¡Esto no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 1) Capítulo 28 #2
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Capítulo 28 #2

Tan en serio me toma que me mira a los ojos un momento, ya sin rastro de sonrisa. Es la preparación del beso que viene luego, un beso lento y sincero que me forma un nudo en la garganta.

Fayna se separa y tira de mí moviendo las piernas como los buceadores. Regresamos al kayak para encaramarnos sin peligro a la orilla terrestre de la cueva. Sin soltarme de la mano para ayudarme a subir y ya sentada, echa las caderas hacia atrás para abrir un hueco entre sus muslos.

«Ahora sí», me dicen sus brazos extendidos. «Ahora sí puedes».

Nada me seduce más que su pelo mojado, su torso desnudo, el brillo febril en los ojos de ese tono castaño rubí que de seguro solo tienen los dragones o los dioses guanches de los volcanes.

Fayna se va tumbando conforme yo la acorralo colocando una rodilla a cada lado de la cintura, pero la cámara, que había abandonado yo lejos del agua, se interpone en su ruta y tiene que agarrarla para no pisarla con la espalda.

La sujeta como me ha visto sujetarla a mí, posicionándola con torpeza sobre el hombro, y toca un par de botones hasta que la enciende.

Me mira por la lente a costa de guiñar el otro ojo y hace una mueca divertida.

—¿Y esto cómo va? Haría falta un modo nocturno, ¿no?

—¿No me ves bien?

—No se te ve mal... Pero hay cosas que es mejor verlas en vivo y en directo, mi niño.

Le quito el aparato en un descuido y me yergo para no perder el equilibrio mientras preparo el modo cinematográfico. Le resto contraste y oscuridad, pero no demasiado para que no se pierda el efecto mágico de la cueva.

—Susan Sontag decía que fotografiar es conferir importancia —murmuro.

Fayna levanta las cejas, fingiéndose sorprendida, y entrelaza los dedos tras la nuca, gloriosamente cómoda en su desnudez parcial.

—A mí me gusta otra cita suya: «No está mal ser bella; está mal la obligación de serlo».

—No te darías por aludida, ¿no? Tú no tienes la obligación, sino la suerte de ser bella.

—Qué bonito. Pues Proust decía que la belleza es para los hombres sin imaginación.

—Sí, bueno, y mi tío decía que o follamos todos o la puta al río.

Fayna suelta una carcajada de pecho.

—¿Me estás grabando?

—Sí... —Una vez tengo la cámara bien apoyada en el hombro, libero una mano para recorrer su cuerpo con una caricia sedienta, desde la cadera hasta el pecho izquierdo, pasando por la hendidura de las costillas—. ¿Por qué? ¿Hay algo que le quieras decir a tu público?

—¿Algo como qué?

—Algo que te interese que quede registrado.

—¿Hay algo que debiera interesarme registrar, según el director?

—Puedes decir... —finjo pensarlo con la mano todavía cubriendo la curvatura del pecho, el pulgar rozando el relieve de la areola. La cámara la capta mirándome con los ojos entornados y la sonrisa boba de los borrachos—. «Hola, soy Fayna. Estoy en una cueva marina».

—Hola, soy Fayna y estoy en una cueva marina —repite con la risa en la voz.

—«Esto no es una comedia romántica» —cito su frase estrella—. «Pero es algo mejor. Es una historia de amor».

—¿La historia de amor de quién? No será entre el futuro CEO millonario de la lujosa cadena hotelera ibicenca y la chica trabajadora de orígenes humildes...

—Hombre, si quieres aportar nombres, puedes darlos sin rodeos. Venga, di: «Estoy muy enamorada de Cesc».

—No voy a decir eso —protesta, pero se cubre a medias la sonrisa coqueta con el dorso de la mano.

—«Estoy muy muy muy enamorada de Cesc».

—No lo voy a decir por más «muy» que añadas.

—Entonces puedes decir que estás muy muy muy...

—Me muevo lo justo para que la lente vaya captándola como en una fotografía panorámica: desde la cara en la que se reflejan, borrosas, las luces y las sombras de la cueva, hasta los pechos, y luego el ombligo, y, al final, la parte de abajo del biquini que le retiro tirando de uno de los nudos de la cadera.

Hago una pausa para mirarla mordiéndome el labio inferior— muy buena.

Fayna suelta otra carcajada.

—A Cesc Montseny le gustan las mujeres que no se depilan. Eso sí lo voy a decir. Las revistas pagarán una fortuna por ese pedacito de información... Me haré rica...

—¿Para qué quieres ser rica?

Deja de reírse para mirarme con un recuerdo de la sonrisa de antes.

Introduce los dedos en la cinturilla de mi bañador y tira de él hacia sí.

Obedezco su indicación no verbal caminando sobre las rodillas hasta plantarlas entre sus hombros: entonces tengo que colocar la cámara en posición vertical para apuntarla con la lente y no perder detalle de sus movimientos.

Ella me mira a través de las pestañas mientras deshace el nudo de las bermudas y me rodea la erección con las dos manos.

Se pasa la lengua por los labios antes de sacar la punta y prodigar el primer lametón al prepucio.

Hago amago de apartar la cámara, pero Fayna niega con la cabeza y mira directamente al objetivo al repetir el movimiento: otra lamida concienzuda por toda su longitud, haciendo especial hincapié con la lengua al llegar a la hendidura de la punta.

Aguanto la respiración los primeros y críticos segundos, pero en cuanto ella cierra los ojos y hace un sonido placentero con la garganta, estoy vendido.

Mascullo una imprecación, y aunque mi primer impulso es mandar la cámara a la mierda, me obligo a admirarla a través de la lente y a sentir a través del cuerpo.

Y es una experiencia única.

Fayna sujeta mi polla entre las manos con una delicadeza que me enloquece y pasa la lengua una y otra vez, sin prisa pero sin pausa, alternando miradas a la cámara —a mí— con segundos de total abstracción.

Cada una de sus caricias me va directa a la nuca, donde se empiezan a concentrar un calor y un hormigueo que pretenden replicar la sensación de mi bajo vientre.

Fayna para y apoya la cabeza en el suelo. Dirige el extremo de mi polla al interior de su boca, y antes de introducirla, dice:

—Métemela tú como quieras.

Las manos me sudan. No sé cómo me las arreglo para sujetar el dichoso aparato, que me está estorbando pero también necesito que siga rodando; rodaría todo lo que hiciera y dijese Fayna.

Quizá deba darle las gracias porque se dedique a dejar constancia física de su existencia.

Si no, ¿qué excusa tendría para inmortalizarla para siempre?

Agarro el asa con fuerza y, obedeciendo su orden, bajo las caderas para introducirme en su boca despacio.

Ella vuelve a cerrar los ojos y extiende los brazos antes de decidir que prefiere agarrarse a mis muslos.

Relaja todos los músculos involucrados para que yo, más pasmado y excitado con cada centímetro que se adentra en su boca, encuentre un espacio cómodo en su garganta.

No me detengo hasta que llego al tope.

Fayna no intenta respirar. Permanece inmóvil hasta que me retiro y comienzo a moverme al mismo ritmo que si estuviéramos follando, hacia arriba y hacia abajo.

Me hundo en su cavidad y resurjo, y ella lo tolera con alivio, disfrutándolo.

Me esfuerzo por no temblar al grabar su expresión de éxtasis, también sus ojos húmedos e inyectados en sangre, pero agradecidos cuando los abre para mirarme.

Siento que podría correrme mirándola. Eso manda pequeños escalofríos a la parte trasera de mis muslos, a mis dedos de los pies, y como si ella lo supiera, arrastra las uñas por mi piel desnuda para descontrolarme del todo.

Aparto la cámara en un arrebato y me agarro la polla con firmeza.

Me retiro hacia atrás igual que he caminado de rodillas hacia delante y le separo las piernas prácticamente hiperventilando.

Espero a que la condensación del orgasmo se disipe, a que me baje la calentura, pero Fayna me lo complica buscándome con las manos para que la abrace o la bese.

Solo la beso cuando ya estamos follando.

Le retiro una lágrima escurridiza con el pulgar y luego le sujeto la cabeza con cuidado de que no se haga daño con el suelo irregular mientras la empujo con las caderas, al principio lento y fuerte y luego solamente fuerte, más fuerte.

Es lo que me ha enseñado en estos días al tenerme pendiendo de un hilo, a comportarme con unas prisas imperdonables en el sexo, a hacerlo crudo porque no se puede cocinar a fuego lento cuando estás en el limbo.

Pero en cuanto recuerdo que se acabó nadar a contracorriente, que ya no hay una cuenta atrás pendiendo sobre nuestras cabezas, ralentizo el movimiento y la presiono por los huesos de las caderas para ser concienzudo con cada estocada.

Fayna se entrega a un largo suspiro de alivio que se quiebra en un sollozo placentero, y así y con la compresión de sus músculos es como me entero de que se está corriendo. Yo la sigo con unos segundos de diferencia, y todavía permanezco anclado a su interior mirándola con los ojos vidriosos.

Me inclino sobre ella y le cubro la cabeza por la nuca.

—¿Te he hecho daño?

A ella le tiemblan los labios al sonreír.

—La verdad es que no —confiesa con un hilo de voz. Para su propio asombro, recalca—: Nunca.