Capítulo 32 #3
¿Cómo le voy a escamotear la historia, aun así?
Mira cómo brillan sus ojos. Parece que sea ella a la que le han robado el corazón y no a mí, y en el fondo no creo que sea una exageración.
Nuestro corazón es uno incluso si un fragmento navega por toda España y el otro quiere enterrarse en la arena de Ibiza.
—La historia oficial, la que le he contado a tu madre, es que ha sido una estrategia de relaciones públicas.
—Pues a lo mejor ella se lo ha tragado, pero yo no. Te he estado viendo la cara en los episodios y en los fragmentos sacados de contexto que resubían a internet. Nunca te había visto así —añade con dulzura—. Ha sido muy bonito vivirlo, aunque fuera en diferido.
No puedo resistirme a acariciarle la cara, muerto de ternura.
Es la única persona en el mundo que se alegra por mí de forma genuina. Es la prueba viviente de que las familias pueden ser una unidad, una muleta incondicional, un tesoro que no hay que buscar y que nadie te robará.
—¿A ti te gusta?
—¿Fayna? ¡Me encanta! Ella en sí misma, digo, pero también la idea de que esté contigo. Creo que por más rebelde que te creas, te sigue haciendo falta alguien que te inspire a hacer lo correcto.
—¿Y qué se supone que es lo correcto?
Laia se encoge de hombros, pero me mira directamente a los ojos.
—Mandar al carajo a los Montseny e irte con ella. ¿No has pensado que ahora mismo es la única oferta que tienes de vivir una vida propia?
—Cómo te gusta dramatizar, ¿eh?
Esboza una sonrisa apenada.
—Tú sabes mejor que nadie que no hay nada dramatizado en esta casa. Se le puede restar importancia a lo que pasa, pero ¿añadírsela? Si lo hiciéramos, estaríamos muertos.
Escucharla hablar con tanto peso me produce un escalofrío, porque es verdad. Pensar en los Montseny como una jaula de oro no es dramatizar, aunque nos guste bromear al respecto.
¿Sería bromear, en realidad? ¿Estás bromeando cuando no te queda otro remedio, cuando el humor es forzado, el único escudo para protegerte de la locura y no una alternativa más?
No se equivoca tampoco al describir a Fayna como una liberación.
No cualquier mujer podría serlo. Si me hubiera enamorado de la hija de un amigo de la familia, la puerta de la jaula daría a otra jaula.
Aunque disfrutase de una mayor libertad de movimiento, seguiría sin ver el cielo o el mar.
Si me hubiera enamorado de una compañera de clase de Audiovisuales con una carrera universitaria impecable y grandes pronósticos profesionales, la jaula se me abriría al mundo, pero no llegaría muy lejos porque me habrían atado un pie que inevitablemente me arrastraría hacia dentro.
Habría de presentarla a la familia porque la encontrarían respetable, y eso significa que seguiría conectado al universo Montseny.
Pero me he enamorado del enemigo. Es tan simple como eso.
Si Fayna entra en la jaula, la dinamita.
Los barrotes se derriten con su fuego volcánico.
Y si no entra en la jaula pero me espera fuera, son los pájaros de mal agüero que me acompañan dentro los mismos que empujan hacia el precipicio para alejar esa mala influencia.
O así sería si uno de los pájaros no fuera mi hermana, este pequeño y frágil gorrión herido en un ala.
Por seguir con la metáfora, la elección es obvia a la par que terrible.
Si tengo que elegir entre el gorrión y la golondrina que vuela al este o al oeste en función de sus necesidades, libre como el viento, no me queda otra que despedirme del ave migratoria y cuidar de mi polluelo.
—No irás a dejarte manipular, ¿verdad? —me pregunta Laia de repente.
Me paso la lengua por el labio superior.
—No me estaría dejando manipular. Nadie tiene que decirme cuál es mi prioridad.
—No es como si fueras a perderme, Xicu.
—No estar cerca de ti es como perderte. Serían dos años y pico. Y en tu estado —añado con suavidad, porque no quiero que se enfade, no quiero alterarla, pero hay que llamar a las cosas por su nombre.
—Ya estoy estable —repite, malhumorada.
—Estable o no, eres mi hermana.
Laia aparta la vista con los labios fruncidos en una mueca irritada. No va a decir lo que piensa porque entonces sí que no la abandono: «Estoy harta», «Quiero que desaparezcamos los dos», «Los odio, los odio, los ODIO ».
Pero es que no la abandonaría bajo ninguna circunstancia. Quizá solo bajo una: si sus padres fueran dos almas caritativas, si nunca le hubieran diagnosticado anorexia nerviosa, si fuera una niña feliz y con un círculo de amigos al que recurrir cuando tuviera un problema.
Lamentablemente, esas no son las circunstancias. Y si lo fueran, para empezar, no habría ningún drama, porque esas dos almas caritativas no me harían elegir entre mi vida entera y la vida que quiero tener.
—Oye —la llamo, y como no responde la cojo de la mano—.
Eh, petita . Me voy a quedar siempre contigo, pero eso no significa que no vaya a hacer hasta lo imposible para quedarme con ella también.
Tiene que haber alguna manera. Y como la hay, la voy a encontrar.
No me habré leído a Dostoievski como tú, pero tonto no soy.
Ella me mira. Se le han aguado los ojos.
—Pues más te vale empezar a buscarla, ¿te enteras? —me advierte entre dientes—. Porque no quiero cargar con la culpa de haberos separado.