¡Esto no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 1) Capítulo 32
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Capítulo 32

Cesc

Parece mentira que me esté paseando por una playa de mi tierra cuando hace menos de veinticuatro horas nadaba en una cueva de La Gomera a casi dos mil quinientos kilómetros de aquí.

Esto es lo único que me calmaba cuando vivía aquí y aún no me había sacado el carné del coche: bajar andando a la cala y deambular como un alma en pena por la orilla hasta que la noche me caía encima como un castigo.

Según el reloj, todavía son las seis y media de la tarde. Las cinco y media en Canarias.

De no ser porque me han prometido que Laia volvería a casa para cenar, no habría abandonado la playa ni para dormir en una cama.

Claro que el regreso de mi hermana también podría ser mentira. A lo mejor no aparece hasta que yo haya firmado con mi propia sangre que no volveré a acercarme a Fayna.

Saber que tendría que firmarlo sin otro remedio es lo que me pone la carne de gallina y me llena de un odio tan intenso que se me corta la respiración.

Ya sé que no se puede tener todo en la vida, pero ¿significa eso que no se puede tener nada? ¿Que se tiene que ser un miserable desgraciado?

Para sorpresa de nadie, la brisa marina y el rítmico oleaje no han evitado que me suma en la desesperación. No ha dejado de rondarme la pregunta inevitable: ¿qué es lo peor que podrían hacer los Montseny para asegurarse de que no vuelvo a contactar con Fayna?

Intentarían arruinar su medio de vida. Esa es la jugarreta más usual de todo el repertorio.

Pero ¿cómo? ¿Divulgando terribles rumores sobre ella?

Eso solo la haría más popular. Y, además, a ninguno de sus seguidores les sorprendería que subiera un vídeo defendiéndose de las acusaciones y destapando uno por uno los delitos de mi familia.

¿Cavaría eso su propia tumba, o lograría lo que no ha logrado nadie hasta la fecha? ¿Desenmascararlos, con todo lo que esto conlleva?

¿Pueden de verdad prohibirme ver a Laia si no obedezco? No, por supuesto que no. Iría a buscarla a las clases de piano y la secuestraría en mi coche diez, veinte minutos, lo que pudiera, para al menos asegurarme de que está bien.

Sigo dándole vueltas al asunto en mi ascenso a la casa.

Rezo para que no me reciban ni mi madre ni mi padre.

No sería tan improbable. Jaume Montseny duerme muy pocas veces en la villa que él mismo se empecinó en restaurar y mi madre se pica tres Valiums a las siete de la tarde para dormir hasta el mediodía siguiente.

Así es como consigue engañar el hambre y como supongo que Laia ha intentado engañarlo también.

No estoy muy enterado de sus métodos, y aunque una parte de mí siempre ha querido conocerlos al dedillo para saber exactamente a qué me enfrentaba, otra no puede sino respirar aliviada.

Bendita ignorancia.

Para mi inmensa desgracia, mi padre está sentado fumando en el salón. Me intercepta antes de poder cruzar de puntillas en dirección a la habitación de Laia.

—Hombre, Francesc. A buenas horas vuelves. Llevaba un rato esperándote.

Freno a unos tres metros de distancia con los brazos lánguidos y ninguna expresión en la cara.

—¿Hoy no trabajas?

—He anulado un par de citas para verte.

—Eso no parece bueno para el negocio.

—Hay cosas aún peores para el negocio.

No va a aclarar a qué se refiere. Sería de una redundancia imperdonable. Ya ha mandado a su primer emisario, mi madre, para cantarme las cuarenta y blandir sus amenazas. No perdería el tiempo recalcando el mensaje palabra por palabra.

Además, Jaume Montseny es más elegante que eso.

Él cree en los intercambios justos. En el arte de la negociación.

Solo hay que verlo. Se ha deshecho de la americana, pero todavía lleva el pantalón de pinzas con la camisa Armani por dentro abotonada hasta el penúltimo botón.

Conserva el pelo igual que en las fotos de cuando era joven, largo, ondulado y sedoso, salvo por unas pinceladas de gris en las patillas.

Dejarse barba le haría ver sucio. No cepillar los zapatos italianos antes de salir de casa le haría ver sucio.

Arremangarse también le haría ver sucio.

Sobre todo, le haría ver sucio que su hijo anunciara públicamente que tiene una novia activista.

Cualquier cosa menos fumar, estrecharle la mano a mafiosos europeos o meterle la polla a toda criatura con falda que no sea su legítima esposa; todo esto, por lo visto, es de una limpieza ética incontestable.

Me invita a sentarme a su lado con un ademán.

Obedezco porque no me queda otro remedio.

—No te quiero entretener mucho; me imagino que querrás saludar a Laia.

—No me da pie a preguntar dónde está—. He sabido de tu reciente interés por las Islas Canarias y me ha resultado muy curioso.

Yo también he estado mirando algunos solares y hoteles en bancarrota por allí para expandir la cadena por zonas de clima subtropical.

—Enhorabuena.

Él sonríe para su coleto, sinceramente divertido con mi tono inexpresivo. Deposita los vestigios del cigarrillo en el cenicero de cristal que sostiene en la otra mano.

—Supongo que el hecho de que los Montseny construyamos un nuevo alojamiento en la costa de Tenerife bastaría para disuadir a tu chica de acercarse a ti.

Consiguió que le retiraran los permisos a uno para no levantar un edificio en La Tejita —pausa deliberada—, pero a mí me los concedieron el mes pasado.

Mi corazón se salta un latido.

Él espera con mucha atención a que conteste.

—¿Tú también la has investigado?

—Con mucho interés —confirma—. Más allá del tema reputacional, Francesc, intentamos protegerte de un fiasco sentimental.

Yo sé lo que es que te guste una mujer que no te conviene y con la que no eres particularmente compatible, créeme.

Por eso también sé el infierno que es empecinarse en estar con ella.

Te odiará en cuanto salga a la luz mi acuerdo con el cabildo de Tenerife, interferirá en la construcción, y entonces yo tendré que aplastarla. ¿Me entiendes?

—Fayna sabe a la perfección que no tengo nada que ver contigo o con tus negocios.

—¿No? Pues iba a ofrecerte que gestionaras ese futuro hotel.

Así habrías podido estar cerca de ella y mantener una relación de bajo perfil.

No me opongo a eso, ¿sabes? Nunca me habría opuesto a que te follaras a una...

chica alternativa —cabecea, conforme con su descripción, que no es menos peyorativa porque haya empleado un eufemismo—, siempre y cuando lo hubieras hecho a lo callado.

Por desgracia, tienes que acabar con esto ahora. En el futuro ya se verá.

Dejo que corra el silencio entre los dos, y no porque espere que oiga el sonido de sus propias palabras. Lo único que mi padre escucha después de pronunciar sus discursos es el aplauso de los palmeros invisibles que cree que le acompañan a todas partes.

—¿Esa es tu oferta? —pregunto en tono neutro—. ¿Que me dedique a dirigir el hotel en Tenerife dentro de unos años, cuando hayas terminado de construirlo, y entonces retome mi relación con Fayna?

—Si está tan enamorada de ti como por lo visto crees que lo está, y debe estarlo si te sigue dirigiendo el saludo siendo quien eres, no le importará esperar, ¿no? No le importará verte de higos a brevas en un discreto hotel de Madrid en tanto que prospera la construcción.

—Nunca trataría a Fayna como tratas tú a tus secretarias, papá.

Ni se le pasa por la cabeza interpretar eso como una pulla.

—Lucirla en espacios públicos y presentarla a la prensa como tu novia está fuera de toda discusión, Cesc. Lo máximo que te puedo ofrecer es lo que te digo, y solo con la condición de que abandones tu ambición de cineasta y sigas la tradición familiar.

—No.

Da una última calada al cigarrillo y lo estrella con parsimonia en el cenicero.

Es curioso cómo todas mis conversaciones con él duran lo mismo que un pitillo. Jaume es directo en sus exposiciones y yo soy aún más breve negándome a dar el brazo a torcer.

—Me lo imaginaba —responde con serenidad.

Deposita el cenicero sobre la mesa de cristal y se levanta.

Solo entonces se permite desabotonar los puños de la camisa para ponerse cómodo.

Me mira desde su exuberante metro noventa sin alterarse—.

En tal caso, ya sabes lo que hay. Como no te fugues con ella a un país alejado de España y, por ende, de tu hermana, tomaré cartas en el asunto.

—Apoya una mano en mi hombro, un gesto que viniendo de cualquier otra persona podría haber sido paternal.

En él es simplemente condescendiente. Me mira a los ojos, los suyos del mismo verde que los míos—.

No pienses ni por un segundo que eres más listo que yo, Francesc.

No quieres que te demuestre cuántos pasos te llevo de ventaja.

Con mi mirada pegada a la espalda como un mejillón a su roca, mi padre recoge sus llaves, su cartera y su chaqueta y sale del salón para marcharse a quién sabe dónde. A hacer maldades, seguro. ¿En qué compañía? Una que no es la de su esposa, eso por descontado.

No espero a oír cerrarse la puerta de entrada y salgo disparado al dormitorio de Laia.

Todavía no se han inventado palabras en el mundo para describir lo que siento al verla acodada en el escritorio con uno de sus graciosos «bolígrafos con peluca» en la mano.

Lleva el pelo recogido en una coleta, como siempre, y se ha echado una especie de chal de punto rojo sobre los hombros para contrarrestar el frío que lleva dentro, que me temo que formará parte de ella el resto de su vida.

Laia levanta la cabeza de su lectura y pone los ojos como platos al verme. No le concedo mucho tiempo antes de abalanzarme sobre ella y alzarla del asiento de lo fuerte que la estrecho.

Mi hermana tarda unos segundos en reaccionar. Antes necesita pronunciar mi nombre dos veces, la primera en tono interrogativo y con vacilación, la segunda con un nudo en la garganta.

Con «mi nombre» me refiero a Xicu, claro.

—¿Qué haces aquí?

—¿No te habían dicho que iba a venir?