Capítulo 29 #3
Me concedo el privilegio de no pensar en nada. Ni en la recepción del documental, ni en las expectativas económicas de Javier, ni en mi padre, ni en el futuro romántico que parece ir dibujándose en mi horizonte; que se ha estado dibujando desde el primer día sin mi participación o beneplácito.
En el fondo, es así como se dibuja siempre el porvenir.
Hoy solo soy una muchacha arrebujada en un saco de dormir bajo un manto de estrellas, esperando con ilusión adolescente a que un hombre vuelva a abrazarla.
A veces parece que uno pase semanas, meses o años preocupándose mortalmente por las cosas solo para que luego la vida pueda recompensarlo a lo grande con unos instantes de paz. Son esos instantes de paz los que hacen que el sufrimiento merezca la pena.
Supongo que es eso lo que he intentado transmitirle a Cesc a propósito de la relación con mi padre. Se trata de que a pesar del dolor haya una recompensa.
Un destello de luz a mi derecha me distrae.
La pantalla del móvil de Cesc se ha encendido.
Me incorporo por acto reflejo, y cuando caigo en la cuenta de que mi reacción involuntaria iba a ser mirar la notificación, recupero la postura.
Pero mis ojos ya han capturado la palabra en negrita.
Es un mensaje de su madre. Y como su madre es quien es y él ha confesado llevarse con ella como se lleva, vuelvo a echar una ojeada rápida y leo claramente:
Cógeme el teléfono de una vez, Francesc. Es una urgencia.
Francesc. Ni Cesc, ni Xicu. Francesc .
—¿Me han llamado? —pregunta el rey de Roma, que ha vuelto con la respiración entrecortada de las prisas que se ha dado. Me tiende una lata de cerveza y apoya la suya en el suelo para coger el móvil. La expresión se le tuerce al ver de quién se trata—. Joder. No hay manera de que me deje en paz.
—Dice que es urgente. ¿Por qué no la llamas?
—Porque sus urgencias no son las mías.
—¿Y si es algo relacionado con Laia?
—Imposible. Hablo con Laia a diario por WhatsApp.
—¿No sientes curiosidad?
Cesc baja el móvil para mirarme largamente.
—¿Por qué quieres que le devuelva la llamada, Fayna?
—No lo sé —admito en voz baja, de pronto cohibida.
No me han dado vela en este entierro y no debería importarme, pero...
Me rasco el codo por hacer algo, sintiéndome incómoda—.
Será porque yo sí le devolvería la llamada a mi madre si se pusiera en contacto conmigo. Lo siento si proyecté un fisquito.
No esperaba que mi respuesta conmoviera a Cesc, pero viendo que se queda en silencio, busco su mirada y me topo con que me está observando con cierta impotencia, como si acabara de entender que no puede rebatir mis argumentos.
Las cosas nunca son del todo personales. Las heridas familiares siempre son más o menos colectivas.
Suspira y pulsa la pantalla con el pulgar hasta tres veces. Luego me apunta con el dedo.
—Que sepas que esto es cosa tuya, ¿eh? Como me ponga de mal humor, será tu culpa.
Me pongo la mano en el pecho y asiento con la solemnidad de un gran jefe sioux.
—Asumo las consecuencias.
Cesc sonríe de lado pese a la irritación inicial y se lleva el móvil a la oreja.
Afinar el oído me basta para oír con claridad los pitidos: uno, dos, tres...
—Francesc. Por fin.
—Perdona por las horas, pero es cuando he tenido un momento libre. Estoy trabajando en un proyecto en Canarias —menciona en el tono de las regañinas.
«Me estás molestando», da a entender con su desdén, que no consigue disimular ni utilizando un tono invariablemente cortés.
Me asombra escucharle oír hablar así. Nunca se ha dirigido a nadie con tanta frialdad.
—Sí, estoy al tanto de eso. Te hemos visto en televisión —contesta la voz femenina con una inflexión parecida, aunque mucho más severa—. Tienes que dejarlo cuanto antes y volver a casa.
Cesc suelta una carcajada gélida. Me lanza una mirada divertida, acompañada de una sacudida de cabeza cuyo significado es claro: «Esta mujer no tiene remedio».
Se quita el móvil de la oreja y pulsa la opción manos libres para compartir conmigo la conversación.
—¿Por qué? ¿No te está gustando el documental? Mira que soy el director, uno de los miembros más importantes de la producción. Podrías estar orgullosa de mí, para variar.
—Francesc, tu hermana está en el hospital.
La sonrisa displicente de Cesc desaparece de un plumazo. A mí se me baja toda la sangre a los pies. Aunque no aparta la vista de mi rostro, sé que ha dejado de mirarme. Todo en él ha perdido enfoque e incluso solidez, como si sus partículas se hubieran separado.
Finge una risa nasal.
—¿Cómo?
—Ha tenido una recaída.
—Eso es imposible. —Pero no se me escapa la nota de alarma—. Hablo con ella a diario.
—¿Por teléfono? —La señora Montseny espera a que Cesc conteste. Es una pregunta trampa. No, no se han llamado por teléfono—. Sabes perfectamente cómo es Laia. No quiere preocuparte. Por eso te contesta con normalidad.
—No la he notado baja de ánimos. No me habla como si...
—Lleva cuatro días ingresada en la Policlínica.
—¡¿Cuatro días?! —exclama, alterado—. Pero ¿qué le ha pasado?
—Ya sabes que no tiene bien los riñones desde... entonces. En la última analítica le detectaron una insuficiencia renal y han determinado que necesita hidratación intravenosa controlada, entre otras cosas. Están barajando someterla a diálisis.
—Diálisis —repite él sin mover apenas los labios—. Con quince años.
Es ahí cuando consigo reunir el valor de levantarme. Me apremio a salir del saco y a ponerme en pie para que me vea, para que sepa que hay alguien cerca de él para compartir el peso de la noticia.
Cesc pestañea varias veces y busca las palabras adecuadas.
Imagino que tiene cientos de preguntas en la punta de la lengua: cuándo ha pasado esto, por qué ella no me ha dicho nada, cómo de grave es la situación...
, pero todas esas preguntas han sido contestadas directa o indirectamente.
Solo necesita que se lo repitan para asimilarlo.
Y ni por esas lo va a asimilar. No puede ni quiere asimilarlo.
Porque si encajas las preguntas, a continuación debes encajar las respuestas: ha pasado mientras estabas en Canarias teniendo un lío con una desconocida, Laia no te ha dicho nada porque lo habrías dejado todo para estar con ella, y es tan grave —o puede serlo— como la primera vez.
Esa primera vez que casi no lo cuenta.
—Cogeré el primer vuelo —articula Cesc a duras penas—. Manténme al corriente de las novedades.
Cuelga y me esquiva con la mirada todavía perdida para dirigirse con paso firme a su tienda de campaña. Se arrodilla para sacar su macuto, que procede a llenar con movimientos mecánicos a la par que nerviosos, movimientos de los que no se acordará mañana.
Conozco las consecuencias de ese estado de shock porque lo he vivido más de una vez.
Sé que no le puedo hablar. No me va a oír.
Sé que no lo puedo tocar. Podría reaccionar mal.
Así que me limito a sacar el móvil y buscar vuelos de La Gomera a Ibiza.
No tardo ni tres minutos en encontrar una conexión con un par de escalas —Tenerife y Madrid— que le permitiría aterrizar en su isla mañana a las dos de la tarde.
Lo compro sin preguntar y le mando el billete por WhatsApp. Me arrepiento de no habérselo avisado al verlo sobresaltarse con la notificación, que se apresura a abrir como si esperase el crudo anuncio de un empeoramiento.
Al confirmar que se trata de mí, el alma le regresa al cuerpo.
Se endereza, aún de rodillas, y me mira por encima del hombro.
A pesar de la oscuridad, reconozco el brillo de las lágrimas que no va a derramar en sus ojos.