Capítulo 27
Cesc
No debería sorprenderme que Fayna conozca los rincones secretos de la isla de su padre. Y no lo hace, como tampoco que nos conduzca sin esfuerzo a una cueva marítima.
Lo que me produce una honda impresión es la entrada a la misma. El silencioso paseo hacia sus entrañas, tan solo interrumpido por el rumor de las aguas más tímidas, me manda de cabeza a una película de Piratas del Caribe .
O a cualquier filme que se preocupe de evocar una atmósfera de leyenda.
Entre el eco gutural proyectado gracias a las superficies cóncavas y rocosas y el incesante goteo de las humedades, parece que acabe de abandonar el mundo para cruzar al siguiente.
Una impresión similar debieron sentir los pasajeros de la barca de Caronte conforme se adentraron en el Hades.
Pero no solo el misterio o la oscuridad impregnan la cueva.
La luz dorada del día se filtra oblicuamente por las grietas del techo, veteando las suaves ondulaciones del agua más turquesa que haya visto antes.
Nunca me he considerado cristiano, pero si Dios existe, este tiene que ser uno de los lugares por los que ha pasado.
Aunque no le veo la cara a Fayna, sospecho que comparte conmigo la sensación de estar penetrando en un rincón sagrado.
No habla. Rema con lentitud, como si temiera perturbar el oleaje de la cueva o a los dioses que aquí se alojan.
Levanta la cabeza hacia el techo erosionado, la dirección en la que crecen los líquenes que uno esperaría ver devorando el casco de una embarcación maldita.
La roca basáltica de la cueva nos recuerda dónde estamos: en una de las islas ígneas y volcánicas de la Macaronesia.
Fayna detiene el kayak en la pequeña orilla natural de la cueva. Puede incorporarse con agilidad, atarlo al extremo agrietado y puntiagudo de una roca y tomar asiento en el borde del escaso terreno irregular, que asombrosamente tiene forma de banco.
Podríamos tendernos con toda comodidad si quisiéramos, y la verdad es que quiero —con ella encima, por supuesto—, pero por el momento abrazo la prudencia y solo la imito.
—¿No me vas a decir dónde estamos?
—No —contesta sin dudar. Contemplo su perfil con una mezcla de perplejidad y sorna—. Así no puedes hablarle a nadie de su existencia. Y ni mucho menos traerlo —añade.
Se me escapa una carcajada incrédula.
—¿En serio crees que querría traer a alguien aquí? ¿A tu reino? ¿O estar en un sitio así con una persona que no seas tú, si a esas vamos?
—¿Y por qué no? ¿Qué hay de tu hermana?
La sonrisa va agonizando en mis labios.
Apoyo las manos a mi espalda y desvío la mirada al reflejo de la luz en el agua.
Es curioso cómo un lugar tan aislado y primitivo puede seguir recibiendo el influjo del sol. Nada, por secreto, inaccesible u oscuro que sea, escapa a la esperanza del nuevo día.
Es un consuelo.
—Me encantaría venir con ella —reconozco al cabo de unos momentos—, pero es poco probable, por no decir imposible. Mi hermana nunca va a sitios que la obligan a ponerse un bañador o una prenda ajustada.
—Comprensible —responde con brío. Se abraza las rodillas y apoya la barbilla entre ellas, la mirada apuntando al misterioso fondo del mar—. Imagino que a su edad estará teniendo uno de esos clásicos episodios adolescentes de dismorfia corporal.
Mi sonrisa, que ya estaba herida de muerte, se tuerce hacia el despecho y la ironía.
No es culpa de Fayna. Comprendo que se sienta en la obligación de darme conversación para que no se me ocurra volver a mencionar lo que pasó anoche, no se diga exigirle una decisión definitiva sobre nosotros.
Pero ¿debe ser mi Laia el tema-escudo?
Fayna no puede saber que se interna en terreno pantanoso. Por desgracia para ella, hoy me siento lo bastante fuerte y atrevido para ponerla en su lugar con nada menos que la verdad.
—Va a cumplir dieciséis este año y a los trece años le diagnosticaron anorexia, así que yo no diría que la dismorfia sea un episodio aislado en la vida de Laia. Aunque en teoría está fuera de peligro, el psiquiatra no se atreve a darle el alta aún.
Fayna se gira hacia mí bruscamente.
—¿Qué?
Me río por lo bajini con desgana.
—Vaya, he dejado a La Fayna Silvestre sin palabras.
Esa hazaña valdría más en mi currículum que ningún premio internacional —bromeo para restarle hierro al asunto.
Pero el «asunto» es la vida de alguien, así que no hay hierro que se pueda restar—.
Por resumir mucho la historia, digamos que el acoso escolar y la anorexia de tu propia madre son un cóctel explosivo cuando eres una niña reservada y altamente sensible.
—Agacho la vista hacia mis piernas, que descruzo y vuelvo a cruzar.
Solo para darles alguna utilidad. Siempre he pensado que, si te mueves con fluidez mientras hablas, pareces más desenfadado y seguro de ti mismo—.
Venir de una familia con dinero no la salvó de sufrir un infierno el primer año de instituto.
Soportó desprecios un año entero hasta que no pudo más y cayó en una espiral de autocastigos. Se torturaba a través de la comida.
»Pero ni quiero ni puedo entrar en detalles.
Al menos ahora está estable. Consiguió convencer a mi padre de que le dejara hacer Bachillerato desde casa, y entre que ha perdido de vista a los responsables de su sufrimiento y que las empleadas del hogar pueden vigilar que se alimenta las veinticuatro horas del día, la cosa está encaminada.
—Dios mío.
Fuerzo una pequeña sonrisa de circunstancia y me miro las manos, que no he dejado de frotarme y toquetearme, como siempre que me pongo nervioso.
Laia también tiene este vicio. Y debe ser un vicio integrado en nuestro ADN , porque ya puedo asegurar que en los últimos tiempos no he pasado suficiente tiempo a su lado como para contagiárselo o que ella me lo contagiara a mí.
Mi intención era parar ahí. Nadie tiene por qué conocer el historial médico de mi hermana.
Primero, porque es un proceso doloroso que solo le corresponde contar a ella.
Segundo, porque es una Montseny, y a la prensa española le encantaría escribir en sus medios que la pequeña ibicenca es infeliz, no sé si para consolar al ciudadano medio —«¡Miren!
¡Hasta los ricos sufren!»— o por simple y llano morbo.
Pero siento que esta cueva aislada del resto de la naturaleza es una suerte de acantilado al que se vienen a gritar los secretos, la grieta en la piedra donde Maggie Cheung susurraba su amor frustrado en In the Mood for Love .
Y siento, también, que Fayna es la que obra el hechizo necesario para que yo me crea a salvo.
—El año pasado sufrió una crisis aguda que casi se la lleva por delante.
Estuvo dos meses ingresada en el hospital, uno para recuperarse y otro porque los terapeutas estaban convencidos de que requería un seguimiento especializado.
Yo no supe que estaba tan mal hasta que llegué a la habitación y la vi...
—Tengo que dejar la frase al aire para que no se me quiebre la voz—. La vi, dejémoslo ahí.
»Fui tan egoísta. Yo ya me había independizado para cuando tuvo lugar la debacle.
Te leí mi currículum, ¿no? Audiovisuales en Madrid después de salirme de Empresariales a espaldas de mis padres, máster en Barcelona, prácticas en Londres.
Apenas pasaba por Ibiza. Como evitaba estar en casa el mayor tiempo posible, no me di cuenta de lo que ocurría.
Mi hermana es tremendamente inteligente, además.
Comía delante de mí, se maquillaba para disimular las ojeras, vestía ropa ancha.
Pero no puedes disimular que cada vez eres más pequeña, más frágil.
Estoy seguro de que si no hubiera cortado lazos con mis padres la Navidad previa al principio del fin, al abrazarla habría notado que de ella solo quedaban los huesos.
Fayna no ha apartado la vista de mi perfil ni un segundo.
Se recoge detrás de la oreja el mechón que se interpone entre los dos.
—¿Qué quieres decir con que cortaste lazos?
—Tenía discusiones periódicas con mis padres sobre mi futuro.
Quien dice «periódicas», dice cada vez que nos veíamos.
Un día simplemente me harté. Bueno, no te voy a negar que me harté cuando ya tenía suficiente dinero ahorrado para mantenerme y había comprado el material técnico para producir mi primer corto —reconozco con una sonrisa abochornada—, pero en fin.
Me largué para no volver dando un portazo, jurándome al más puro estilo Scarlett O’Hara que no volvería a pasar por allí —evoco la pose teatral de Vivien Leigh con el puño en alto.
—¿Pero?
—Pero Laia estaba con ellos. Apoyaba al cien por cien mi decisión, ¿eh?
Me decía que era más importante que yo defendiera mis principios que seguir poniendo el culo solo para verla un par de días en las fiestas nacionales.
Me prometía que recuperaríamos el tiempo perdido en el futuro, cuando fuera mayor de edad y tuviese plena libertad de movimiento.
Y yo la creía, en parte porque me convenía.
No quería regresar a Ibiza por nada del mundo.
Era feliz pateándome el Barrio Gótico, montando fiestas cutres en mi piso compartido; haciéndome llamar Cesc y no Xicu para honrar mi renacimiento.
—La sonrisa se me amarga, pero ahí sigue, haciendo temblar mis labios—.
No tiene un pelo de tonta, mi hermana. A Laia le convenía incluso más que a mí que no nos viéramos. Quería morirse sin que yo lo viera.
—No digas eso —murmura Fayna.
—Es la verdad. Cuando mi madre me llamó por teléfono y me dijo que estaba ingresada, al principio no me lo creí.
Siempre digo que estaba tan nervioso cuando pasé por delante de su habitación que no la reconocí, pero no la reconocí porque estaba irreconocible.
Pesaba diez kilos menos que la última vez que la había visto, y la última vez que la había visto ya me había peleado con mi madre porque sospechaba que podría tener la culpa de...
Me interrumpo para tomar aire.