Capítulo 31
Fayna
Como asistente que es, debería ser Karen quien tomara las decisiones que podrían afectar a la producción. Pero no exagero cuando digo que interpreta la estampida de Cesc como un desmán inmerecido y personal, y en consecuencia se vuelve disfuncional e intratable.
Más disfuncional, quiero decir.
Desde que el cámara se marcha hasta que yo declaro que lo mejor será posponer el documental, se pasa toda la mañana dando vueltas por el recinto del camping como si su marido acabara de marcharse a la guerra.
Incluso derrama unas lágrimas que no se me ocurriría acusar de teatrales.
Y eso que ni ella ni los demás conocen los motivos concretos por los que ha tenido que abandonar el barco. Cesc me ha pedido que lo excuse con la mayor ambigüedad posible.
—Problemas familiares —es lo único que se me ha ocurrido.
Aunque Karen y Candela me han pinchado para que profundice en la cuestión, nadie me ha sonsacado ni media palabra.
A pesar de que me ha puesto difícil el traslado de la noticia y la posterior toma de determinaciones, no puedo enfadarme con la guiri.
Es más; la veo como la parte emocional de mí misma.
Me alivia que se permita la desesperación a la que yo, teniendo sobre los hombros el peso del documental, no puedo sucumbir.
Espero a que Cesc haya aterrizado en Madrid para transmitirle al equipo el curso de acción que tomaremos.
Tenía miedo de que se opusieran a la cancelación de la segunda parte, en especial Yasen, que es quien más interés mostraba en continuar pasara lo que pasase.
Pero él es el primero que aporta las razones por las que sería contraproducente traer a otro cámara y continuar las grabaciones como si algo tan sencillo como una sustitución no fuera a acarrear graves consecuencias de cara a las visualizaciones.
Al fin y al cabo, Cesc no es un simple cámara. Es —o era— un personaje más. Uno crucial.
Una vez cuento con la aceptación de los involucrados —Karen solo llora en silencio—, echo mano del presupuesto del que disponemos para emergencias y compro un vuelo a Madrid para citarme con Javier lo antes posible.
Estoy segura de que si no me presento en las oficinas de BNA en carne y hueso, no tendré la más remota posibilidad de convencerlo de mi decisión.
Además: si llego y le comento que el equipo de producción ya ha sido desarticulado, no podrá obligarme a continuar.
¿O qué hará? ¿Reunirlos otra vez cuando esté cada uno en un punto de España?
Cuando ya estoy montada en el avión con Karen, que ha insistido en acompañarme para ejercer presión, reflexiono sobre el giro de los acontecimientos.
Sé que he escogido un curso de acción que puede leerse como egoísta para según quién.
También puede parecer que solo he tenido en cuenta los sentimientos de Cesc.
Y cierto es que esa y no otra es mi prioridad.
Pero les he prometido a Candela y a Yasen hacerme cargo del aspecto monetario de su contrato si se diera el peor escenario y Javier no solo se negara a pagar el resto de lo prometido, sino que nos hiciera devolver los anticipos.
En cuanto a Karen, estoy tranquila. Podrá retomar sus vacaciones cuando se le antoje.
Nada más aterrizar en Barajas, aviso a Javier de que ha ocurrido un imprevisto y necesito citarme con él hoy mismo.
Tarda una hora en contestar: lo que Karen y yo demoramos en desembarcar, recoger nuestras maletas, tomar el metro hasta el centro de la ciudad y luego pedir un taxi a los monstruosos edificios del Paseo de la Castellana, donde se emplazan las oficinas de BNA y de algunas de sus principales competidoras.
Convencida de que me espera una reprimenda y de que seré la que pague los platos rotos, esta vez me he vestido más o menos acorde al código de vestimenta de las reuniones de gran calibre: pantalón de lino blanco y camiseta de manga hasta el codo sin estampados ni mensajes políticos.
Esto no me ayuda a pasar desapercibida, sin embargo.
Entre que voy acompañada de la famosa Karen por los pasillos principales y que mi careto se ha hecho más conocido si cabía con la exitosa retransmisión de los primeros tres episodios, no hay un alma que no se gire a mirarme, señalarme y hasta abordarme para o bien preguntarme qué hago aquí o bien felicitarme por las cifras conseguidas.
Esto segundo me anima a cuadrar los hombros y enfrentarme a Javier con seguridad.
Le hemos hecho ganar dinero. Una gran suma, si atendemos al número de espectadores y de usuarios de la red que se han volcado en cada emisión.
No puede negarnos el favor de posponer los futuros episodios ni retirarnos su apoyo económico, sobre todo porque le hemos ahorrado los gastos de los días que nos quedaban hospedándonos en las islas.
Gran Canaria y Tenerife, dos de las tres que nos restaba visitar, eran las más caras.
Parte de esta seguridad se me viene abajo —o al menos vacila— cuando Javier me invita a pasar a su despacho acristalado y me las veo con su expresión ominosa.
No rodea la mesa con las prisas a las que me tiene acostumbrada para darme dos sonoros besos, un apretón de manos, un abrazo de oso y todo ese arsenal de halagos y cariñitos que le dirige a sus gallinas de los huevos de oro.
Tampoco acude al encuentro de Karen, pero eso a ella no le extraña, así que intento que no me extrañe a mí tampoco.
—¿Qué haces aquí? ¿No podías decirme lo que me tuvieras que decir por teléfono? Pasado mañana toca emitir el cuarto episodio, y según me ha estado informando Karen, ni siquiera habéis llegado a pisar El Acero.
—La isla es El Hierro —le corrijo. Su sonrojante estupidez me recuerda que no tengo por qué temer la decepción de un tipo de su calaña—, y no llegamos a pisarla porque, como te dije, surgió un imprevisto que nos obligó a cancelar la producción.
Pone los ojos como platos.
—¡¿Cancelar la producción?!
—O al menos posponerla por un tiempo indefinido.
Javier esboza una sonrisa incrédula. Suelta sobre la mesa el móvil que había estado sujetando con la misma actitud que si fuera a amenazarme con llamar a la policía.
—El único que tiene la potestad de cancelar o posponer la producción soy yo, Fayna. ¿No te has leído el contrato?
—¿No oíste tú la parte en la que mencionaba un imprevisto?
—contraataco. Javier se pone rígido y yo me obligo a regular mis emociones.
Acabo de llegar. Acabo de sacar el tema.
No puedo hablarle con insolencia si pretendo pedirle que nos perdone el atrevimiento.
Y la vida, si me apuras—. Lo siento, Javier.
A Cesc se le presentó un problema familiar de gravedad.
Su hermana fue ingresada en el hospital de urgencia y tuvo que marcharse en el primer vuelo a Ibiza.
—Consulto el reloj, como si no supiera la hora que es, que él ya ha aterrizado y que, de hecho, lleva un rato sin contestar a mis mensajes—. Ahora mismo está allí.
Javier baja la guardia lo justo para que me permita tener una chispa de esperanza. Aparta su mirada de mi rostro para centrarla en Karen, buscando una confirmación.
Ella solo asiente frenéticamente con la cabeza.
—¿Cómo de urgente o preocupante es ese ingreso?
—No lo sabemos aún, pero se habló de una crisis renal por complicaciones de la enfermedad que ya tenía.
—¿Su hermana estaba enferma cuando firmó el contrato?
—repite. Toda compasión que pudiera haber sentido por la situación de Cesc se desvanece de un plumazo—.
¿Y no se le ocurrió informarlo antes de embarcarse en el proyecto?
¡Os preguntamos a todos si teníais alguna situación de fuerza mayor que pudiera obstaculizar la grabación!
—Nada indicaba que pudiera empeorar de repente —lo defiendo, ceñuda.
—Eso no disculpa que omitiera datos relevantes.
—Eres su jefe, no inspector de policía, y esto es un documental, no la investigación de un asesinato.
—Puede que no haya muerto nadie, pero este traspié nos va a hacer perder mucho dinero. Insisto: ¿no se te ocurrió llamarme en lugar de presentarte aquí de repente? No habría tardado ni veinticuatro horas en gestionar la crisis y montar a otro cámara en un avión a Canarias.
Sonrío, asombrada con lo audaz que puede llegar a ser su obstinación.
—Los dos sabemos que lo que quiere ver la gente no es a La Fayna Silvestre pateándose playas paradisíacas, Javier.
Quieren verme interactuar con Cesc. Con Cesc, no con un tío en general, o, si no, el mismo Yasen habría servido para sustituirlo.
Por desgracia para ti, Cesc no solo es un profesional necesario para la edición y dirección del producto tal y como se está vendiendo, tal y como está triunfando —recalco—, sino un actor irreemplazable.
Javier suelta un bufido despectivo. Entonces sí rodea la mesa y, con un gesto brusco, separa la silla de las visitas del escritorio para indicarme que me siente.
—Ningún actor es irreemplazable —señala con frialdad—.
Se pudo reemplazar a Amaia Montero por Leire Martínez y que La Oreja de Van Gogh siguiera llenando conciertos y teniendo éxitos en LOS40 ; se pudo reemplazar a Richard Harris por Michael Gambon, intérpretes de Dumbledore, tras la primera película de Harry Potter , y que nadie pestañeara; hay gente que prefiere a Mark Ruffalo como Hulk que a Edward Norton.
Hay gente que incluso ha olvidado que Edward Norton era el Hulk original.
—No es lo mismo —replico, estupefacta—. No es lo mismo en absoluto.
No estabas vendiendo un producto cinematográfico, sino la posibilidad de una relación entre dos personajes.
El público no superó tan fácilmente que Johnny Depp y Winona Ryder cortaran, si es que lo superaron alguna vez, y la ruptura de Kristen Stewart y Robert Pattinson supuso un trauma cultural.
Que Pattinson tenga ahora una hija con Suki Waterhouse no borra eso.