Capítulo 26
Cesc
Antes de abrir los ojos, ya sé que no la voy a encontrar a mi lado. Ella es bastante más firme que yo en sus determinaciones, y la de ayer me la dejó muy clara. Necesitaba pensar.
Por desgracia, el menda no podía permitir que lo hiciera e improvisó una de sus sensuales acrobacias para separarle la mente del cuerpo.
¿Por qué? Porque esa dichosa —y bendita— mente suya trabaja en mi contra las veinticuatro horas del día.
Apuesto a que en un rincón de su cabecita tiene colgada una enorme fotografía mía sobre la que puede leerse « SE BUSCA CRIMINAL POR COMETER EL DELITO IMPERDONABLE DE HACERME CUESTIONAR MI IDEOLOGÍA.
¿RECOMPENSA? LA QUE SEA CON TAL DE QUE LO APARTEN DE MI VISTA ».
Suerte con eso, guapa.
Me visto de acuerdo a la etiqueta de hoy —bañador y camiseta— y acudo al encuentro del equipo en el flamante comedor del hotel.
Como viene siendo costumbre, localizo a Fayna antes que mis propios pies.
Está echando un vistazo a las viandas del bufé con esa cara de concentración que solo se le ve al presidente del gobierno supervisando sus notas durante una rueda de prensa.
Aunque todo apunta a que voy a recibir próximamente y de su mano el diploma de Primer Rechazo Amoroso de mi Historial Sentimental, se me escapa una sonrisa arrebatada de ternura.
Pocos saben que La Fayna Silvestre se toma tan en serio los desayunos que parece que esté eligiendo con qué arma acudir a la batalla en vez de si decantarse o no por el bizcocho con leche vegetal.
Sé lo que va a escoger, aun así, antes de que me sea revelado el contenido de su bandeja. Suele empezar con una pieza de fruta tropical —mango, a poder ser—, pero si se siente poco inspirada o no tiene mucha hambre se pilla un plátano y a volar.
Por cierto: hay que verla mirando la cáscara de hito en hito y sopesando su dureza para discernir si estará lo bastante maduro, y lo está porque su método es infalible.
Superpoderes de chica canaria, supongo.
A menudo acompaña sus comestibles con dos vasos pequeños de zumo de naranja.
Siempre son dos pequeños y no uno. Le gusta bebérselo recién exprimido y como un chupito.
Dan ganas de preguntarle si es que nadie le ha dicho todavía que es mentira eso de que, si no te lo pimplas rapidito, pierde las vitaminas.
La única ocasión en la que el servicio de desayuno ha ofertado bollería vegana, la he visto dar un saltito de ilusión y coger hasta cuatro galletas con pepitas de chocolate.
Luego guardó otras cuatro en una servilleta para luego.
Fue divertido verla encogerse como Gollum con el Anillo, mirando con avaricia su preciado tesoro, para acto seguido justificarse: «Está pagado, ¿no?
Y si no te las comes tú, las van a tirar, ¿no? Pues eso, mi niño».
Paso por su lado para prepararme el café solo, lo único que me entra en el cuerpo de buena mañana, solo para confirmar que la actitud de hoy va a ser, redoble de tambores, La Indiferencia: Fayna se pone firme con mi proximidad y levanta la cabeza para averiguar quién es el atrevido que la ha rozado «sin querer».
No llega a sostenerme la mirada. Gira la cara después de darme los buenos días con un escueto asentimiento y a continuación se reúne con el equipo en la mesa redonda del fondo.
También logro anticipar la que será su postura antes de que tome asiento.
Fayna siempre coloca el tobillo debajo de la pierna contraria.
Es la posición que encuentra más cómoda, sobre todo si pretende abstraerse en sus pensamientos mientras come.
Me recuerda a un chiste inofensivo que circula en internet: sostiene que los bisexuales se sientan de las formas más creativas, por no decir absurdas.
Habrá quien piense que soy muy observador.
Otros opinarán que poseo las dotes de adivinación propias de una tarotista, porque podría decir qué va a hacer y cómo se va a comportar una hora antes de tiempo.
No soy ni listo. Soy un cabrón enamorado, y lo único que pienso es que Fayna se equivoca al repetir que es una locura planear un futuro juntos.
No somos dos desconocidos. Yo ya sé quién es.
Sé cómo reacciona cuando se enfada: haciendo bomba de humo hasta haberse autorregulado...
, a no ser que yo la persiga o la frene, que entonces se vuelve arisca y cortante y dice lo que piensa sin ambages.
Sé cuáles son los rellenos de su arepa preferida, una asquerosa combinación de aguacate, mayonesa y millo —que en catalán se llama blat de moro , y en Ibiza algunos lo llamamos dacsa —.
Sé que es solitaria, reflexiva y justiciera, y nunca habla si no es para decir algo que cree que merece ser pronunciado.
Sé que solo se pone romántica —y eso son palabras mayores— cuando la tiendo sobre el costado y me la follo por detrás, por eso siempre la tiendo sobre el costado y me la follo por detrás...
hasta que me vence el deseo de mirarla a la cara y tengo que darle la vuelta.
A veces hemos pasado por delante de un coche o del cristal de un escaparate, y ahí donde Cancán y Karen se paran para comprobar que no se les han despeinado las cejas y corregir su postura corporal sacando pecho y caderas, Fayna pasa de largo sin prestarle atención a su imagen.
Ella diría que se debe a su falta de coquetería o superficialidad, pero a mí me parece, más bien, una prueba de su privilegio: está tan acostumbrada a ser guapa que no piensa que haya nada que mejorar en su apariencia, incluso si le convendría peinarse un mechón que ha amanecido con ganas de desafiar la gravedad.
Como hoy.
—¿Me puedes pasar el agua, Karen? —pregunta Candela en inglés.
— Sure.
El agua está más cerca de Yasen que de nuestra norteamericana, pero nadie se atrevería a señalar lo obvio.
La atmósfera es la misma que la que cabría esperar en la cena de Navidad de la película francesa Dios mío, pero ¿qué te hemos hecho?
, y estoy intentando averiguar por qué cuando recuerdo que nos intercambiamos las habitaciones para poder enfrentarnos a nuestras respectivas mujeres mosqueadas.
Me fijo en las expresiones de ambos profesionales. Cancán unta mantequilla en su tostada forzando una indiferencia antinatural en ella. Yasen no levanta la vista del cuenco, de donde va cogiendo cereales uno por uno como un pajarito.
Parece que ellos tampoco han resuelto sus diferencias.
— So! —exclama Karen. Da una palmadita enérgica—.
Today is kayak day, right? —Espera a que alguien responda que sí.
Tengo que ser yo, porque los otros tres están disociando.
Karen fija en mí su mirada de espanto ( fair enough) , que combina con una sonrisa que pretende suavizar la tensión ( fair enough too )—.
That is so cool, don’t you think? So, so cool.
—Very cool, sí.
— Amazingly cool. The coolest! Don’t you agree with me, friends? Let’s make a toast! — Esto casi lo aúlla con voz de pito. Levanta su cóctel mimosa mostrando hasta la última de sus relucientes carillas—. To kayaks, our islands and, most of all, our beautiful friendship!
Candela responde al brindis levantándose sin terminar la tostada.
Se encamina, bandeja en mano, al punto de recogida de vajilla usada.
No informa a nadie del lugar al que se dirige, al menos enseguida.
Al poco rato recibimos un mensaje por el grupo de WhatsApp recordándonos que estará lista para salir a la playa en diez minutos.
Yasen se queda mirando el wasap con el ceño fruncido. Cuando la pantalla está a punto de apagarse, pulsa de nuevo la pantalla para seguir contemplando esa inexplicable combinación silábica que le debe de parecer extraída de la Piedra Rosetta.
—¿Qué habrá querido decir con eso? —murmura, vacilante.
O su pareja le dice exactamente lo que piensa cuando lo piensa, o llevan seis años comunicándose como los emperadores romanos: pulgar arriba, pulgar abajo.
De lo contrario, no entendería el hecho cada vez más alucinante de que esté ennoviado.
—Creo que quiere decir que estará lista en diez minutos —contesto.
Fayna es la siguiente en levantarse. Firme a la vez que distraída, repite lo que ha dicho Candela y se marcha sin prisa.
La veo partir con un suspiro de anhelo bloqueándome la garganta.
Luce un vestidito de crochet que se le ciñe a la cintura y las caderas como una segunda piel.
De lejos y con los ojos entrecerrados, parece que esté desnuda.
La tela es del mismo tono que su bronceado, a diferencia del biquini negro que lleva debajo.
¿Habría sido mucho pedir que nos despertáramos abrazados el uno al otro y me dejara demostrarle que me gusta y me excita hasta cuando está soñolienta y de mal humor?
Yasen sigue murmurando Dios sabe qué por lo bajini.
Podría ser un pensamiento que no termina de decidir si compartir con nosotros o el sistema de ecuaciones con el que pretende resolver este sencillo problema personal.
Aparta la silla también y, rascándose la nuca y recolocándose las gafas sobre la nariz, abandona el comedor.
— What is going on? —pregunta Karen en cuanto nos quedamos a solas, alarmada—. Why are you all acting like you fucked each other last night?
Aunque me dan ganas de inquirir quién se habría follado a quién en tal caso, porque las combinaciones son infinitas, la apaciguo con una palmadita en el hombro.
—¿Por qué lo dices?
— Vibe is off! Can’t you tell? —Se recuesta contra el respaldo, pensativa, y deja de morderse el labio para corregirse—. Maybe I’m wrong. Maybe the problem is precisely that you guys haven’t fucked each other enough.
Cabeceo con aire nostálgico y apuro el café.
—En eso estoy de acuerdo contigo, Karen. Muy de acuerdo.