Capítulo 28
Cesc
El corazón me da un vuelco.
—¡No puedes mencionar lo de las piedras y luego ponerte romántica! —le reprocho.
Ella se encoge de hombros con una tímida coquetería que encuentro adorable.
—Yo creo que sí puedo. Lo hice ahora mismo, mi niño.
Aunque nada me gustaría más que abrazarla, besarla, preguntarle qué significa eso de asumir las consecuencias, si me está abriendo la puerta por fin, si me va a dejar pasar, si me voy a poder poner cómodo, si voy a tener mi propio cepillo de dientes, entiendo que tengo un deber para con ella que va más allá de encontrar satisfacción a través de su cuerpo u obtener su validación.
Mi deber es saberlo todo y esforzarme por comprenderlo.
Mi deber es aliviarla. Mi deber, al quererla, es hacer de su vida un camino de rosas e intentar que me invite a cruzarlo con ella.
Esa es otra novedad. Con Fayna no me pregunto qué voy a sacar de su compañía o de su entrega. El quid de la cuestión es qué puedo ofrecerle yo.
Entrelazo los dedos con los suyos para evitar que aparte la mano si no le gusta mi pregunta. Espero a que vuelva a mirarme a los ojos.
—¿Dónde está tu madre, Cotufas?
—No lo sé —contesta con franqueza—, pero espero que esté bien.
No me va a decir nada más. Ella también se ha abierto por encima de sus posibilidades. Sigue en su línea de aportar la respuesta larga y redundante del verbo can , verbo have , verbo to be .
Can you find your mother? No, I can’t find my mother .
Do you have a mother? No, I don’t have a mother .
Are you a daughter? No, I’m not a daughter .
Vaya par somos, ¿eh? El que se acostumbró a callar porque todo lo que dijera podría ser utilizado en su contra y la que debe proteger su intimidad o mañana se viralizarán los episodios más traumáticos de su vida, posiblemente adornados con detalles salidos de la mórbida imaginación de cuatro o cinco (mil) cuentas troll .
Aunque nos fiemos el uno del otro, no puedes desandar ni en una tarde ni en una semana un recorrido por los infiernos que ha durado dos odiseas.
Ella y yo hemos construido nuestra vida adulta sobre los cimientos de la soledad forzosa, el silencio y la certeza a lo mejor equívoca de que nadie va a ayudarnos porque no le importamos ni a nuestros padres.
Fayna es como mi reflejo y al mismo tiempo es su propia persona.
¿No es eso un milagro?
Le cubro la mejilla con una mano y observo con el alma en vilo que ella recuesta la cara contra la palma. Cierra los ojos y se deja arropar, se deja querer, por fin. A lo mejor solo es un simulacro, pero lo acepto de buena gana.
Abro la boca para decirle que yo nunca la abandonaría, ni a la suerte de su padre ni a la suerte de nadie que no tenga una suerte de cojones, una suerte de ganador de ruletas, loterías y partidas de blackjack .
Pero por más que sea una verdad como un templo, qué prefabricado y peliculero sonaría eso.
Así que reformulo.
—No entiendo cómo alguien podría abandonarte.
Fayna abre los ojos y me mira como no me ha mirado antes, con una mezcla de vulnerabilidad y dulzura que me hace sentir el rey del mundo y, a la vez, un crío impotente que no tiene las tablas o las herramientas necesarias para hacer feliz a la mujer que tiene delante.
La posición del sol ha variado desde que nos aislamos y ahora proyecta su luz sobre nosotros, no sobre el agua.
Señala el rostro de Fayna como un foco cenital.
Este milagro me hace rescatar un pensamiento reciente: no, nunca me he considerado cristiano, pero si Dios existe, Fayna tiene que ser una de sus criaturas preferidas. Con ella se esforzó más.
En lo que dura ese momento, ese rayo de luz delator de los favoritismos divinos, comprendo que esto, y con «esto» me refiero a nosotros , estaba escrito. O a lo mejor alguien lo está escribiendo ahora mismo, pero de manera que quien lo lea no dude de que va a salir adelante.
Yo seré el rey del mundo, vale, pero ella es una sirena así, medio sentada sobre las rodillas con las piernas dobladas a un lado.
Es sensible y coqueta a mi caricia, y se muestra callada y misteriosa como los seres de otra tierra, esos que solo saben comunicarse mediante el tacto y la corazonada.
Tiene el pelo húmedo, el rímel le ha formado una ojera ocre bajo la línea de las pestañas inferiores y la exposición al sol le ha sacado todas las pecas a la vista.
Y nunca ha estado tan suave y tan blanda.
Con lo cínica que eras cuando te conocí, hace ya mil vidas.
Mil vidas y todavía te recuerdo de la primera, Faynita mía.
—Sobre lo que pasó anoche...
—No hace falta hablar de lo de anoche —me corta con suavidad.
—¿Tampoco hace falta hablar de lo que nos hizo discutir antes de «lo de anoche»?
Fayna se me queda mirando.
—Dijiste todo lo que tenías que decir, ¿no?
—Sí, supongo que sí..., pero a lo mejor el mensaje se perdió entre tanta vacilación. Un buen resumen sería que no soportaría perder una oportunidad contigo por culpa de mis padres. Si la pierdo, me gustaría que fuera porque he sido un cabrón y me lo he buscado.
Ella asiente con la cabeza.
—Es un buen resumen.
No espero que Fayna arranque con una romántica declaración de amor, porque, como ella ha insistido en recalcar estos días, hemos venido a grabar un documental y no a vender ningún tipo de relación.
Esto no es una comedia romántica porque el romance está, si no prohibido, al menos muy limitado, y los flechazos de Cupido no tienen nada de gracioso.
Los flechazos de Cupido te dejan primero aturdido, luego sangrando, y aunque la responsable del sentimiento tenga la gentileza de curarte la herida, te sigues quedando vulnerable.
Pero no necesito esa declaración verbal para confirmar que se ha puesto de mi parte por fin.
Se nota en la actitud que ahora enarbola que se ha rendido.
Era verdad que solo necesitaba pensar un rato para a continuación necesitarlo todo de mí, como demuestra que me eche los brazos al cuello y me bese despacio.
No sé cuántos besos llevamos. He perdido la cuenta, si es que la he llevado alguna vez. Lo que sí sé es que su boca se ha convertido en un rasgo familiar para mí, y los ratos que me falta son tremendamente trágicos.
La rodeo por la cintura y ladeo la cabeza para intensificar la presión sobre sus labios.
—No voy a poder tumbarte —murmuro contra sus labios—. El suelo de una cueva no es un lecho de rosas.
—¿Me tumbarías en un lecho de rosas si pudieras?
—Pues claro que sí. O no. Las rosas tienen espinas, y dudo que a Doña Vegana y Animalista le gustara que las arrancara para hacerle una cama. Pero ¿qué tal un lecho de amapolas?
Fayna finge pensarlo con un rastro de sonrisa.
—Me gusta la idea.
—Pues te tumbaría en un lecho de amapolas si pudiera —declaro con una mano sobre el pecho.
—¿Es un condicional o una promesa?
—Es una promesa —confirmo sin pensar.
Satisfecha con el compromiso adquirido conmigo, que no es más serio que el de quedarse a mi lado pero sí igual de romántico, Fayna se sienta a horcajadas sobre mí y procede a sacarme la camiseta por la cabeza.
La pierdo de vista un momento y luego de nuevo la tengo delante, porque ni he pestañeado, no vaya a ser que se me esfume o sea uno de los muchos espejismos que las sombras de esta cueva proyectan.
Pero no lo es, porque la toco y está caliente.
Ardiendo. Deshago el nudo que mantiene la parte de arriba del biquini en el sitio y lo deposito con cuidado junto a mí.
Mis manos acuden directas a sus pechos, los pulgares sobre los pezones erectos; luego mis labios entreabiertos, por último mi lengua.
Fayna me cubre la cabeza con las manos y me invita a continuar acariciándome la nuca con las uñas, haciéndome cosquillas en la cara con los mechones de pelo más conservadores; los que quieren cubrirle el torso como cubriría la melena la desnudez de una sirena.
Su piel ha preservado el sol que, como un admirador obsesivo, la ha estado siguiendo con su caricia indirecta.
Pero para admirador obsesivo yo, que soy el que la abraza por la cintura para acercarla más porque quiere fundirse con ella.
La siento con propiedad sobre la costura del bañador, ahí donde mi erección ruega atenciones que Fayna no tarda en darle apoyando la palma encima.
Suspiro con la primera caricia de su mano a mi polla y levanto la cabeza para recibir el beso que me había estado reservando.
Me gusta tener que echar la cabeza hacia atrás para probar su boca.
Me gusta la sensual condescendencia de la que imprime el gesto de tomarme de la barbilla para acercarme más.
Me tienta con besitos en la comisura, en el arco de Cupido, me desespera al sonreírme muy cerca de los labios, divertida con mis ansias desesperadas por otro beso de verdad.
Fayna roza su nariz con la mía, un movimiento coqueto a la par que tierno, y mi corazón brinca deseoso de agarrar las riendas. Hundo los dedos en sus nalgas y le tiro de la parte de abajo del bañador, pero justo cuando voy a acariciarla entre las piernas, ella se separa de mí y se arroja al agua.
Espero a que emerja con el alma en vilo, solo para asegurarme de que ha sido premeditado y no ha perdido el equilibrio.
Por el guiño que me lanza desde las corrientes, asumo que me está provocando y no dudo en seguirla haciendo lo mismo.
Me lanzo con ella y salgo detrás de la breve estela de espuma marina que deja en los dos metros de recorrido que me aventaja.
La alcanzo enseguida y la rodeo con los brazos.
Nos mantengo a flote pataleando bajo la superficie para no soltarla.
Y la beso de nuevo. Y otra vez. Y por qué no una tercera.
Fayna no me abraza; sus manos se mueven como aspas para no hundirse, como si yo fuera a permitir eso.
Se empieza a reír, no sé si por la alegría histérica del momento o por qué, y yo aprovecho para besarla en la cara y en las sienes y morderle una oreja, y el cuello también, y así con una insistencia y un hambre que al final tiene que dejar de carcajearse y tomarme más en serio.