¡Esto no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 1) Capítulo 29 #2
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Capítulo 29 #2

Karen se inclina hacia él doblándose por el costado.

— What do you mean, dear?

Yasen vacila y balbucea algunas palabras inconexas para al final renunciar a su discurso sumiéndose en su mutismo habitual.

Al cabo de un rato de tensión, y murmurando por lo bajini algo que solo entiende él, se levanta para recuperar su fiambrera con los restos de la cena.

Procede a comerse en silencio la carne fiesta sobre el tronco con la vista perdida en el fuego.

Me produce una extraña ternura verlo así.

No creo que se esté replanteando su vida entera, pero es evidente que Candela le llama la atención más de lo que se permite expresar.

«Claro que me gusta», diría si no tuviera problemas para hablar de sentimientos.

«No soy de piedra. Es guapa, dulce y divertida.

Pero tengo pareja. ¿Qué se supone que tengo que hacer?

¿Romper mi relación de seis años por una chica que conozco desde hace un mes? ».

Eso yo lo entiendo, lo respeto y hasta hacía un momento lo compartía.

Ya no, porque sé lo que te puede cambiar la película en treinta días.

Y en menos.

—¿Quieres seguir con la intervención? —le pregunto a Karen con un rastro de sorna.

— No —suspira, triste—. It was a flop. I thought it was going to work things out.

—Podemos seguir hablando por turnos —propongo—, solo que para contarnos historias de miedo o algo así. O hacer confesiones personales.

— I don’t feel like it. I’m pretty bummed .

—Yo también —secunda el sonidista.

Y eso es todo por lo que resta de noche comunal.

Karen y Yasen se levantan, la primera con cara triste y el otro como un fantasma de lo que solía ser por las mañanas —alguien mucho más enérgico y dispuesto—, y nos dejan a Cesc y a mí frente a una fogata que los dueños del camping se encargarán de apagar.

Él y yo nos miramos en un silencio interrogante —«¿Qué hacemos ahora?

»— y acordamos tácitamente levantarnos, coger nuestros sacos de dormir y arrastrarlos fuera de la tienda de campaña.

En el último momento, mientras vigilo el modo en que ahueca el acolchado del saco, devuelvo el mío al interior de la tienda y me meto en el suyo sin pedir permiso.

Cesc se ríe por lo bajo y, sin emitir protesta alguna, se introduce en la crisálida con cuidado de que no cedan las costuras.

Pero no ceden. Hay espacio para dos.

—¿Quieres que nos vayamos a non-non ?

—¿ Non-non ?

—Es como decir mimir en catalán —ríe.

— Non-non . Qué lindo. Casi tan lindo como tu nombre balear. Xicu, ¿no?

—Escrito con X y con U , aunque por lo general se escriba con O .

—¿Por qué tu apodo se escribe con U ?

—Porque mi hermana aprendió castellano antes que catalán, a diferencia de mí, y lo garabateaba como sonaba.

Shicu . —A falta de darle un beso en la sien a Laia, se lo da a una servidora—.

¿Qué te gustaría coleccionar ahora? —me pregunta de pronto, cuando ya me ha pasado el brazo por encima y me mantiene pegada a su costado.

Tengo que alzar la vista para mirarlo. Solo obtengo una vista interesante de su mandíbula recia y sombreada.

—¿Cómo?

—Supongo que las piedras ya no molan tanto, pero puedes coleccionar otras cosas.

Los sellos me parecen anacrónicos, igual que las monedas, y para eso deberías viajar...

algo que supongo que no te gusta a no ser que lo hagas en vela, como Greta Thunberg.

¿Qué tal conchas? ¿Arena de todas las playas canarias?

¿Estampas de jugadores de la liga de fútbol, quizá?

—¿Qué coleccionarías tú?

—Ahora mismo estoy coleccionando fotos tuyas. Fotos que te he hecho a traición.

—Creo que eso es denunciable —contesto tras pensarlo un momento.

—Pues nos vemos en los tribunales.

—¿No las borrarías si te lo dijera?

—Claro que sí. ¿Me lo vas a pedir?

—No. Pero a lo mejor deberías coleccionar otro tipo de fotos. Fotos de La Gomera. Por experiencia te digo que es el mejor sitio que visitar con la cámara. Mi padre y yo veníamos a menudo para hacer rutas de montaña y las fotos de recuerdo son un espectáculo.

—¿Cuándo veníais?

Entiendo lo que quiere decir con su discreta pregunta: «¿Veníais antes, durante o después del alcoholismo?».

—Cuando se encontraba mejor.

Cesc devuelve la vista al cielo y se queda un rato en silencio. Le temo a esa pausa pensativa. Casi puedo oír los engranajes de su cabeza girando despacito pero sin echar el freno para encontrar la pregunta perfecta que le conducirá al tema de conversación al que desea llegar.

Ese que conseguí esquivar por los pelos en la cueva.

—¿Por qué quieres a tu padre? —suelta de pronto.

Ni siquiera me sobresalto. Sabía que tarde o temprano me transmitiría su perplejidad. Y es de admirar que haya sido tan tarde, casi veinticuatro horas después de la traumática revelación y con las estrellas sobre nuestras cabezas ejerciendo su influjo sanador.

—Porque es quien se quedó.

—¿Solo por eso?

Traigo a mi cabeza la última imagen de mi padre, cuando charlamos a propósito del proyecto documental en su casa, en su sofá nuevo, delante de la tele antigua que le cedió uno de los pocos amigos que consiguió conservar después de dejar de frecuentar los lugares que desataban a la bestia.

Llevaba su cómoda camiseta de propaganda, su bañador, que usa aunque nunca vaya a la playa —aunque, de hecho, vaya al Hiperdino a comprar unos cereales o a jugar a los bolos—; se estaba bebiendo una cerveza sin alcohol intentando que yo no notara que odia el sabor placebo y que, aunque estaba siguiendo la conversación con interés, en su fuero interno no dejaba de latir el pensamiento autodestructivo y demoledor por su insistencia: «Si hoy no bebo, me moriré.

Pero si bebo otra vez, una sola vez más, tendré que matarme».

Aunque también tengo otros recuerdos no tan halagüeños, mantengo ese en el pensamiento, su sonrisa amable, su aspecto limpio, su serenidad.

La prueba de que vive.

—También lo quiero porque tiene un sentido del humor ridículo.

Te hace reír más el hecho de que un adulto diga chiquita bobería que el chiste en sí mismo.

El último que me contó decía: «Buenas tardes, ¿tienes jarabe para tos?

», a lo que el farmacéutico respondía: «Hombre, depende de cuántos seáis».

—Cesc me interrumpe para carcajearse; la risa se me contagia.

Y me alegro, porque me ayuda a relajarme—.

¿Ves? Pues en los días buenos, que eran y son fleje, estaba todo el rato así.

»Lo quiero por lo que se quiere a todo el mundo.

Por las razones estúpidas y por las razones de peso.

Las de peso serían que es mi única familia, que demostró una voluntad férrea esforzándose por cuidar de mí y protegerme mientras combatía la enfermedad más corrosiva que existe; que me enseñó a ser persona: a bailar bachata, a hacer escaldón, a preocuparme por la tierra...

y a liarme canutos también, eso es verdad —añado con una pequeña risita—.

Y las razones estúpidas deberían contar, ¿no?

Lo quiero porque se agacha para acariciar a todos los perros del paseo marítimo, porque tiene la habilidad de hacerse amigo de cualquiera que se le cruce por delante tan solo diciendo «qué hay, don», «cómo va, doña»; el camarero del chiringuito, las afroamericanas que hacen trenzas frente al mar, los alemanes que tienen problemas para entenderse con el dependiente de la tienda de souvenirs ...

Lo quiero porque, cuando estoy triste, se sienta a mi lado, me pone la mano en el muslo y me pregunta: «¿Tiene ese problema solución?

», e independientemente de lo que responda, sí o no, me contesta: «Entonces no te preocupes».

—¿Pesa más lo bueno que lo malo?

Pongo los ojos en blanco.

—Hablar de los vínculos humanos como un negocio que te tiene que rentar y, si no, se echa la persiana, es uno de los muchos triunfos del capitalismo, ¿sabes?

No se trata de si lo paso mejor o peor con él, Cesc.

Una relación no es un parque de atracciones.

Se trata de si lo quiero o no y de capear los temporales de la mano.

Si cuidarlo es para mí un impulso, no voy a ir en contra de mi naturaleza, porque entonces la que sufro soy yo.

—Fuiste tú la que dijo que confiar en un hombre era una empresa arriesgada —me recuerda.

—Lo dije en referencia al modo en que funcionan las cosas en el mundo. En mi mundo, el orden en que se suceden las prioridades es diferente... —señalo nuestro apretado abrazo con un gesto— como ya puedes ver.

Él sonríe y me estrecha contra su cuerpo.

—Pues es verdad.

—Sé que es muy frecuente tratar a los alcohólicos como si se hubieran buscado ellos la ruina —añado—, pero no se discrimina así a los enfermos de cáncer de pulmón que se fumaron unas cuantas cajetillas de tabaco.

Prácticamente todo el mundo los compadece.

No hay que subestimar la adicción, Cesc.

El primero al que le arruina la vida es al que la sufre.

—Está claro que tienes tu propia visión de todo el asunto, y es normal.

No quiero ser yo el insensible que te lleve la contraria cuando no he vivido nada parecido.

Pero sí te diré —continúa con prudencia— que creo que es peligroso el discurso de que para querer a alguien hay que sufrir y aguantar todo lo que le echen.

—A lo mejor no se lo aguantaría a un novio. Pero estamos hablando de mi padre.

—Será que para mí esa palabra no significa nada —concluye forzando el tono reflexivo. No me pasa por alto la fría burla que oculta debajo—. No sé tú, pero yo estoy sediento. ¿Quieres que te traiga agua? ¿Una cerveza?

—Una cerveza está bien.

Se las arregla para salir del saco sin propinarme una patada involuntaria y trota con prisas hacia la zona verde del camping. Yo me quedo en el sitio con los ojos apuntando al cielo despejado.