¡Esto no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 1) Capítulo 27 #2
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Capítulo 27 #2

Fayna aprovecha este momento en el que he perdido toda conexión con lo que me rodea para cogerme de la mano y traerme de nuevo al mundo, ponerme los pies en la tierra.

Tengo que parpadear varias veces para enfocar la vista y distinguir su rostro, no ya de entre las sombras parciales de la cueva, sino de entre todas las caras conocidas que se arremolinan a mi alrededor como máscaras africanas en la pesadilla que es este recuerdo.

—Ahora está bien.

Eso es todo lo que dice. Y no sé si es porque lo dice en su tono de las sentencias —y entonces no hay más que hablar—; no sé si es porque es ella quien me ofrece consuelo, y con «ella» me refiero a una persona que nunca miente ni pretende agradar, o se debe a que, al final, esa es la verdad, Laia está bien ahora, pero su sencilla declaración basta para que me regrese el alma al cuerpo.

—Me preocupa que crezca aislada del mundo y que ese aislamiento se cronifique, para colmo, en Ibiza; en la isla que es la casa de mis padres.

Pero viendo cómo la han tratado fuera del entorno familiar...

Nunca sé qué es lo mejor para ella, si te soy sincero.

Es la persona más inteligente que conozco.

Inteligente, lista y culta —subrayo—, que no son la misma cosa.

Reúne todos los requisitos. Todavía está decidiendo qué va a ser de mayor.

—Con la mano que no tenemos entrelazada, busco el móvil en el bolsillo del bañador y lo desbloqueo para enseñarle mi fondo de pantalla.

Es la fotografía más reciente que tenemos—. Mira. Esta es Laia.

Sé que Fayna está viendo lo mismo que veo yo porque se le ilumina la cara.

¿Cómo no se te va a iluminar la cara? Laia es una princesa, una muñeca y una bailarina de ballet; todas esas cosas que las niñas exclaman que quieren ser con aire soñador cuando les preguntan a qué les gustaría dedicarse de mayores.

En la foto salimos los dos abrazados y con las mejillas pegadas.

Yo tengo los ojos cerrados y una estúpida sonrisa de gañán, porque no puedo evitar hacer el imbécil a su alrededor.

Ella mira a la cámara exagerando una mueca de «por favor, que alguien me salve», pero sin dejar de sonreír.

Lleva el gorrito de punto calado que se pone para disimular la brutal pérdida de cabello, pero aun así le asoman algunos mechones rubios, herencia de nuestro linaje germano.

Como suele suceder con un sorprendente porcentaje de isleños, está pálida como la tiza porque, pese a tenerla al lado, no pisa la playa en todo el año. La piel cremosa le destaca los ojos azules y pone la guinda a su aspecto de reina nórdica.

—Es muy alta, ¿no?

—Medirá uno setenta y cinco, sí.

Agradezco que no me salga con lo que me han salido todas las personas a las que les he hablado de Laia, que no son muchas pero sí más de las que merecen conocer el milagro de su existencia: «Podría ser modelo».

Hay pocos comentarios que me asqueen tanto como ese. No ya por los problemas alimenticios asociados a la industria de la moda, sino porque la altura fue la base del acoso que sufrió en el instituto antes de que cometiera el delito de engordar unos kilos por estrés.

Y si empezamos con el «podría ser», pues mira, es que mi hermana podría ser cualquier cosa que le diera la gana. Modelo, ingeniera de la NASA o Dios mismo.

—Ahora entiendo por qué dijiste en la cala de Fuerteventura que era una historia que no te correspondía contar —confiesa Fayna—, pero no lo comparto.

Lo que tú sufriste a raíz de su enfermedad hace de la historia algo tuyo también.

Cuando queremos a alguien no hay una separación entre su vida y la nuestra.

»Gracias por confiar en mí —añade, y me aprieta la mano con cariño—.

Me gusta saber cosas de ti, en parte porque me acostumbraste a conformarme con la capa superficial.

Quiero decir que es insólito que te abras.

Casi tan insólito como que no lo necesite para entenderte.

A veces siento que te conozco desde hace años y otras me abruma lo poco que sé de tu vida.

—No le hagas ni caso a esa segunda corazonada.

Sabes muchas cosas sobre mí. Sabes que tiendo a imponer mi criterio, un rasgo que ya habrás descubierto que me viene del privilegio.

Sabes que puedo ser medio manipulador y medio condescendiente, y eso si me miras con un solo ojo.

Sabes que me gustan los libros de Anagrama, que escucho reguetón y también indie , que mi hermana es la persona que más quiero en el planeta, que soy un genio de las audiovisuales...

—También eres fleje modesto —se ríe.

—La modestia nunca te lleva a ninguna parte.

De hecho, es la garantía de que te vas a quedar en tu puta casa o de que si sales no vas a llegar ni a la vuelta de la esquina.

¿Qué más quieres saber? Yo te lo cuento.

—Me giro hacia ella para no tener que seguir conformándome con su perfil—.

Mi sueño es ser como Robert Rodríguez: director, guionista, productor, cámara, montador, músico y hasta responsable de efectos especiales de una película tan épica como Abierto al Amanecer , aunque mi cineasta favorita sea, con diferencia, Solène Delorme, una genia del cine independiente europeo.

Podría estar comiendo burritos hasta reventar.

Y kebabs. Y gyros. No sé qué tiene la comida en formato flauta y los rellenos que rompen el estómago, pero me vuelve loco la combinación.

De pequeño no me dejaron adoptar un gato, así que convencí a un amigo de que se llevara a su casa a uno callejero que nos encontramos y estuve yendo a visitarlo cada fin de semana durante cinco años, que fue lo que aguantó.

Soy uno de los orgullosos mil y pico oyentes de Spotify del grupo musical Ressonadors.

Perdí la virginidad con catorce años con la hija de unos amigos de mis padres.

Fue un desastre y encima se obsesionó conmigo a partir de entonces.

Vaya verano más malo me hizo pasar, macho.

Me montaba unos pollos delante de todo el mundo que...

Mejor ni hablo. Y sí, fui un bully de mierda durante la adolescencia, pero como tantos otros defectos que tenía, fue mi hermana quien me lo quitó: no tardé en arrepentirme de mis pecados y cambiar por completo la forma de comportarme cuando me enteré de que se burlaban de ella en el instituto.

La vida tiene una forma muy curiosa de ponernos en nuestro lugar —concluyo en voz baja.

Me recupero enseguida inspirando e irguiéndome con energía—. Te toca.

Ella tarda en reaccionar, gratamente absorbida por mi breve disertación.

Sé que quiere hacerme preguntas para ampliar información, pero se contiene porque sabe que ya he excedido mis límites autoimpuestos entrando tan fuerte con la historia de mi hermana.

Se lo veo en los ojos: el agradecimiento porque haya confiado en ella, la sorpresa de descubrir que no soy tan perfecto como me vendo, y, sobre todo, la complicidad al comprender que somos muy parecidos.

Fayna es reservada y celosa con sus historias para no dormir, pero yo también.

—Pues... —Se muerde el labio, pensativa—.

No puedo recordar un momento de mi vida en el que no tuviera perro.

Llegué a tener dos al mismo tiempo. Todos suelen morir de forma traumática: los atropellan, me los envenenan, sufren una crisis renal repentina y hay que dormirlos...

—Después del duro golpe, se lleva la mano a la espalda y sonríe, divertida, con un recuerdo—: Me tatué el nombre de mi exnovia en la nuca y me lo quité con láser seis meses después.

Duramos nueve, pero súmale el medio año que tardé en superar la ruptura.

Estaba con ella cuando me hice viral en redes y no pudo soportar lo que decían sobre su apariencia y su estilo en internet, así que lo dejamos por su paz mental.

Siempre la querré muchísimo, pero entendí enseguida que la persona que esté conmigo debe ser más fuerte que eso.

»En el instituto se me daban de lujo las mates.

Creo que es lo que habría estudiado en la universidad si hubiera podido.

No me entusiasma ser influencer , pero siento que es mi deber aprovechar el tirón para denunciar las injusticias.

Si no hubiera nacido canaria, me habría gustado ser gallega, y eso que nunca fui a Galicia, pero es uno de esos lugares del mundo que te apelan, en los que sientes que se halla tu destino, ¿sabes?

Mi canción favorita es La Cura de Frankie Ruiz.

—Asiente conforme arroja los datos, validando su veracidad.

Me mira a los ojos—. En realidad debería llevar gafas.

Tengo uno veinticinco y cero setenta y cinco de miopía.

De pequeña coleccionaba piedras volcánicas: traquita, olivino, pumita, obsidiana, basalto...

Dejé de hacerlo porque, durante una borrachera, mi padre las agarró para tirárselas a mi madre.

Una le dio en el hombro. Otra le rompió el retrovisor del coche mientras se iba.

Y creo... —añade después de tragar saliva, sosteniéndome aún la mirada—.

Creo que me gustas lo suficiente como para asumir las consecuencias.