Capítulo 30
Cesc
Se dice que hay pocas cosas tan soporíferas como coger vuelos con escala, pero en el estado en el que me encuentro agradezco tener que estar particularmente pendiente de la hora, las distintas puertas de embarque y las conexiones entre aeropuertos.
Por falta de trayectos directos, me como con patatas un vuelo de La Gomera a Tenerife, otro de Tenerife a Madrid y un último de Madrid a Ibiza.
Cada vez que me monto en uno de los boeing, hago hincapié en la nota mental que destaca sobre las demás: devolverle cuanto antes a Fayna el monto del billete.
No porque necesite el dinero con urgencia, que lo dudo, sino para hacerle saber que pienso en ella aun en esta tesitura, que le agradezco el gesto y que no soy ningún jetas.
O «carota», como dice la misma Fayna.
Paso gran parte del viaje consultando compulsivamente las notificaciones. Ninguna de Laia. Ninguna de mis padres. Ninguna de Javier, que no dudo que acabará llamando para emprenderla a gritos conmigo, despojado ya de la máscara de productor enrollado.
No existen los productores enrollados.
Persisto en mis intentos de ponerme en contacto con mi hermana.
Su móvil permanece apagado o fuera de cobertura, y por más que procuro no caer en la desesperación, ¿qué otra cosa explicaría que esté incomunicada, sino que haya empeorado?
, ¿que esté inconsciente?, ¿que no le queden fuerzas ni para entretenerse viendo TikTok o contestando mensajes?
Solo tengo abierta una vía de comunicación por WhatsApp, y es con Fayna, que me pide a su manera escueta y prudente que la vaya informando de cada paso que doy.
En estos wasaps nuestros no hay espacio para el tonteo o las muestras de cariño.
Ella me pregunta si he aterrizado en Tenerife, Madrid o Ibiza y yo contesto que sí, sin incidencias, que sí, con un poco de turbulencias que me han pasado desapercibidas, que sí, pero con un ligero retraso.
En cuanto salgo del aeropuerto de mi isla, marco el teléfono de mi madre.
—¿Qué habitación es? —inquiero sin rodeos. Hago equilibrismos colocando el móvil entre la oreja y el hombro mientras echo mi equipaje sobre los asientos traseros del taxi.
—Pásate primero por casa.
—¿Por casa? —repito—. Te recuerdo que no he venido a prestar una visita de cortesía. Quiero ver a Laia.
—Laia está en casa. La van a tratar aquí.
—¿Cómo que la van a tratar allí? —La voz sale de mi garganta como el rugido de un animal en las últimas.
El pulso se me dispara recordando todas esas películas de enfermos terminales que exigen morir en su cama, rodeados de sus seres queridos.
Me convenzo de que estoy siendo muy dramático.
Solo así consigo expresarme en condiciones, con la mesura que exigen estas circunstancias—. Dile que se ponga al teléfono.
—Está dormida, Francesc, y no tiene fuerzas ni para despertarse. Aquí te esperamos.
Y cuelga.
Me aparto el teléfono de la oreja y contemplo la pantalla iluminada como los toros miran los pañuelos rojos.
Estoy a punto de arrojarlo por la ventana o estrellarlo contra el parabrisas como si tuviera alguna culpa; como si fuera mi madre la que va a recibir el impacto.
Suelo avergonzarme de mi irascibilidad, que alcanza cotas insospechadas en cuanto me planto en Ibiza, pero esta vez no tengo ni tiempo ni energía para arrepentirme de fantasear con estrangular a mi propia parentela.
—A Cala Carbó, por favor. La villa Montseny.
El conductor me mira un segundo de reojo, entre incrédulo y receloso, antes de meter la marcha y salir volando de la hilera de taxis de la entrada.
Me había parecido un tipo la mar de simpático cuando se ha ofrecido a ayudarme a colocar el macuto en el maletero, y en su caso no creo que la cortesía se deba a que el sistema de valoraciones le obliga a ser majo.
Prueba de que es su propio jefe y hará lo que se le cante en las narices es que haya arrancado a parlotear mientras yo intentaba hablar por teléfono.
Ahora que sabe que voy al último círculo del infierno, ya no le interesa tanto entablar conversación. No le interesa ni reconocer mi presencia. Manifiesta su contrariedad por el pasajero que le ha tocado subiendo la música del coche, bloqueando así cualquier intento de charla.
Mejor. Tampoco es que a mí me interese hacer amigos.
Se me escapa una sonrisa burlona al reconocer los primeros acordes de una canción de The Smiths, apropiadísima para las circunstancias.
I would rather not go
Back to the old house
There's too many bad memories
Too many memories [4]
Si hubiera venido a Ibiza como otras veces —y esto es, sin avisar a nadie que ya la estuviera habitando a excepción de Laia, y en compañía de algún amigo o amiga de Barcelona o Madrid—, el ánimo sería muy distinto.
Habría bajado la ventanilla y habría asomado la cabeza para que la brisa marina me acariciara la cara y se me metiera por el cuello de la camiseta y por los oídos.
No es el lugar en sí mismo lo que odio. Nadie que haya estado en alguna de las preciosas Islas Baleares puede arrepentirse de haber venido. Es la vieja casa, los malos recuerdos.
A veces me da rabia haber demonizado espacios tan sobrecogedoramente bellos como la misma cala sobre la que mi padre levantó su villa de lujo.
Desde allí se obtienen unas vistas privilegiadas al mar y a la roca de Es Vedrà.
Calas muy visitadas por sus puestas de sol únicas, como la de Vedella, Bassa y Conta, quedan a tan solo unos minutos en coche.
Las he recorrido de punta a punta con cada uno de mis invitados y, aun así, me bastó con coincidir con mi padre en una de ellas acompañado de una de sus múltiples amantes para no querer volver a poner un pie en sus arenas.
Y así con todo.
Le pago un extra al taxista por la molestia de haber tenido que llevar a un Montseny a su casa y me despido desganado.
Al final, no creo que vaya a marcar una gran diferencia que trate de inmolarme delante de él por los crímenes de mi familia.
Son muy escasos los ibicencos que todavía admiran la labor de las empresas con mi apellido, poquísimos los que defienden que somos los que inyectamos dinero en la isla.
La mayoría de la gente nos mira por encima del hombro, pintarrajea las paredes del centro con nuestros nombres para que nos sintamos amenazados o, al menos, no muy bienvenidos, y hasta nos utiliza como chascarrillo recurrente cuando quieren referirse a algo aún peor que el diablo.
No los culpo.
Yo también participo en los chistes, de hecho.
La superficie construida de la villa Montseny alcanza los quinientos metros cuadrados, y eso sin incluir el terreno laberíntico que lo rodea como los muros a un fuerte: el área alcanza la friolera de dos mil metros cuadrados.
Se accede por una cancela automática que da a una rampa estratégicamente creada para que los nuevos invitados se vayan maravillando con cada paso que dan, pues conforme ascienden hacia la desembocadura, va aflorando la majestuosa construcción de una sola planta.
Se pintó de blanco para no afear el paisaje y respetar la clásica estética de casa con vistas al mar.
Hay que cruzar un pasillo columnado, un patio amplio y la infinity pool que aún no había visto reformada —Laia me habló de los planes de mi padre, pero nunca me interesó que me mandara fotos del proceso—, además de pasar por delante de la inmensa cristalera que deja a la vista el salón, para acceder por fin a la puerta de entrada.
Saco mi manojo de llaves con las manos temblorosas.
Debería haberme tranquilizado. Ya estoy aquí.
Pero la garganta se me atora y tengo la sensación de que es un sol de julio lo que me está mareando cuando ni siquiera es que haga un estupendo día de playa a finales de mayo.
Se me caen las llaves dos veces antes de conseguir introducirlas en la cerradura, pero nada más cruzar el umbral las suelto junto al macuto al lado de la cómoda y cruzo como una bala hacia el cuarto de Laia.
Me abalanzo sobre la puerta con el sudor empapándome las sienes.
Al principio estoy seguro de que el agobio me ha jugado una mala pasada y simplemente no veo bien lo que tengo delante, pero por más que enfoco la vista y recorro la habitación de mi hermana, no hay ni rastro de ella.
La colección de cojines duerme intacta sobre las sábanas pulcras, la superficie del escritorio brilla libre de apuntes, libros, pósits y tazas de té a medio beber que acostumbra a volcar encima para comenzar sus espartanas sesiones de estudio.
Me da por abrir los armarios, histérico y esperanzado a la vez.
A lo mejor se ha mudado a alguna de las otras siete habitaciones.
Pero no. Ahí está toda su ropa.
Todavía me causa una fuertísima impresión ir deslizando las perchas y toparme con que la mayoría de las prendas tienen tallaje infantil.
El sobresalto al descubrir a mi madre bajo el umbral me deja al borde del colapso. Me llevo una mano al pecho, respirando con agitación, y luego me seco el sudor de la cara.
No ha cambiado un ápice desde la última vez que la vi.
Cualquiera diría que los genes alemanes vienen de su lado de la familia: ojos azules y metro ochenta sin los tacones puestos.
Para esforzarse tanto por mantener una delgadez extrema, ya sea matándose de hambre o sometiéndose a cirugías periódicas, anda siempre muy tapada, como si quisiera disimularlo.
Lleva unos pantalones blancos de lino de pie de elefante y un blusón a juego con mangas de mago.
Como suele ser costumbre en ella, se rodea el cuello con un fular de seda que la hace parecer más esbelta.
Habrá todavía quien piense que es un mero accesorio para acentuar su estilo y su elegancia, pero la excentricidad se debe a que, sin importar la temperatura exterior, está muerta de frío.