¡Esto no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 1) Capítulo 29 #4
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Capítulo 29 #4

Abre la boca para decir algo. Niego con la cabeza: «No hace falta». Me he anticipado a las absurdas disculpas que pretendía pedir por frenar la producción, y él ha captado al vuelo que estoy más que de acuerdo con que priorice su familia.

Lo veo tomar aire y quebrarse a media inspiración, pero sigue sin llorar.

Nunca se llora cuando se recibe la noticia. Siempre se llora después por acumulación.

Acudo a su encuentro con la única sonrisa que permiten las circunstancias, una muy sutil y vulnerable, y me agacho para abrazarlo por la espalda.

—Siempre digo que son unos hijos de puta y se merecen que los ignore, pero es la segunda vez que no me entero de algo por bloquear la comunicación con ellos —le oigo decir—. ¿No me hace eso a mí el cabrón entre los cabrones?

—No.

Cesc me aparta con cuidado para ponerse en pie. Me mira entre impotente y simple y llanamente dolido, y por un momento no hay nada más que eso entre nosotros, una mirada que comparte el peso de la incredulidad por el repentino acontecimiento y la preocupación por su desenlace.

Sin decir más, busca en el móvil el contacto de su hermana y se lo lleva a la oreja. No pasan ni cinco segundos cuando la voz robótica del contestador automático le advierte que el teléfono está apagado o fuera de cobertura.

—No me lo puedo creer —murmura, y sé que no se refiere solo al hecho de que no se lo coja, sino a todo en general. Intenta llamar de nuevo. El resultado es el mismo—. Joder.

Evito que acabe cayendo en un bucle autodestructivo de llamadas sin respuesta cogiéndolo por los hombros.

—Ahora mismo lo mejor que puedes hacer es tumbarte. O hablar de nuevo con tu madre, si crees que eso resolverá tus dudas. Dentro de unas horas estarás ya en camino. Sé que la espera es horrible, pero no te la podrás ahorrar. Ven —lo tomo de la mano y lo llevo de regreso al saco—, siéntate conmigo.

Cesc se deja conducir cabizbajo y circunspecto, como un niño cansado después de un día entero jugando en la playa. Imita mis movimientos con la mirada vidriosa.

—¿Cómo quieres que duerma? —pregunta en voz baja.

—Yo solo quiero que te tranquilices en la medida de lo posible.

Da un sorbo rápido a la cerveza que yo ya había abierto y echa una ojeada rápida alrededor.

Parece que de pronto se haya olvidado de dónde está, pero eso no es posible.

Parte del problema es que es muy consciente de que no está donde debe estar.

Y aunque entiendo mejor que nadie que hay deberes ineludibles, que hay personas que son una prioridad que no se puede discutir, siento una estúpida punzadita de celos porque me consta que, si pudiera teletransportarse en el acto y dejarme a mí aquí, lo haría.

Él malinterpreta mi silencio y dice:

—Yasen podría encargarse de las grabaciones durante el tiempo que falte. No quiero arruinar el proceso. Todavía quedan tres islas, y...

—Eso no importa.

—A Javier le importará. Es su dinero. Tenemos un contrato. Debería avisarlo.

—Yo se lo diré mañana.

—¿Y si lo cancela todo? ¿Y si te obliga a devolver la pasta? Ya la habías donado a La Palma, ¿no?

—Bueno... —me arriesgo a bromear con una pequeña sonrisa—. Tengo un novio millonario, ¿no? Si me quedo tiritando, seguro que me presta dinero para hacer la compra.

Cesc no me devuelve el gesto, pero entrelaza los dedos con los míos y se lleva el dorso de mi mano a los labios. Los presiona contra mi piel durante un buen rato, lo suficiente para amorosar mi ritmo cardiaco.

Se me había disparado de pensar que pudiera haber dicho una inconveniencia.

—Volveré para retomar esto donde lo dejamos —me promete. Todavía no está en el aeropuerto, todavía le quedan unas horas, pero ya está haciendo juramentos que podría serle imposible sostener, porque solo Dios sabe lo que pasará—. Todo, ¿me oyes? El documental, tú y yo...

—Claro.

—Y si la cosa se complicara, vendría después, o podrías visitarme, o...

—Eh, no pienses en eso ahora, ¿vale?

—No puedo no pensar. No puedo hacer otra cosa. ¿Y si...?

Ni siquiera le salen las palabras. No las necesita para hacerse entender.

¿Y si Laia empeora? ¿Y si tiene que quedarse allí, en su infierno particular?

¿Y si, peor, no tiene que quedarse porque el peor de los pronósticos imaginables rompe su último vínculo con Ibiza?

¿Y si todo se arregla, todo sale bien, pero el documental se va a pique y nos quedamos él y yo sin excusa para seguir viendo, de manera informal y orgánica, si podría irnos bien juntos? ¿Y si?

Contra todos esos condicionales que a mí también me torturan, aplico la única cura o placebo disponibles en estos casos: lo acuno entre mis brazos con la esperanza de acunarme también a mí, sintiéndome en parte miserable por apropiarme de alguna manera de un dolor que no me corresponde, por priorizar involuntariamente el miedo a no volver a verlo sobre la salud de una niña.

Sin embargo, una insidiosa parte de mí sigue insistiendo en que no voy a volver a verlo. Quiero replicarle que se equivoca, que nada apunta a que vaya a ocurrir una desgracia, pero lo que pasa con las corazonadas es que no se puede dialogar con ellas.

Más que nada porque casi siempre aciertan en el blanco.