Capítulo 25 #4
Sé que su mirada apunta al techo. Yo sigo dándole la espalda con los ojos ya adaptados a la oscuridad de la habitación. Me invade la terrible sospecha de que puede oír con claridad los latidos de mi corazón, que delatan lo que siento sobre la tesitura en la que nos encontramos.
Su olor corporal mezclado con el aroma del gel de ducha, el mismo que he utilizado yo, me llega a las fosas nasales como un recuerdo lejano que me resulta reconfortante.
Pero en lugar de relajarme, me tenso más aún.
Siento su proximidad igual que la amenaza de un espía. Le escucho respirar de forma irregular. Él también está intranquilo. No sé si eso me desinquieta o me alivia.
Para cuando me quiero dar cuenta, he bajado la guardia. Y Cesc, que es un sabueso cuando se trata de oler mi disposición o falta de ella, me pasa un brazo por la cintura como si no quisiera que me diese cuenta.
«¿No habías dicho que ibas a comportarte, mi niño?», debería espetarle. Pero se me forma un nudo en la garganta que va a peor momentos más tarde, cuando me retira el pelo de la nuca con cuidado para apoyar ahí los labios, en el triángulo de vello más susceptible de escalofríos de todo el cuerpo.
Él no se mueve durante unos segundos, sospecho que para asegurarse de que no me opongo a su acercamiento.
Con la misma discreción con la que Cesc hunde la nariz en mi melena, yo guío las caderas en dirección a las suyas.
Aprovecho que estamos a oscuras y le estoy dando la espalda para poner una mueca de fastidio: «No hay quien te tome en serio, Fayna».
Pero se me olvida emprenderla a reproches contra mí en cuanto oigo el levísimo suspiro aliviado de Cesc.
Alarga la mano que me rodeaba bajo las sábanas y la introduce entre mis muslos.
Aguantando la respiración, los separo lo justo para que acomode los dedos contra mi sexo y presiono las piernas una vez los tengo atrapados.
Me muerdo el labio para no hacer ruido mientras muevo las caderas despacio, despacio, muy despacio, utilizando su mano acorralada para darme placer.
Nervioso por no poder hacer nada, Cesc pega su torso a mi espalda. La camiseta se me ha levantado con el ajetreo y él no lleva ropa interior bajo el pantalón; no tiene que esforzarse para hacerme notar la dulce presión de la erección contra mis nalgas.
Lejos de detener la fricción, continúo trazando círculos sinuosos, cada vez más rápido, para frotarme con todo lo que se me ofrece de Cesc, los dedos inmovilizados y el miembro, y pronto también con la mano que cuela en el hueco entre la almohada y mi cuello para cubrirme la boca.
Rozo los labios contra su palma, levemente húmeda por el sudor que empieza a impregnarnos la piel, y saco la lengua para recorrer intuitivamente las líneas de la palma.
Él la aprieta contra mi boca y yo le muerdo con suavidad el borde.
No se queja. Tampoco hay sonidos por mi parte. Solo se oye la caricia de la sábana al deslizarse sobre nuestros cuerpos. Las respiraciones entrecortadas.
Separo los muslos cuando siento que no puedo más, y él, ni corto ni perezoso, aparta la mano para, imagino, bajarse el pantalón.
Espero con la cara ardiendo y el pulso acelerado lo que sé que viene ahora: la caricia del prepucio entre mis pliegues.
Apenas retira la tela de las bragas para entrar en contacto con mi sexo mojado.
Al principio solo me provoca superficialmente.
Se empuja hacia mí y se lo piensa mejor, vuelve a amenazar con penetrarme y se retira.
Todavía me cubre la boca con la mano izquierda, así que no puede oír mis débiles protestas, pero de seguro las presiente en la vibración de mis labios y el choque de mi aliento contra la palma.
Tengo que apretar los labios sellados para no jadear cuando por fin me penetra muy despacio. Con un brinco apremiante, echo las caderas hacia atrás para que me colme antes.
Cierro los ojos y me olvido de todo lo que no es Cesc embistiendo desde atrás con una paciencia sagrada.
Me agarro a la muñeca de la mano que aún pretende silenciarme y levanto la rodilla para facilitarle la invasión.
Él lo agradece cogiéndome del muslo y manteniéndolo en alto para insertarse profundamente.
Me estremezco y suspiro en secreto contra su palma, como quien cuenta un secreto. Así me guardo para mí la lluvia de sensaciones que me produce el movimiento.
Solo tuvimos una noche antes que esta, pero fue suficiente para enseñarme a adorar cómo me folla de costado.
En otras posturas se vuelve más pagado de sí mismo, más graciosito o más violento, pero en esta equilibra todas sus personalidades sexuales a la perfección: es intenso, es concienzudo, es romántico y es erótico.
Tengo que presionar los párpados para contener un ridículo acceso de sentimiento, que en el fondo no es tan ridículo porque, a fin de cuentas, esta es la mayor intimidad que se puede compartir con alguien, y ese alguien es un Montseny.
No sé qué me perjudica más; qué es lo que hace que el sexo me esté trastornando, si el hecho de acostarme con un hombre con el que siento que no llegaré a ninguna parte o que pase esta realidad por alto para tenerlo dentro de mí aunque sea una última vez.
Como si supiera que mis pensamientos toman derroteros peliagudos, Cesc abandona mi cuerpo y me rodea el vientre con una mano para tirar y girarme hacia él.
La oscuridad me impide ver su rostro, pero su respiración me acaricia la cara, el hambre con el que me agarra me contagia sus ganas, y, aunque no lo vea, me basta con saber que tiene los ojos abiertos para emocionarme.
Al igual que yo, intenta distinguirme de la sombra, dibujar mi cara en esta noche caótica.
Me atrae hacia él por las nalgas y me vuelve a alzar la pierna para penetrarme de nuevo.
Fija mi rodilla a su cadera y así se mueve con la frente apoyada en la mía, al menos hasta que nuestros labios dejan de intentar adivinarse en la oscuridad y pueden encontrarse con un beso desesperado que sigue su propio ritmo, uno muy distinto del balanceo de nuestros cuerpos.
No sé si es por el silencio, que convierte el polvo en una experiencia sagrada, o que, aunque ya no pueda pensar en ello, la conversación —con toda su gravedad— se ha quedado estancada entre los dos enturbiando las aguas, pero la suavidad del comienzo se va corrompiendo hacia el desorden y la violencia y de pronto está encima de mí, yo clavándole las uñas en los hombros, él hundiéndose más hondo de lo que nunca haya llegado nadie.
Una gota de sudor ajeno aterriza entre mis pechos.
Cuando su boca no llega a donde quiere —la mía—, no le importa, me besa igual.
Me besa la barbilla sin querer, la mandíbula, la frente, y como no puedo decirle «por aquí sí» y «por aquí no», porque hemos hecho voto de silencio, tomo su rostro entre las manos y lo guío.
Pero Cesc también está desatado. No quiere mis itinerarios. Quiere plena libertad para hacerme lo que le venga en gana. Y yo estoy bien con eso. Me aferro a su cintura con los diez dedos, queriendo dejar mi huella impresa, y separo más las rodillas.
No lo veo, pero como si lo hiciera porque lo he memorizado.
El pecho esculpido, los hombros torneados, la cintura estrechísima; todo el conjunto brillando como si llevara el sol dentro...
y lo que lleva, en realidad, es sangre corrupta.
Gozo como nunca y me alegro de estar oponiéndome a mí misma para sentirlo, pero las emociones me oprimen también y me siento una estúpida y llorosa Julieta que teme la condenación familiar casi tanto como desea el sexo prohibido.
Es eso lo que lo hace tan intenso esta vez. Que parece un delito. O una despedida.
Cesc se corre primero. Lo anticipo por el modo en que busca mi cintura para no perder el equilibrio y, en el caso de hacerlo, no olvidar a quién tiene debajo. Yo no tardo mucho más, porque él aún permanece hundido en mi cuerpo y eso es suficiente para terminar de prender la mecha de mi orgasmo.
Ninguno va a decir nada. Y no dudo que Cesc se aprovecha de eso para hacer lo que desea, que por suerte es lo mismo que deseo yo: tenderse sobre mí al principio, todavía unidos por la cintura, y luego adaptar la postura para poder dormir sin separación posible.