para no tener que andar descifrando las frases de la otra, y fue así como descubrí que se embarcará en un año sabático dando tumbos por toda España.

Su ruta, aún imprecisa, abarcará Galicia —le celebré esta opción—, País Vasco, Cataluña y Andalucía.

Le deseé lo mejor, le pedí que me enviara fotos por WhatsApp y que me contara de vez en cuando lo que iba haciendo, si el proceso de divorcio estaba avanzando, y a continuación me despedí de ella con un abrazo.

Es curioso cuánto cariño se le puede llegar a tomar a alguien tan diferente a ti.

Supongo que eso es lo que pasa cuando te opones a describir tus principios y los rasgos de tu carácter como los únicos aceptables; que puedes mirar a tu alrededor y reconocerle una virtud hasta al notas más insospechado.

Gracias a Karen me he percatado de que puedo pecar de cínica y de que no tengo la disposición que debería a divertirme a pesar de lo joven que soy.

Pero por más divertida y lucrativa que haya sido la grabación, estoy deseosa de reencontrarme con mi padre. Le dejé a cargo de Hemingway y de mi caravana y le pedí con encarecimiento que abandonara su casa por un tiempo y se mudase a mi pequeño inmueble rodante.

Por supuesto, su orgullo masculino le impidió hacer tal cosa, como compruebo al doblar la calle principal y ubicar mi propiedad aparcada frente al edificio abandonado.

Las Galletas es un municipio atestado de urbanizaciones, algunas de lujo y otras más modestas, fundamentalmente habitadas por extranjeros que se mudan a países de climas templados para disfrutar de su jubilación.

Antes de caer en la espiral del alcoholismo, mi padre era un orgulloso aparejador, es decir; uno de los responsables de que los alemanes pudieran adquirir pisos muy apañados en el sur de la isla.

Le fue de maravilla durante el boom de la construcción.

También, como muchos otros, se arruinó con la crisis de 2009 .

Ese fue el principio del fin para él.

El rincón de Tenerife que eligió para vivir después de que lo echaran de nuestra casa como a un perro por impago es un ejemplo dolorosamente descriptivo de lo que fue su vida laboral y en lo que luego se quedó: en esta zona alejada del pueblo de Las Galletas, las calles están asfaltadas por suerte, pero abundan los edificios de hasta seis plantas a medio construir.

Les faltan los cristales de las ventanas y los entarimados.

Aun así, mi padre le vio potencial a estas casas olvidadas y allí levantó su pequeña morada.

Él mismo se encargó de lijar las paredes, de improvisar puertas y cubrir los agujeros con trapos —y, después, cortinas— y de asegurarse de que funcionaban las tomas de agua y luz.

Su pericia llegó a oídos de otras tantas criaturas en su situación y desde hace un par de años tiene unos cuantos vecinos con los que forma una agradable comunidad.

Entre todos se las han ido apañando para salir adelante.

No es el único edificio habitado de todas las urbanizaciones olvidadas por sus promotores.

Hay inquilinos discretos e indiscretos. Los que llevan más tiempo ocupando los pisos vacíos ya hasta se animan a tender la colada fuera y colocan telas parcheadas —cosidas a mano— en las ventanas cuando hace un solajero espantoso.

Admiro de lo que es capaz el hombre en plena desesperación.

Admiro la resiliencia de mi padre, que a pesar de quedarse sin trabajo y no estar en condiciones de buscarlo por su enfermedad, a pesar de no tener a quién recurrir cuando nos echaron de nuestra casa, buscó alternativas más o menos habitables, más o menos legales, para que yo tuviera un techo sobre mi cabeza y acceso a agua corriente.

Ahora que a mí me va bien económicamente y puedo no solo invitarlo a vivir conmigo en mi caravana, sino comprarle un piso, intento devolverle el favor o al menos agradecérselo prestándole dinero, pero mi padre se niega a aceptar un solo céntimo.

No ya por orgullo, aunque recalco que lo tiene, sino por una cuestión de justicia.

Nunca hablamos del infierno por el que ambos pasamos, cada uno a su manera, pero está implícito cuando sacude la cabeza con obstinación una vez más y me dice: «De ti no aceptaré nunca ninguna forma de agradecimiento. Debería ser yo quien te hiciera la vida más fácil».

Antes que mi padre o alguno de los vecinos, el primero en reconocer el sonido de mis pasos es Hemingway.

Reconozco su enorme silueta a los pies de la entrada al inmueble.

Está, como siempre, tendido en una franja de sol con el morro descansando sobre las patas delanteras.

Se yergue como si hubiera oído un disparo, los ojitos brillantes como alas de escarabajo mirando en mi dirección.

Saca la lengua, quiero pensar que para sonreírme, y se incorpora a toda prisa sacudiendo el rabo para acudir trotando a mi encuentro.

Suelto el macuto en el suelo y extiendo los brazos.

Un presa canario es una bestia tan inmensa que no hace falta agacharse para acariciarlo. De hecho, si te agachas lo más probable es que te mande de cabeza al asfalto.

Lo saludo con mi voz de pito, esa que le ponemos sin querer a los bebés y a los animales, y le acaricio el suave pelaje moteado.

Hay quien piensa que esta raza es un peligro público por su consideración de PPP según la legislación autonómica de Canarias, pero Hemingway no le ha mordido ni ladrado a nadie jamás.

Es manso y bueno como un golden retriever .

No necesita ni collar ni correa porque obedece al toque todo lo que se le dice.

Recojo mi equipaje y sigo caminando hacia la entrada a mi caravana. Entretanto, consulto lo que se dice en el grupo de WhatsApp del equipo de grabación. Sonrío, aliviada, viendo que Candela y Yasen interactúan con normalidad.

Debe de haberlos unido la apresurada despedida. La confusión. El desempleo.

Es entonces cuando reparo en que alejado por un par de calles hay aparcado un coche negro con los cristales tintados.

No me habría llamado la atención si no fuera porque estamos en una zona de Las Galletas por las que solo se pasean vehículos conducidos por chavales que quieren practicar para sacarse el carné y, muy de vez en cuando, la policía.

Me detengo con las llaves de mi casa rodante ya en la mano, la mirada apuntando hacia el sedán. Como si lo hubiera atraído con el pensamiento, el coche se pone en marcha y se acerca con parsimonia a la acera. Se detiene a unos cincuenta metros de mí. Apaga el motor.

Del copiloto desciende un hombre trajeado con el pelo ni corto ni largo echado hacia atrás; la clase de hombre, como ya he dicho otras veces, que no se suele llevar bien conmigo.

Lo veo aproximarse tranquilamente con una mano en el bolsillo del pantalón de traje.

Hay algo en sus facciones que me suena familiar aun de lejos.

La forma de la cara, en especial de la mandíbula.

La nariz recta. La expresión de las cejas, solo que sin la dulzura canallesca a la que estoy acostumbrada.

Es una versión mayor y fría de Cesc.

Procuro que mi postura rígida se interprete como solemnidad y no como tensión. Guardo las llaves de mi caravana en el bolsillo del vaquero corto, un movimiento defensivo por el temor irracional a que me las arrebate, y me giro hacia el tipo en completo silencio.

Miles de preguntas se arremolinan en mi cabeza, pero sobre todo prima el miedo.

Si es de por sí inquietante o sospechoso que un hombre de su perfil sepa dónde vive mi padre —porque no podría haber sabido dónde vivo yo, supongo—, que se presente en persona es directamente estremecedor.

Jaume Montseny frena a unos pasos de mí, los suficientes para no violar mi espacio, y se mete la otra mano en el bolsillo. Esboza una sonrisa que no enseña ni los dientes ni el cuchillo verbal con el que de seguro ha venido a amenazarme.

—Fayna Navarro, si no me equivoco —pronuncia en tono desapasionado—. He oído hablar mucho de ti..., igual que tú de mí, imagino. Soy Jaume Montseny.

—Lo sé. Le veo de vez en cuando en televisión.

Eso no es del todo verdad. Lo he reconocido de tanto topármelo en las fotografías que suelen adjuntar en artículos periodísticos acerca de sus nuevas adquisiciones y éxitos empresariales.

Recuerdo haber pensado que esperaba que hubiese más escándalos y acusaciones en la web, pero se le da de maravilla comprar el silencio de los medios. He encontrado más detalles sobre sus tejemanejes en Twitter y en foros de internet que en diarios fiables.

—¿Cómo sabe dónde vivo? —le pregunto sin rodeos.