¡Esto no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 1) Capítulo 33
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Capítulo 33

Cesc

—Perdona por no haberme puesto en contacto contigo antes, Cotufas. He estado... —busco la palabra adecuada para que no suene ni a excusa ni a mentira. Acabo decantándome por la verdad— intentando gestionar todo esto por mi cuenta.

—¿Y lo conseguiste?

El cálido sonido de su voz, sus eses aspiradas, su canaria negativa a emplear el pretérito perfecto compuesto —yo habría dicho «¿Y lo has conseguido?»—; todo eso tiene un efecto tranquilizador en mí, como si me hubieran inyectado un narcótico en vena.

¿Cuánto se puede echar en falta a una persona en apenas unas horas?

—Me ha hecho falta darle cincuenta vueltas a la playa, pero creo que estoy xavat .

En la situación óptima para conversar contigo sin que sientas que ando disociado, vaya —añado con humor.

Me reacomodo en la cama de mi hermana doblando un brazo tras la cabeza.

Con la otra mano sostengo el móvil para poder mirarla a la cara—. ¿Qué tal estás?

Ella sonríe vagamente confundida. Su último mensaje explicitaba que esta noche dormirá en Madrid, en un hotel de lujo al que Karen se ha empecinado en invitarla.

—¿No debería ser yo quien te preguntara eso, mi niño? Lo último que supe es que Laia estaba en el hospital.

—Ah. —Incluso un servidor nota, contemplándose a sí mismo en la pantalla, que se le ha oscurecido el semblante.

Por algún motivo había olvidado que Fayna no lee el pensamiento, no está telepáticamente conectada conmigo y no ha vivido a mi lado la confrontación familiar—. Sobre eso... Pues te va a hacer gracia.

—Lo dudo fleje —responde con prudencia—, pero ponme a prueba.

—No ha habido crisis de ningún tipo. De hecho, sus últimos análisis son gloria bendita. Decirme que Laia estaba en el hospital solo ha sido la magnífica estrategia que se le ha ocurrido a mi madre para arrastrarme de vuelta a Ibiza. Tachán.

Todas las emociones habidas y por haber cruzan la expresión de Fayna como un apoteosis de fuegos artificiales. Todavía demora unos segundos en asimilar el dramático giro de los acontecimientos.

Pestañea varias veces para terminar asintiendo en silencio.

Me arrepiento de haber sido sincero —bien podría haberle dicho que no es tan grave, que está fuera de peligro—, porque Fayna no es estúpida y no le cuesta unir los puntos para preguntar con legítimo temor:

—¿Y por qué quería que volvieras?

Dispongo de, como mucho, un minuto para improvisar una trola verosímil.

Me puedo imaginar cómo reaccionaría si le dijese que he pasado por los siete círculos del infierno en las últimas diez horas por algo tan simple como que mi familia la desprecia.

Aunque todavía no lo admite, sé que me quiere, o al menos sé que me aprecia lo suficiente para no desearme ningún mal, y ni mucho menos por su causa.

Podría servirme de la propuesta de mi padre como excusa válida, pero Fayna no me creería. ¿Que se han inventado que Laia estaba al borde de la muerte para intentar endosarme la dirección de un hotel? Eso no hay quien se lo trague.

—Querían interrumpir la producción del documental —resuelvo al final, decidido a ocultar los matices—.

Dicen que le hago un flaco favor a la reputación de los Montseny haciendo el ganso en televisión.

No les gusta que esté en boca de todos por razones ajenas a la empresa o alguna clase de logro épico, y utilizar a Laia como pretexto les ha venido de pelotas para frenarlo.

Mi hermana, que por supuesto no se ha separado de mí en todo este rato, levanta la cabeza del libro y se endereza en su cómodo puf para lanzarme una mirada que lo dice todo.

«¿En serio le estás mintiendo, Xicu? ¿A qué viene eso?».

La ignoro para empaparme de la reacción de Fayna, que es cargarse de suspicacia.

—Bueno, es comprensible. Sí que haces el machango en las grabaciones.

—Pausa—. Puedes decirles que ya no habrá problema.

Javier canceló el resto del documental y el equipo volverá a su choso.

Por suerte, conseguí sus números de cuenta para hacerles el pago que les quedó debiendo.

No quise que se fueran ustedes con las manos vacías por una causa externa, incontrolable y... trágica, la verdad.

Laia, que seguía mirándome con fijeza por el simple gusto de juzgarme, comparte conmigo una mueca de pasmo.

—¿Qué? ¿Javier se ha cabreado? —Me incorporo en la cama y apoyo la espalda en el cabecero—. ¿Por qué no me has llamado para contármelo?

—No quería echar más leña al fuego. Y se ve que es justo lo que habría hecho, incluso sabiendo ahora lo que sé: que no hubo tragedia.

—Tarda unos segundos de más en sellar los labios, señal de que pretendía continuar pero se ha reservado un comentario.

No hace falta que lo diga, porque yo lo deduzco: «No me puedo creer lo que te han hecho»—.

Recibirás tus honorarios en los próximos días.

—¿Qué? —repito—. ¡No! No te corresponde a ti cargar con ese peso. No deberías pagar los sueldos de tu bolsillo...

—¿Cómo está tu hermana?

Quiero seguir reprendiéndola, ahora más por tener la desfachatez de cambiar de tema, pero sé, por la manera en que me aguanta la mirada, que no va a tolerar que le lleven la contraria. No ha entrado en los detalles de su enfrentamiento con Javier, pero me puedo figurar que no ha sido agradable.

Renuncio a insistir por la paz de ambos y porque en el fondo no me puedo oponer a que Yasen y Candela cobren lo que se merecen.

Si da la casualidad de que Fayna tiene suficientes ahorros gracias a su trabajo para permitirse un desembolso de esa magnitud y resulta que quiere hacerlo, ¿quién soy yo para discutirlo?

Ya le devolveré mi importe en cuanto me llegue.

—Pues está aquí, conmigo. —Clico sobre la pantalla dos veces para que la cámara externa capte a Laia sentada en posición de loto con su novela en el regazo.

En unas manos de dedos tan delgados y en contraposición con las muñecas frágiles, el tomo de seiscientas páginas parece una Biblia de mil, algo que se aguanta en el aire por arte de magia—.

Fayna, esta es Laia. Laia, esta es Fayna.

Giro el móvil un momento para que mi hermana vea a la estrella de la película. Como ya lleva las gafas puestas, no tiene que reproducir el mítico gesto de miope: echarse hacia delante con los ojos entrecerrados.

—¡Hola, mi niña!

—Hola —saluda Laia con timidez. Baja un momento el libro para saludar con la mano y una pequeña sonrisa—. Encantada de conocerte.

—Igualmente. ¿Qué lees? Parece Nuestra parte de noche .

Laia se anima en la medida en que puede animarse con los desconocidos: hablando en un tono más o menos inteligible.

—Ese mismo, sí.

—Me encanta Mariana Enríquez.

—Y también tenéis a Irene Solà en común —intervengo yo.

Vuelvo a girar el móvil y la cámara para disfrutar a solas de mi intimidad con Fayna—.

¿Sabes que todo lo que te gusta de mí es culpa de mi hermana?

Me leí aquella novela que llevábamos los dos en el avión porque ella me lo recomendó, igual que conocí a Los Motorizados porque le encanta el indie .

Y se me conoce como un hombre sensible porque me ha obligado a serlo.

—No eres un hombre sensible —dicen las dos al mismo tiempo.

Laia sí la escucha y se ríe tapándose la boca por la coincidencia; Fayna no se entera, pero me mira con sorna.

—¿Veis? —señalo, envalentonado—. Si es que sois la una para la otra. Hasta os copiáis las frases y os acabáis de conocer.

Laia se levanta del puf con el libro en brazos y señala hacia la puerta con la cabeza. Capto al vuelo su ligera incomodidad y, con una sonrisa resignada, le doy la venia para marcharse.

Puede tolerar intercambios informales con desconocidos si yo estoy involucrado, pero ni siquiera mi presencia la ayuda a sentirse del todo a gusto interactuando.

Incluso si está en silencio y en un segundo plano durante mi conversación con alguien, la sola posibilidad de que la interpelen para arrojarle una pregunta desenfadada la mantiene en tensión.

—Adiós, Fayna —se despide apresurada, y no espera a que ella la oiga para marcharse.

—¿Tu hermana se marchó? ¿Dije algo raro?

—No, no. Ya te comenté que es un poco tímida. Y no le conviene a nadie interrumpirla mientras lee. Pero no pasa nada —agrego con brío, y me reacomodo de nuevo tendiéndome de lado en la cama para acercarme el móvil a la cara—. Me apetece quedarme a solas contigo.

—¿Ah, sí? —se ríe ella—. ¿Para qué, si se puede saber?

—¿Para hacer sexting ?

—Anda ya. Tengo a Karen dormida al lado, y no me voy a quitar las bragas en el pasillo del hotel.

—Jo. —Exagero un puchero—. Puedo enseñarte la casa a la que nunca te invitaré, si quieres. Hay gente que mataría por ver el interior de la villa Montseny, ¿sabes?

—Si tienes que enseñarme algo típico de Ibiza...

—¿... de verdad no te gustaría que fuera mi rabo? Es típico de Ibiza.

—No me hagas reír, tolete. No quiero despertarla. Y me refería más bien a la playa.

—Vas a ver poco. Ya está anocheciendo. Pero si me doy prisa...

—Me incorporo enérgicamente y busco las chanclas a tientas.

Una vez calzadas, hago la ruta de Laia hacia la salida del dormitorio y bajo por el pasillo con cuidado de no hacer ruido—.

Estás de suerte, porque el sol se está poniendo y en la cala a la que tenemos vistas se ve precioso.

—¿En serio saliste de la cama para grabarme una puesta de sol?

—Y te tendería sobre un campo de amapolas, también. ¿O ya se te ha olvidado?

—¿Se te olvidó a ti?

Detengo el trote camino abajo, ya fuera de la villa, para echar un vistazo a su expresión.

Fayna se ha tendido boca abajo en la cama.

Apoya la palma de la mano en la barbilla y me mira con el cansancio de todo el día, que no es menor que el mío ni tampoco menos importante.

Pone atención a mi respuesta, como siempre que arroja una pregunta en apariencia sencilla, pero que en realidad oculta un fuerte trasfondo emocional.

Reanudo la marcha con la vista fija en la abrupta pendiente hacia la orilla.

—Voy a ir a buscarte, Fayna —le recuerdo—. Lo sabes, ¿no?