Capítulo 32 #2
—¿Quién tendría que habérmelo dicho? No tenía ni idea.
—Espera a que me separe para mirarme de hito en hito, con la desconfianza con la que mira a todo el mundo, yo incluido.
Su expresión va poco a poco tendiendo a la extrañeza, luego a la suspicacia y, por último, a la revelación—. Ha pasado algo. ¿Qué ha pasado?
—Nada.
—Si estás aquí, tiene que ser porque ha pasado algo. ¿Quién te llamó? ¿Papá o mamá?
—Mamá, pero no te preocupes.
—Claro que me preocupo. Estabas trabajando en Canarias. Por favor —me ruega—, no me trates como si fuera una niña.
—Es que eres una niña.
—Solo cuando os conviene —rezonga por lo bajini, y se asegura de abrir un espacio entre nosotros empujándome con la pierna estirada, como si fuera un vulgar insecto. A mí me hace gracia, pero a ella no. Se cruza de brazos y yergue la barbilla—. Habla o te expulso de mi cuarto.
—¿Me vas a expulsar cuando llevamos meses sin vernos?
—protesto en tono infantil. Pero me rindo, porque no hay capricho que vaya a negarle, ni siquiera si ese capricho es nocivo y la hará quedarse sin uñas pensando en mi tragedia.
Cierro la puerta del dormitorio y regreso a su lado arrastrando una silla conmigo—.
Digamos que pensaba que te habías puesto mala. Eso es todo.
Laia levanta las cejas, tan pálidas y poco pobladas que se confunden con su piel.
Más que nieta de alemanes, parece hija de nórdicos.
No demora en llegar a la conclusión inevitable.
—Se lo ha inventado para que vengas porque no le gustaba lo que estaba viendo en internet, ¿no? —Menea la cabeza sonriendo con tristeza—. Clásico.
—No hablemos de eso. ¿Qué estás estudiando?
—Lengua y Literatura Catalana. —Ni siquiera prolonga la pausa antes de aclarar—: Estoy bien, ¿eh? Como tres veces al día y hago el ejercicio justo. Paseos por la playa y algo de yoga. Y siempre estoy entretenida para alejar pensamientos autodestructivos.
—¿Y los últimos análisis?
Ella vacila.
—Nada muy grave, solo lo típico. Trazas de cetonas, urea y creatinina algo más bajas de lo normal y proteinuria. Suena aterrador, pero indica lo que ya sabemos: que he perdido mucha masa muscular. Con la dieta que llevo es cuestión de tiempo que me recupere.
No se me escapa el modo en que pronuncia la palabra «dieta».
Para mí es uno de esos términos tabú que invocan malos recuerdos y pesadillas; para ella también, aunque por diferentes razones.
A mí me estremecen sus dietas de déficit calórico, las que hacía a espaldas de todo el mundo pero con la complicidad materna, y ella todavía es incapaz de ver con buenos ojos que le hagan ingerir una media de mil doscientas calorías diarias.
Tras casi un año desde la crisis, debería estar tomando las dos mil quinientas de una persona en fase de crecimiento con alto rendimiento deportivo y un metro setenta y cinco de estatura.
Pero ella no ha permitido más y los especialistas saben que no se debe tensar mucho la cuerda.
Aún sigue sometida a los protocolos clínicos de realimentación, y esto es así porque todavía describe su recuperación en los mismos términos en los que otros hablarían de su propia muerte.
Hay alimentos que ni se le pasa por la cabeza consumir.
Yo intenté romper el círculo vicioso en su día, cuando volví a ocupar villa Montseny para acompañarla en los primeros seis meses de rehabilitación.
No lo hice de la mejor manera, lo reconozco; por eso tuve que largarme antes de lo que me habría gustado, porque veía que yo perdía los papeles con facilidad y eso resultaba en que ella me odiara cada día más.
Pero no podía entenderlo por mucho que me esforzaba. No entendía cómo era posible que llorara y me insultara, como si el diablo mismo la hubiera poseído, porque no le permitía levantarse de la mesa hasta que se hubiera comido los condenados hidratos de carbono.
Me alivia saber que este medio año de guerra abierta no le pasó factura a nuestra relación.
Solo afectó a la confianza, y no por su parte, sino por la mía.
No me fío de las fotos que me manda del plato rebañado porque sé que es muy capaz de tirar el contenido a la basura, por eso luego contrasto los datos con la empleada del hogar, mi infiltrada en la casa.
Tampoco me fío de nada de lo que me dice si es relativo a su diagnóstico, como, por ejemplo, lo que me ha dicho ahora mismo.
Tengo que mirarla con fijeza y valorar los indicadores físicos que me describió el médico para confirmar que no se está matando de hambre.
Y no parece que lo haga.
Sigue extremadamente delgada, pero no famélica.
No la noto fatigada o soñolienta. Lleva las uñas naturales pintadas con esmalte de supermercado, y entiendo que el hecho de que no se le hayan quebrado es una señal positiva.
Tiene la piel hidratada, le ha crecido el pelo, y junto a los apuntes le hace compañía el envase vacío de un yogur natural desnatado y un plato con restos de frutos secos.
No se habrá atrevido a echar ni un puñado; como mucho cinco o seis almendras —una vez la vi contarlas con las manos temblándole de la impresión y contando las calorías por lo bajo, así como los dementes hablan con sus fantasmas—, pero algo es algo.
—Muy bien —le concedo al fin. Ella es discreta al volver a tomar aire. Yo sé que había estado aguantando la respiración por miedo a que empezara a cuestionarla—. ¿Qué tal todo lo demás? ¿Los estudios? ¿Las clases de piano? ¿Has conocido a alguien interesante en estos meses?
Tomo asiento en la silla vacía y le pongo toda mi atención apoyando la barbilla en las manos. Anticipo las respuestas antes de que me las dé, así como el tono al pronunciarse.
Los estudios van de sobresaliente, pero como asumió siendo muy pequeña que es su obligación sacar la nota máxima, no me revela los datos numéricos del último boletín ni como una victoria ni como un orgullo: su brillantez es como la ley de la gravedad, existe y es incuestionable, y su fracaso o desaparición conllevaría poco menos que el apocalipsis.
Las clases de piano avanzan viento en popa porque no tiene otra cosa que hacer, y aunque a mí, que siempre he sido sociable y no me han faltado fiestas en las que despejarme, me espanta su ausencia de planes alternativos, ella confiesa que vive como los monjes con alivio.
Para responder escuetamente que no ha conocido a nadie, me retira la mirada y finge quedarse contemplando el pelo de la bruja que corona su bolígrafo de purpurina.
«¿Por qué me preguntas eso?», parece reprocharme. «¿Por qué iba yo a querer lidiar con una persona nueva?».
—¿Y te has leído algún libro interesante?
Entonces sí se le ilumina la cara. Orienta la silla de escritorio hacia mí para deshacerse en descripciones preñadas de verbos y adjetivos que en otra persona habrían sonado pedantes, pero que en una niña de quince años advierten de su cultura y su brillante futuro en las letras.
En estos meses ha conocido a los rusos a través de la resiliente pero triste Anna Karenina y a los cuatro hermanos Karamazov —a otro le resultaría curioso que su preferido sea Dmitri, el del alma infectada de impulsividad, y no Iván, a quien ella se parece más en el carácter, pero esto es solo una muestra más de lo poco que estima sus virtudes, aun si se reflejan en otros, y cuánto aspira en el fondo a dar rienda suelta a su pasión—; se ha releído Cumbres borrascosas por decimoctava vez, y no es una exageración: asegura haberlo encontrado tan maravilloso como siempre, si no más; ha seguido descubriendo a Mercè Rodoreda y a Pol Gualch en su idioma original, con La plaça del Diamant y Napalm al cor respectivamente, pero, sin duda, sus grandes descubrimientos y preferidos instantáneos han sido En la Tierra somos fugazmente grandiosos de Ocean Vuong, Los galgos, los galgos de Sara Gallardo y el mítico Matar a un ruiseñor .
—Creo que solo me he leído uno de todos los que has dicho.
—¿Y qué hay de ti? ¿No te parece que deberías ser el que hablara por los codos? Eres quien viene de vivir aventuras en las Islas Canarias... y el que se ha enamorado en el proceso, ¿no?
Aunque siempre quiero hablar de Fayna —es lo que tiene el amor, que lo acapara todo—, lo último que me apetece considerando las circunstancias es mencionarla delante de Laia.
No es como si la una fuese la antítesis de la otra, pero pretenden que elija a una sobre otra, y aunque no hay elección posible porque la competición estuvo amañada desde el principio —desde el preciso día en que vi aquel precioso bebé recién nacido en su incubadora—, no me gusta ni pensarlo.