¡Esto no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 1) Capítulo 30 #2
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Capítulo 30 #2

El pelo castaño le cae sobre los hombros y el flequillo sobre los ojos. Desde que se operó el párpado caído, su mirada parece más penetrante y fría. No hay nada que oscurezca o suavice el impacto de ese azul gélido que en Laia se convierte en el tono más cálido del planeta.

Como en mi familia las cosas se hacen a la vieja usanza en todos los sentidos, y con «a la vieja usanza» me refiero a que sus tradiciones son anacrónicas y clasistas, no es de extrañar que mi padre se casara con la heredera catalana de una vieja fortuna.

Los Montseny son originarios de la Barcelona que tenía en propiedad gran parte de la industria textil de las afueras.

Hace treinta años, cuando mis padres se conocieron, los empresarios de mi lado materno —mi abuelo, mi tío— tenían tanto tirón en la prensa que mi abuelo paterno no dudó en cambiar el nombre de sus negocios para darles un toque más español, cansado de que lo diferenciaran del resto de tiburones corporativos —a veces despectivamente— como «el germano».

De no haber sido por su voluntad, yo me llamaría Francesc Brandl.

—¿Dónde está Laia? —exijo saber—. ¿Qué coño está pasando?

—Hola a ti también, Cesc.

—No me toques los cojones —le advierto levantando el dedo.

Camino hacia ella con un aire amenazante del que no soy consciente hasta que freno a un palmo de su cara.

Entonces me obligo a inspirar hondo. Un poquito de comedimiento no me vendría mal—.

¿Cómo está? ¿Por qué tanto secretismo? Llévame a verla.

—Laia se encuentra bien.

—¿Que se encuentra bien?

Mi madre desvía la mirada al extremo de una de sus mangas.

Finge arreglársela, y luego se entretiene girando las pulseras de alta joyería que lleva debajo.

Este es el lujo silencioso real, el que no se exhibe con descaro, sino que pasa desapercibido a no ser que levante los brazos o se remangue para comer.

Vuelve a mirarme inexpresiva.

—No me pongas esa cara. Tú te lo buscaste al convertir a tu hermana en la única razón por la que te dignarías a venir o solo a coger el teléfono. ¿Qué querías que improvisara, si no, para arrancarte de tu absurdo proyecto?

Tardo en asimilar el mensaje.

—¿Cómo? ¿Laia está bien? Entonces ¿por qué no contesta mis llamadas?

—Ayer se le cayó el móvil a la piscina. Como hoy es domingo, no puede ir a comprarse otro. Nada que no tenga solución.

Abro la boca para seguir preguntando qué significa, entonces, todo lo que me dijo por teléfono.

Las pruebas renales. La diálisis. Pero pronto comprendo que no tengo ningún motivo o excusa para seguir comportándome como un imbécil.

La mujer que tengo delante es y siempre ha sido perfectamente capaz de tenderme una trampa como esta.

No dudo que el dichoso smartphone «se le cayó a la piscina» porque ella lo quiso así.

—¿Dónde. Está. Mi. Hermana? —repito marcando cada sílaba.

—En clase de piano. No llegará hasta las siete. Mientras tanto, tú y yo podríamos sentarnos a hablar un rato.

—No me voy a sentar contigo en ninguna parte —espeto, y la empujo para apartarla del umbral y salir escopeteado pasillo abajo.

Me habría gustado decirle algo más hiriente, pero lo único que me pide el instinto es huir lo antes posible. Y es que dicho instinto se me ha afinado nada más verla, como quien se halla en presencia de su depredador natural.

—Tu padre está al caer —me advierte—. Se ha escapado del trabajo para venir a hablar contigo.

No me doy la vuelta. Sigo mi camino con prisa, palpándome los bolsillos en busca del móvil. Me sudan las palmas de las manos. Me suda la nuca. Noto la camiseta adherida a mi torso y a mi espalda.

Al mismo tiempo, el frío me paraliza.

Es como si estuviera al borde del infarto.

No quiero ni preguntar por qué me ha hecho venir hasta aquí utilizando a Laia como cepo, pero incluso si me apresurara a pedir otro taxi y desapareciese, sé que tarde o temprano me harían saber la razón, y echando mano de una táctica mucho más sucia.

Una que me haría arrepentirme de haberme escapado y hasta de haber nacido.

Así que freno a la altura del salón y espero, tratando de acompasar la respiración, a que mi madre me alcance.

La rabia que me consume por dentro es insoportable.

Me duele hasta coger aire. Un sol que no se da por vencido penetra la capa de nubes que intenta cegarlo y entra a raudales por la cristalera.

Me hace daño a los ojos. Tengo que pestañear varias veces para librarme del efecto borroso que me ciega por momentos.

Dice que Laia está bien, pero no me lo creeré hasta que lo vea. Dice que está en clase de piano, y aunque no los veo capaces de encerrarla en un sótano hasta conseguir lo que sea que quieran de mí, nada me asegura que no vayan a manipularla de formas poco ortodoxas.

Me giro hacia mi madre en cuanto la oigo detenerse en la desembocadura del pasillo.

—¿Qué quieres? —le increpo con el cuerpo en tensión.

Con una parsimonia que me pone el vello de punta, camina hacia su sillón de diseñador favorito, el reclinable de cuero blanco con el respaldo ovalado, y se sienta con las piernas cruzadas.

—¿No te lo puedes imaginar? Una cosa es dejar Empresariales para estudiar Comunicación Audiovisual y juntarte con...

toda clase de fauna durante tu máster en Barcelona.

Entiendo que un universitario tiene derecho a una cuota de rebeldía en tanto que se encuentra a sí mismo y descubre que nada le va a convenir más a su futuro que volver con sus padres.

Pero otra cosa muy distinta, Francesc, es humillarnos públicamente mostrándote muy cariñoso en televisión con una hippie .

No has querido coger el teléfono para explicarme a qué se debía ese jueguecito —subraya, por si acaso no me hubiera quedado claro que todo esto es culpa mía—, así que ahora te toca defenderte cara a cara.

Hago el esfuerzo de tragar saliva.

Por supuesto que era por eso.

Tengo un escalofrío pegado a la columna vertebral. El diablo y el ángel de mis respectivos hombros se ponen de acuerdo por primera vez en la historia. Ambos me susurran que mienta.

—Era una estrategia publicitaria —resumo con voz queda—. Nada más.

—Eso queríamos pensar al principio. —El brío de su respuesta no se corresponde con la indiferencia con la que se mira las uñas—.

Pero venimos sabiendo que te gustan las chicas...

diferentes , por decirlo de alguna manera.

Suerte para nosotros que siempre has sido lo bastante inteligente para disimularlo y ser discreto.

Lo demuestra la poca información que se puede encontrar en los medios sobre tus líos, que, como te puedes imaginar, serían de gran interés para según qué revistas.

Por eso se me ha ocurrido que a lo mejor querrías explicarnos cómo es que de pronto te enrollas con una perroflauta tatuada delante de toda España.

¿No se te pasó por la cabeza que nos repercutiría?

—Enarca una ceja, o eso creo. El flequillo le cubre toda la zona expresiva del rostro—.

¿No has leído lo que se viene teorizando al respecto?

—No.

Ella sonríe sin emoción. Apoya las manos en los reposabrazos y se recuesta en el respaldo.

—Te hemos permitido muchas excentricidades, Francesc.

No te hemos molestado desde que te fuiste, ¿a que no?

No hemos abierto la boca. Te hemos dejado hacer tus anuncios y tus cortitos a pesar de que la idea original era que te convirtieras en un director de cine serio.

«Como Solène Delorme», dijiste. —Su sonrisa se torna burlona, y aunque me gustaría decir que no me afecta, claro que me afecta—.

Todo, como bien sabes, a cambio de que no hicieras ruido.

De que no nos avergonzaras. ¿Es que no sabes quién es esa chica?

—He convivido con ella una semana. Claro que sé quién es.

El ángel y el diablo se horrorizan y me gritan. «¡Sigue mintiendo! ¡Sigue disimulando!».

Pero ¿cómo voy a mentir o disimular? ¿Quién va a salir en defensa de Fayna, si no?

—Es una feminazi recalcitrante —responde sin escucharme—. Una roja antisistema que dedica su vida a atacar a la gente como nosotros. Le ha saboteado los proyectos a más de una constructora, ¿sabes? Tiene la suficiente influencia para considerarse un peligro público.

—Esa solo es una opinión de tantas que se pueden tener sobre ella. La mía no es...

—Esa, Francesc —me rebate con frialdad—, es la pura verdad.

—Se pone en pie y viene hacia mí—. ¿O te crees que no la hemos investigado cuando vimos que andabais tonteando?

Tiene una historia muy rica en detalles, eso se lo voy a conceder.

Le voy a conceder, también, que sabe mejor que tú cuándo cerrar el pico.

Supongo que por eso pocos saben que su padre es un alcohólico que vive de okupa en un municipio tinerfeño, en Las Galletas. ¿Te lo ha contado?

Le sostengo la mirada sin decir nada, al menos al principio.

—¿Qué más te da a ti? ¿Qué más le da a tu marido?

—acabo espetando—. No formo parte de la familia.

No acudo a los eventos, a las inauguraciones; la prensa no tiene tanto interés en mí como en papá o en ti.

Si de pronto me mencionan en los periódicos es porque el documental ha pegado un pelotazo, no porque sea un Montseny, apellido con el que además no he firmado, y...

—La prensa tiene tanto interés en con quién salgas como puedo tenerlo yo, Francesc. Como lo tiene tu padre.

—¿Y me has traído hasta aquí para recordarme que te preocupa si soy o no soy feliz con mis noviazgos, o...? —ironizo.