¡Esto no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 1) Capítulo 25 #3
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Capítulo 25 #3

Él se calla un segundo para pasarse las manos por la cabeza. Se retira para tomar aire y pierde la mirada en la habitación, en busca del argumento perfecto, hasta que comprende que no lo hay y se deja llevar por las emociones.

—Joder, Fayna, ¿por qué eres tan complicada?

—¿Crees que yo soy complicada? —jadeo, estupefacta, y me señalo el pecho—. ¿No te parece que lo complicado son las circunstancias y el modo en que se dio todo... —hago un ademán para abarcarnos— esto ?

— Esto —imita mi gesto— que tú valoras como si tal cosa, Fayna, es esto —señala el espacio entre nosotros con el dedo índice; a sí mismo y de vuelta a mí—.

Esto —vuelve a imitar mi gesto— es esto —se da tres palmadas firmes en el pecho con mucho énfasis—.

Esto... —lo imita una última vez y acude a mi encuentro para acunar mi rostro entre las manos.

Su mirada nerviosa me escruta como si quisiera penetrar en mi mente— es lo que yo quiero. Significa algo para mí.

—Cesc...

—Las circunstancias de las que hablas son un telón de fondo. Ni sirven ni importan para nada más que para que tú las pongas de excusa para huir de mí. Todo será tan fácil como tú quieras que sea; más que nada porque yo contigo soy más fácil que la tabla del cero.

—Bueno, ¡pues yo no! —le espeto. Me protejo de él (porque no puede llamarse de otra manera, es protegerse ) cruzándome de brazos—.

Vivo sola y muy tranquila con mi perro en mi autocaravana, que mi dinero y mi paz mental me costaron.

Tengo que estar pendiente de mi padre aunque en teoría ya esté fuera de peligro.

Debo estar aquí, en mi tierra, para seguir encabezando la lucha por su supervivencia.

No voy a mudarme a Madrid porque Barajas tenga conexión directa con el aeropuerto de Ibiza, ni voy a pagar el alquiler demencial de un piso con vistas al asfalto para quedar contigo los viernes, ni me voy a hacer un alisado japonés cuando me toque conocer a tus padres, ni...

—Yo no te he pedido nada de eso —replica con los brazos extendidos en una pose conciliadora—.

No te he pedido que abras una hoja de cálculo en Excel y prepares un presupuesto de lo que te costaría incluirme en tu vida.

Solo quiero que me digas que tú también querrías seguir viéndome.

Dímelo y yo pensaré cómo lo hacemos para que no renuncies nunca a nada.

Da igual que no me pueda ver la cara a mí misma. Estoy segura de que mi expresión de terror no tiene nada que envidiarle a la del protagonista de Scream . Y es una expresión fiel a mi sentir, porque hacía años que no experimentaba una impresión lo bastante fuerte para drenarme la sangre de la cara.

No dudo que el hombre que tengo delante me guste.

Es más; «gustar» es una palabra que se queda muy corta para abarcar lo que siento.

«Estar enamorada» tampoco le hace justicia.

Es un concepto demasiado infantil y soñador considerando los planteamientos serios y determinantes que he barajado desde que me besó la primera vez, entre ellos el de buscarlo donde sea cuando todo esto acabe.

El enamoramiento es un rasgo de película Disney, es una pequeña obsesión, y Cesc no es mi hiperfijación de la semana; es una conciencia individual que se ha integrado en la mía sin que me haya dado cuenta.

He tenido que verme lidiando con el desprecio que me despierta su familia, acudiendo a cenas de Navidad con todos ellos muy a mi pesar, para aceptar por fin que no he concebido ni por un solo segundo separarme de él una vez concluyera la experiencia.

No me entraba en la cabeza que las cosas pudieran fracasar. Íbamos a salir adelante.

Algunos experimentos científicos —como el de Willis y Todorov— han demostrado que el cerebro humano tarda entre siete y quince segundos en emitir un juicio de atractivo, simpatía y grado de fiabilidad sobre su interlocutor.

Eso quiere decir que a los siete segundos de hablar con alguien, de ver cómo se mueve y cómo sonríe, ya sabes si te gusta o no.

Si elaboramos una regla de tres, no sería descabellado asumir que a las siete horas o a los siete días puede saberse también si estás enamorado de ella.

Es curioso que la ciencia sea lo que sustenta la naturaleza de mis sentimientos, que entiendo irracionales y hasta absurdos, y no esté del lado de mis argumentos objetivos, que por daño que me hagan y más que me confundan sostienen y sostendrán que no tiene ningún sentido que yo me esté imaginando cenas de Navidad en familia con el tocayo de Fábregas.

Para empezar, odio la Navidad, joder. Soy vegana, así que no como cochinillo ni rape. Y luego está el insignificante detalle de que desprecio a los Montseny del primero hasta el último.

Sacudo la cabeza en bucle, porque no, no, no, esto no puede ser.

—Fayna... —susurra él. Por supuesto, me ha leído el pensamiento, porque vuelve a rodearme la cara con las manos y me acaricia las mejillas con los pulgares.

No me atrevo a cerrar los ojos por si así delatara mi vulnerabilidad.

Como si no saltara ya a la vista que estoy vendida.

Si no lo estuviese, no aceptaría la caricia de sus labios contra los míos—. Déjate querer, por favor te lo pido.

No voy a mentir. Me lo planteo. Claro que me lo planteo. Lo de ceder a la dulce tentación de sus besos y lo de creer en sus palabras de reafirmación para visualizar un futuro en el que esta relación, si es que así puede llamarse, si es que no me sigo adelantando, funciona.

Estoy convencida de que esto ya le ha pasado a alguien en la historia de la humanidad.

Estoy segura de que un par de enamorados con familias enemistadas se fugaron juntos al poco de conocerse y apuesto a que no se lo pensaron tanto.

Apuesto a que salió a pedir de  boca, vivieron felices, comieron perdices, tuvieron doce vástagos porque siempre olvidaban ponerse condón y se enterraron en la misma fosa para que el polvo de sus huesos se entremezclara durante el resto de la eternidad.

Gara y Jonay. El Diablo de Timanfaya y su amada. Romeo y Julieta.

Pero esto es el siglo veintiuno. Las mujeres, y con «las mujeres» me refiero a mí, Fayna, no podemos permitirnos arrebatos de irracionalidad como este.

Eso de arrojarse a la aventura por amor, o de arrojarse a un vínculo más formal con un millonario ibicenco cuyos padres practican el terrorismo ambiental y social porque me gusta cómo huele, cómo habla y cómo me maneja, es una locura desquiciante.

—Me voy a dormir a otro lado —declaro. Me bato en retirada con un paso atrás.

Estoy tan mareada por el devenir de la discusión, por todo lo que se ha dicho y lo que no, que pierdo el equilibrio y Cesc tiene que sujetarme por la muñeca.

Me llevo la mano a la cabeza y cierro los ojos un segundo—. Sí, necesito pensar.

—¿Y no puedes pensar aquí?

—¿En la misma habitación que tú? Ni de coña.

—¿A dónde vas a ir, si no? —Alza las manos en señal de promesa—.

Te juro que te dejaré tranquila por lo que queda de noche, pero no vayas ahora a pedir que te cambien la habitación.

No hace falta. Sé comportarme —apostilla de forma algo brusca, no porque lo pretenda, sino porque le cuesta moderar su irritación cuando la siente de verdad.

Debería haber imaginado que pertenecía a un linaje de ricos.

Se ha comportado como un niñato caprichoso más de una vez, solo que me pasaba desapercibido porque en lugar de armar una pataleta, tiraba de sarcasmo.

No soporta que no se le dé la razón, y, cuando se la quitan, ataca.

Incluso a mí me ha atacado, solo que sin perder las formas y con el carisma por delante.

Se nota, también, que está acostumbrado a que su opinión sea la que se imponga.

Sobre todo, apuesto a que nunca se le ha pasado por la cabeza que insistir para salirse con la suya pueda entrar en la categoría de arrastrarse, como sí lo opinamos el resto de mortales que no tenemos una autoestima reforzada por el dinero burgués.

Cualquier otro chaval de su edad ya me habría mandado a tomar viento fresco por obstaculizar su conquista.

Él está tan seguro de sí mismo que no concibe que la persecución pueda poner en jaque su dignidad.

Lo de la camiseta del Hard Rock Café de Nueva York no era indicativo de nada, y las Camper que llevaba en el aeropuerto, tampoco. Pero sí el hecho de que entrase en el restaurante de estrella Michelin de Madrid sin reserva, y eso por decir algo que debería haberme llamado la atención.

Con la cabeza plagada de detalles que ahora veo que eran pistas, me meto bajo las sábanas y me hago un ovillo en el extremo derecho de la cama. Espero con el aliento contenido a que Cesc se duche, se cambie y haga lo mismo.

Estamos mayorcitos como para que le espete que le toca dormir en la alfombra o en el sillón.

Imagino que un tipo acostumbrado a las Triple King de los hoteles Mandarin Oriental y los colchones de agua tampoco sugerirá la infame caballerosidad de cederme la cama en detrimento de su comodidad.

Además; hemos explorado nuestros mutuos cuerpos.

¿Qué sentido tendría poner distancia ahora?

Pues todo el sentido del mundo, porque necesito espacio.

Pero eso no es posible en un colchón de noventa.

Ahora entiendo por qué el secreto del triunfo matrimonial de Matthew McConaughey y Camila Alves es dormir en una cama estrecha.

Un colchón que te obliga a estar en contacto con el otro te obliga, a su vez, a resolver tus diferencias antes de acostarte.

Yo intento por todos los medios no rozarme con él, pero cuando no son nuestros coxis los que se rozan, son nuestros hombros, y cuando Cesc se mueve para cambiar de postura, me pisa el pelo con el codo sin querer.

Me quejo en voz baja.

Él se disculpa.

Volvemos a quedarnos en silencio.