Capítulo 29
Fayna
Decepcionados con la distribución de las habitaciones y el servicio del hotel de La Gomera —seamos francos: ha sido culpa de Karen—, cancelamos nuestra reserva para la segunda noche y nos mudamos a un camping en el caserío de El Cedro, ubicado en el parque natural de Garajonay.
No quería quedarme con las ganas de dormir bajo las estrellas en una de las islas mejor preservadas de las Canarias.
Nuestra próxima parada es El Hierro, donde el paisaje está aún menos erosionado por la construcción y el turismo irresponsable, pero es que El Hierro no es el lugar en el que nació mi padre.
Le tengo muy presente durante lo que tardamos en desplegar nuestras tiendas de campaña en el único sector libre del terreno donde cabemos cuatro. Esta noche no nos las veremos con un problema logístico: Karen, Yasen y Candela tendrán su tienda individual.
Cesc y yo no lo hemos hablado porque no hace falta. Se da por hecho que compartiremos una.
Mientras termino de clavar en la tierra las piquetas, observo con el rabillo del ojo que él se encarga del dormitorio móvil de Karen, quien por supuesto no se ha molestado ni en hacer el paripé de colaborar.
Cesc da forma a las varillas de la tienda silbando por lo bajini una canción en catalán del grupo Koers que nos ha acompañado en el trayecto en coche, Fins al final .
Ha podido cambiarse de ropa entre el «paseo» en kayak y la llegada a El Cedro: como se ha levantado la brisa fresca de todas las noches en el campo, ha sustituido el bañador por un pantalón de chándal gris que se estrecha en las pantorrillas y una sudadera con capucha con un corte muy favorecedor.
Sobre todo cuando levanta los brazos, porque entonces se le ven el ombligo y la hilera del vello oscuro que desemboca donde todos sabemos.
—¿Cómo es que un niño pijo sabe montar tiendas de campaña? —no me resisto a preguntar. Sigo acuclillada ante la última estaca.
La cabrona se me está resistiendo. A veces pasa que no se encuentra terreno blando. Te topas con un pedrusco y te toca escarbar un buen rato.
—Además de un niño pijo, soy graduado en Audiovisuales, cariño. —Me lanza un guiño—. Me he juntado con tantos hippies en mi periplo universitario que no debería sorprenderte que me invitaran alguna que otra vez a sus campings veraniegos.
«¿Los invitabas tú luego a tus lujosas discotecas? ¿A los jacuzzis de tus hoteles?», respondería, burlona, si no me hubiera contado ya que renunció a ese regalo envenenado cuando escapó de las garras de los Montseny.
Lo cierto es que por más que lo miro de hito en hito y por más que haya atestiguado sus pequeños arrebatos de crío berrinchudo, me cuesta creer que este chico tan normal haya crecido rodeado de la sonrojante riqueza de los dueños de Ibiza.
Es especialmente difícil imaginarlo cuando lo ves conducirse por la naturaleza sin la aprensión con la que se movía Karen al principio y con una curiosidad infantil que solo te esperas viniendo de la gente que no ha salido de su casa ni para dar la vuelta al barrio.
Me sacudo las manos y me incorporo en cuanto mi trabajo está completado.
—Hoy no grabamos nada de valor —suspiro con los brazos en jarras.
—No pasa nada. Con el material que nos dio Garajonay ya íbamos sobrados para todo el episodio de La Gomera.
—Cesc también se levanta y se seca el sudor de las palmas en el pantalón.
Acude a mi encuentro y me da un beso en la frente como si lo hubiera hecho mil veces antes—.
Siempre podemos grabar alguna escena extra esta noche.
—¿Se te ocurre alguna idea de guion?
—¿Finjo rescatarte de un ataque de hormigas asesinas que se han colado en tu saco?
—Ya me imagino la reacción en internet. Una mezcla de: «¡Todo un caballero!» y «¿Es que no conoce a Fayna? ¡Es animalista! ¡No debería hacerle gracia que pises insectos!».
—Puedo darte de comer los marshmallows que asemos en la hoguera.
—No hables en...
—... inglés, lo sé. Pero es que no sé cómo se dice marshmallows en español.
—Una de tantas victorias del dominio de la pérfida Albión.
Cesc rompe a reír echando la cabeza hacia atrás.
— Hey, guys —interrumpe Karen con las manos entrelazadas en el regazo.
Esta tarde ha oído la palabra camping y se ha disfrazado de Indiana Jones: trenzas rubias sobre los hombros, botas de caña alta, conjunto color tierra y chaleco acolchado de camuflaje.
Un látigo y estará lista para la Comic-Con—. Would you sit with us by the fire?
—Pues claro —contesta Cesc con una sonrisa—. Para allá que vamos.
Me tiende la mano para indicar que con ese plural no se refiere a sus voces y a él mismo, sino al tándem que formamos juntos. Acepto entrelazar los dedos con la timidez que me inspira la seguridad con la que saca adelante lo que quiera que sea esta relación.
—¿Y esto? —Señalo nuestras manos unidas con un gesto de barbilla—. ¿Es que piensas anunciar en público que formalizamos o algo así?
—Algo así. Algo exactamente como eso. —Me lanza un guiño.
— You’ll be wondering why I made you sit like this.
—Eso es lo primero que dice Karen en cuanto hemos aposentado nuestros culos en torno a las hogueras controladas que ofrece el propio camping.
Ninguno de los miembros del equipo sabemos o podemos imaginarnos qué se propone— .
Maybe you’ve heard about interventions. It’s something we americans turn to when we are worried about a loved one...
—Sí, estamos familiarizados, Karen. Las «intervenciones» no son exclusivas de Norteamérica —recalco yo.
«De hecho, son un pilar fundamental en el programa de recuperación de los alcohólicos», me cuido de agregar.
Claro que es posible que primero lo pusieran de moda en Estados Unidos.
— I couldn’t help but notice you guys have been acting weird towards each other in the past few days.
And given that you don’t seem to be doing anything to fix it, I thought about taking the matter into my own hands.
—Extiende los brazos y nos incita a hacer lo mismo con un cabeceo enérgico.
Espera a que nos hayamos tomado de las manos para erguirse y llenarse de aire los pulmones con la vista orientada al cielo estrellado, imitando la solemnidad de un gurú de mindfulness —.
It’s mandatory to listen to each other’s needs, feelings and expectations.
I’ll start, if you want, but then I’d like you to do the same.
My friends —anuncia en voz alta—, I had no expectations whatsoever about our time together on this trip, and yet you exceeded every one of them.
I’ve grown quite fond of you despite your temperament —tiene el descaro de mirarme a mí—, your...
excessive energy —continúa dirigiéndose a Cancán—, your autism —prosigue en relación a Yasen.
Pongo los ojos como platos, anonadada por el atrevimiento; Cesc suelta una carcajada, lo que guía la atención de Karen— and your more-than-obvious superiority complex.
—¿Cómo que superiority complex ? —rezonga él.
— Silence —le ordena ella, como en el meme aquel de Edward Norton en El reino de los cielos —, I, a true friend, am speaking .
»It hurts me to see you fight about nonsense.
We are a team! But I think I know what the issue is, and I’ll be gentle enough to point it out for you all.
Fayna, Cesc, you both clearly are in love; you should stop messing around and confront your feelings.
Candela, Yasen, you two like each other too, so...
—¿Cómo? —interrumpe él—. Yo tengo novia.
—Madre mía —bufa Cancán—, lo dijiste una vez y ya no te puedes callar, ¿eh?
—¡Si la que no deja de repetirlo eres tú, chos ! —exclama Yasen, exasperado no sé si por primera vez en toda su vida. Desde luego es la primera en el viaje. Su exasperación se reduce a un ceño fruncido, aun así—. Karen, creo que malinterpretaste la situación...
—Pues ya somos varios —espeta Candela. Nos suelta la mano a Cesc y a mí—. ¿No te da que pensar que a todos nos sorprendiera tu compromiso? ¿No se te ocurre que hayas podido hacer algo mal?
—¿Qué hice mal? Vamos, dímelo. Ya que estamos en plena intervention —recalca en inglés con sarcasmo. Sarcasmo. ¿Sarcasmo? Cesc y yo intercambiamos una mirada rápida. ¡Sí que conoce el sarcasmo! ¡Solo había que cabrearlo!—, desahógate.
— But, please, try to use assertive language —pide Karen en tono conciliador.
—¡ Assertive language los cojones! —ruge Candela.
Cesc y yo volvemos a mirarnos, esta vez con una sombra de temor.
La vemos levantarse y señalar a Yasen con el dedo—.
Con mucho cariño y asertividad, te voy a decir, asertivamente, que tienes la inteligencia emocional de un ladrillo; que pareces muy listo, pero en el fondo no te enteras de nada, o, peor, te haces el tonto para no responsabilizarte de los sentimientos ajenos.
Una actitud muy masculina, si lo piensas...
— What Candela is trying to say —interviene Karen— is that she’s in love with you and you kinda acted like you liked her too.
—Pero tengo novia.
Candela se lleva las manos a la cabeza, como si estuviera a punto de perder el juicio —yo lo estaría, la verdad—, y masculla una imprecación tan blasfema y altisonante que hasta yo me quedo atónita.
A continuación le hace un corte de mangas a Yasen y abandona el fuego pisando fuerte en dirección a su tienda de campaña.
Habría tenido un efecto aún más épico si hubiera podido dar un portazo, pero le he arrebatado ese final de película en blanco y negro escogiendo un alojamiento al aire libre.
Espero que me perdone.
—¿Qué dije ahora? —se desespera Yasen.
—Nada, en realidad —respondo con amabilidad—. Tienes que dejarla que te odie un poco. Solo hasta que se le pase la decepción.
—Pero es injusto —se lamenta él con un hilo de voz.
Apoya los codos en los muslos y empieza a frotarse las manos, todavía ceñudo.
Clava la vista en el movimiento de sus dedos, que arruga y estira con nerviosismo o con culpabilidad.
Nadie espera que siga hablando, pero acaba murmurando—: Seré yo el que peor lo pasa, ¿no?