¡Esto no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 1) Capítulo 30 #3
85%

Capítulo 30 #3

—Te he traído aquí para advertirte que no vamos a consentir que te muevas con gentuza de ese calibre.

Este equipo de grabación con el que te has juntado deja mucho que desear, ¿sabes?

La gorda que siempre va disfrazada es de un pueblo perdido en Andalucía; sus padres tienen una carnicería.

—Esboza una sonrisa incrédula de tan burlona—.

Una carnicería, cariño. Y el que siempre aparece calladito estudió un FP con becas en las islas.

Para el currículum que se gasta, lo mismo habría sido que se hubiese quedado en casa viendo la televisión. Pero esa Fayna tuya se lleva la palma.

—Son gente honrada, trabajadora y buena —replico, ya fuera de mis cabales—, pero no espero que tú entiendas el significado de esas palabras.

Te sacaste Derecho en una facultad privada a golpe de talonario para luego guardarte el título en el bolsillo porque no quedaba bien que curraras y tuvieras un marido rico al mismo tiempo.

Y a lo mejor te habría convenido compaginar vida laboral y sentimental; así ahora estarías distraída con tu carrera profesional y no rumiando día y noche el desprecio que sientes por el infiel que os mantiene a ti y a cuatro zorras más.

Ya sabía que me iba a soltar una bofetada, y una bofetada de una mujer de metro ochenta, por débil que esté a causa de la anorexia nerviosa, no es moco de pavo.

Pero me expongo gustosamente al mayor grado de su irritación porque pocas cosas en este mundo me proporcionan tanto placer como hacerle daño.

Podría decir que no estoy orgulloso de que mi primerísimo impulso sea atacar a quien me dio la vida, pero sí que lo estoy. Me enorgullezco y me regodeo. Esa es una de las razones por las que debo alejarme de este agujero de mierda. Para que no me convierta en un monstruo.

Los ojos azules arden en su cutis perfecto como zafiros en la nieve.

—Rescinde tu contrato con BNA y corta la relación que sea que tengas con esa muerta de hambre. No nos hagas volver a traerte hasta aquí para repetírtelo, Francesc, o te vas a arrepentir de no haber obedecido a la primera.

Se me escapa una carcajada de loco.

—¿Qué te hace pensar que puedes controlar mi vida?

No dependo de tu dinero. No necesito tu aprobación y ni mucho menos tu cariño.

No me hace falta tu acogida en esta casa si me apetece venir a mi isla —abarco el salón con un brazo—.

Puedo ir al registro en los próximos días y pedir que me cambien el apellido.

Es un proceso costoso, pero seguro que me conceden la petición si les cuento qué se cuece en villa Montseny.

—Entonces no volverás a ver a Laia ni a saber nada de ella hasta que cumpla la mayoría de edad —sentencia.

Todas las discusiones y amenazas terminan ahí. Siempre terminan ahí. Y como siempre terminan ahí y yo lo sabía antes de empezar, siento una vergüenza inmensa por haber entrado al trapo. Me siento imbécil, también, por haber creído por un jodido momento que podría ganar.

Laia todavía no ha cumplido los dieciséis años y ya hemos estudiado juntos y por separado las medidas que podríamos tomar para evitar que nos alejaran. No existen. Mientras ella viva bajo su techo, hará lo que le ordenen. Mientras los Montseny sean sus tutores legales, yo no tendré potestad alguna.

Podría iniciar un proceso judicial, claro que sí.

Pero no tengo suficiente dinero para pagar unos abogados que pudieran competir con los que mi padre tiene en plantilla e invita a una docena de botellas de cava cuando se aburre.

Podría pedir un préstamo que me permitiera costear sus tarifas, pero sin un aval poderoso, el banco me lo denegaría.

Pero incluso si se alinearan los astros y yo consiguiera que el letrado más potente del mercado legal defendiera mi causa, la decisión estaría en manos del juez, y absolutamente todos los jueces de Ibiza han cenado con mi padre en restaurantes de estrella Michelin.

Claro que podría solicitar que el proceso se llevase a cabo en Madrid o en otro lugar donde los Montseny no tuvieran una influencia extraordinaria, pero entonces me jodería la ley.

La opinión de un menor, que es lo único que rema a mi favor, nunca es vinculante.

Puede ser tenida en cuenta —o no— por el magistrado o los trabajadores sociales adjuntos al caso.

Y luego está el detalle de que no se pueden aportar pruebas ni de abuso físico ni de abuso psicológico.

Los servicios sociales no encontrarían razones de peso para aportar a mi causa más allá de que la quiero más que a mi vida.

El juez se enfrentaría, pues, a un par de hermanos caprichosos que desprecian los esfuerzos de sus padres por garantizarle un futuro brillante a su pequeña.

Uno que yo no le puedo proporcionar al no disponer ni de casa propia ni de ingresos regulares.

Un futuro que, para colmo, es cuestionable per se porque Laia no se consideraría ante un jurado una persona mentalmente estable.

Y según la generalidad, cuando un niño acude a terapias semanales, lo que necesita sobre todas las cosas es permanecer junto a sus padres, quienes se sobreentiende que le darán el cariño que le falta.

A este último punto no me opongo ni siquiera yo. Luchar por la custodia sometería a mi hermana a un estrés tal que la llevaría a una recaída, como siempre repite viejos patrones en cuanto siente que una situación la sobrepasa.

Mi madre me aguanta la mirada sin sonreír con ese brillo opaco que tienen en los ojos todas las personas que han vendido su alma al diablo. Aunque sea fría como un témpano, es a la vez transparente y veo con meridiana claridad que se enorgullece de haberme vencido.

—Eres una hija de puta —le digo en tono desapasionado, que no rendido—.

Espero que lo sepas tan bien como sabes que Laia estaría mejor conmigo que contigo.

Si tuvieras la más mínima vergüenza o quisieras a alguien solo la mitad de lo que te quieres a ti misma, nos dejarías en paz a los dos.

Y nosotros no volveríamos a molestaros, créeme.

Desapareceríamos para siempre y no volveríais a saber nada de vuestros hijos.

Ella acompaña la mueca indiferente de un encogimiento de hombros.

—Los hijos son para siempre, Francesc. Cuando los tengas, lo sabrás. Es por eso que hay que asegurarse de que hacen lo correcto y no se echan a perder frecuentando compañías indeseables.

—¡Tú eres la única compañía indeseable aquí! —le rujo con los puños apretados. A estas alturas he perdido los papeles y me da igual sonar como un adolescente iracundo. Es lo que nunca dejaré de ser entre estas cuatro paredes—. ¿Es que no ves que te odio?, ¿que Laia tampoco te quiere?

Ella pone los ojos en blanco.

—No seas dramático. Harías bien en tener presente que, a diferencia de las novietas, las madres también son para siempre —me recuerda, ajena a mi apasionado desprecio.

A sabiendas de que no soportaré ni un solo minuto más en su compañía, la esquivo y me encamino a la salida.

—Eso ya lo veremos. Esta vez no vas a ganar tú.