¡Esto no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 1) Capítulo 33 #2
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Capítulo 33 #2

Ella finge que el auricular de cable le está molestando para no responder enseguida.

—Yo lo sospecho, pero ¿lo saben tus padres? ¿No crees que les parecerá igual de malo o incluso peor que salgas conmigo que el hecho de hacer el machango en un documental?

Sabe que le he mentido. Está claro.

Pero voy a jugar a hacerme el tonto un rato más.

Tengo que enseñarle ese atardecer.

—Como tú comprenderás, Cotufas, lo que opinen o dejen de opinar mis padres me importa una mierda. Pensaba que eso ya había quedado claro cuando hablamos ayer.

Ella reacciona con la misma extrañeza que yo cuando digo «ayer».

¿Seguro que fue ayer?, se está preguntando.

El menda se lo está preguntando también.

Si parece que hayan transcurrido mil años desde la última vez que la vi, desde que estuve nadando en una cueva con Fayna enganchada a mi cintura o metidos los dos en el mismo saco de dormir.

Desde que nos despedimos de forma frenética en el camping —porque despedirnos en el aeropuerto habría olido a «no voy a verte nunca más» y yo no lo iba a permitir—, mi hermana ha estado al borde de la muerte y casi de inmediato ha resucitado, y entretanto me han pasado tantas locuras por la cabeza que, si se las transmitiera, me diría que ella y yo como unidad, como pareja, nos acabamos aquí y ahora.

Ayer era ayer y hoy es hoy. Ayer no teníamos a los Montseny amenazándonos con todo su poder.

Ayer no sabía que mi hermana estaba viviendo bajo el implacable yugo de una madre que, en vez de dejarla en paz, la somete cada día un poco más.

Ayer no nos separaban cientos de kilómetros, que serán miles cuando Fayna vuelva a Tenerife.

Ayer ella nadaba en un mar de dudas y hoy somos los dos los que tenemos que luchar para mantenernos a flote.

Pero yo lucharé, ya te digo que sí.

—Ayer era ayer y hoy es hoy —me señala Fayna, como siempre leyéndome el pensamiento.

Puede que mucho de lo que yo soy sea responsabilidad de Laia, pero hay otra parte de mí que es toda de mi creación y esa también está en sintonía con Fayna.

Esa es la que importa. Y como sigue deduciendo lo que me pasa por la cabeza con solo mirarme a la cara, aun cuando mi cara es un reflejo de la pantalla y no carne adherida al hueso, me confiesa:

—Tú y yo no deberíamos habernos conocido, ¿sabes?

—¿Cómo?

—Javier me reservó inicialmente el vuelo de la mañana, no de la madrugada, para que pudiéramos tomarnos un café él y yo a solas en lugar de vernos directamente en las oficinas de BNA con el resto del equipo.

Ya tendría que haber estado en Madrid para cuando tú cogiste aquel avión en el que luego coincidimos.

Freno nada más llegar a la orilla. En total no se tardan ni cinco minutos en salvar la montaña escarpada que separa el cielo del mar.

Tomo asiento sin apartar la vista de su expresión pensativa y con cuidado de no hacer ruido, como hacemos los enamorados cuando es ella quien está hablando.

—Le pedí que me comprara mejor el de la madrugada siguiente porque a mis amigos les venía mejor celebrar que iba a grabar el documental esa noche concreta.

Y me lo cambió. Aparte —continúa—, el día que nos conocimos yo iba en otro asiento.

Me tocó en el de la puerta de emergencias, el que es lo bastante amplio para estirar las piernas.

Por no sé qué confusión, me lo cambiaron in situ para darme el que estaba a tu lado.

—Vale —asiento. Me rodeo las rodillas con las manos para enfocar la puesta de sol, pero todavía no giro la cámara. El reflejo anaranjado del agua proyecta una sombra de luz en mi rostro—. ¿Y qué crees que significa eso? ¿Que Dios intervino para que nos coincidiéramos antes?

—No lo llamaría coincidencia, sino complot, porque incluso si no hubiera cogido ese avión o no me hubiesen cambiado de sitio, te habría conocido en Madrid.

Incluso si no hubiera ido a Madrid a conocer al equipo, te habría conocido el primer día de grabación.

Creo que, si no hubiera aceptado el proyecto, te habría conocido de otra manera.

Aunque tengo la ligera sospecha de que este monólogo sobre el destino es la antesala de una conclusión dolorosa, sonrío, picado de curiosidad.

—¿Cómo crees que nos habríamos conocido?

—En una realidad alternativa en la que aceptas dirigir los hoteles de tu padre y eres un cerdo sin escrúpulos, yo habría sido tu némesis al prodigarte el mismo trato que a David Taylor.

Y tú, que habrías sido aún más egocéntrico, no habrías dudado en demandarme o en ir a mi encuentro para ponerme en mi sitio.

—¿Y si no hubieras sido tiktoker? ¿También nos habríamos conocido?

—Habría ido a tus oficinas con una pancarta y al menos me habrías visto en persona.

—¿Quieres decir que estamos destinados?

—O condenados. Creo que nos encontramos en la única línea temporal en la que podríamos habernos querido.

—No me gusta ese «podríamos». Es un condicional de posibilidad, no de certeza.

—No existen los condicionales de certeza. Para las certezas están las afirmaciones.

—Pues yo estoy seguro de que nos habríamos fijado el uno en el otro en todas esas circunstancias alternativas.

Ponte que me gustasen Los Planetas y no Los Motorizados, que leyera a Sara Mesa y no a Irene Solà.

Ponte que escuchara música que tú no soportas y leyera a autores que no respetas.

Nos habríamos quedado mirándonos los siete segundos que uno tarda en decidir que está enamorado. Me apuesto el alma.

—No es ahí a donde quería llegar, Cesc.

—Lo sé, pero es que no te voy a dejar llegar a ese otro lado. Mira.

Es el momento perfecto para activar la cámara externa y que vea cómo el sol se derrite sobre la línea del horizonte.

Las olas se deshacen a mis pies sin emitir sonido, con tal cansancio y mansedumbre que juraría que mañana ya no estarán aquí porque se están despidiendo de mí.

Imagino un mundo sin el oleaje, con un mar detenido, como inmortalizado en una foto.

Un océano sin vaivenes caprichosos. Agua estancada que no reacciona a la vida marina. Los peces aletean y ni se inmuta.

Algo así tiene que ser la vida sin Fayna.

—¿Has oído hablar del rayo verde? —le pregunto para cambiar de tema.

—No.

—Es un fenómeno óptico que se da cuando el sol se pone. El rayo verde es el último destello visible justo antes de que se oculte. Según sé, la atmósfera actúa como un prisma refractando y separando la luz solar en múltiples colores. Lo vi en una película.

—¿Una de tu querida Solène Delorme?

—Hay que ver, Faynita. La mencioné una vez y se te ha quedado grabada en la cabeza, ¿eh? —sonrío con regocijo—. No, no es de Solène, pero es de un director francófono, como ella. Rohmer, se llama. A ver si tenemos suerte y lo vemos.

Pero no creo que se pueda tener suerte dos veces en la vida, y yo ya la he tenido una.

Alterno miradas entre la puesta de sol y ella, que contempla la explosión de naranjas que le muestro con los ojos vidriosos, ocultándose la sonrisa temblorosa bajo los dedos tatuados.

—Qué lindo —la oigo murmurar con un nudo en la garganta—. Qué bonito, Cesc.

Todavía no sé qué significan esos tatuajes ornamentales que tiene, y ella todavía no sabe cuánto puede un hombre querer a una mujer en apenas unos días, unas horas, un minuto, una mirada rápida al final de una cola de embarque.

No sabe que no había ningún problema inicial con mi maleta, que le dije a la azafata que de seguro no cabía y me mandó allí a comprobarlo, ni puede imaginarse que todo fue una puesta en escena porque me quería acercar a donde estaba ella, quería que me mirase, y no sabía cómo lograrlo cuando llevaba sus cascos puestos, su libro abierto y su cara de a-mí-nada-me-conmueve.

A lo mejor, si no me hubiera cargado el asa de mi maleta, nunca habríamos llegado a este día en el que se conmueve con algo: con la puesta de sol de mi isla y no de la suya, como se conmueve conmigo y no con otro hombre.

—Todo va a salir bien —le prometo en voz baja, y también lo digo para convencerme a mí, que ya estoy convencido pero a veces vacilo porque ella consigue meterme el miedo en el cuerpo con su indecisión—, ¿de acuerdo?

Fayna se yergue un poco para crujirse el cuello y luego masajeárselo con una mano. Pestañea deprisa para espantar unas lágrimas que yo ya he visto en el fondo de sus ojos, pero que sus mejillas nunca conocerán.

—¿Cómo puedes estar tan seguro?

La voz se le entrecorta por culpa de la mala cobertura. Al final, estoy en una cala atrapada entre las montañas, la clase de lugar al que uno viene cuando quiere aislarse. Abro la boca para contestar, pero me contengo hasta que la imagen y el sonido se hayan restablecido.

No se restablecen. Ella frunce el ceño y clica sobre la pantalla, dice alguna que otra palabra que se vuelve a entrecortar, y así hasta que su rostro se congela por completo, pillándola con una mueca de resignación.

Aun sabiendo que no me va a oír, afirmo:

—Estoy seguro porque te quiero.