¡Esto no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 1) Capítulo 25 #2
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Capítulo 25 #2

Apuesto a que las novias o rolletes pasajeros que haya tenido antes lo han querido, aunque fuese en un minúsculo porcentaje, porque es asquerosamente rico.

Y si no es rico ahora por sí mismo, lo será cuando herede la fortuna familiar, a la que supongo que no ha renunciado.

Incluso yo, que me opongo al materialismo y odio la inevitable superioridad que te confiere tener una cuenta bancaria saneada, aprecio que quien haya a mi alrededor tenga pasta.

Significa que nunca se acercará a mí por razones económicas, pues no necesitará nada más que compañía y cariño, y que podremos vivir con holgura todas esas experiencias que nutren la amistad, como los viajes de verano y los cerveceos nocturnos.

Al final, por más rabia que me dé, hasta los afectos dependen en mayor o menor medida de la capacidad adquisitiva de los involucrados.

Puedes invitar a tu amigo en bancarrota un día, otro día y otro día, pero si ese amigo se pone cómodo con tus invitaciones y deja de ser agradecido o si tú te cansas de mostrarte generosa, tarde o temprano habrá un enfrentamiento.

Cualquier mujer estaría entusiasmada con Cesc, en definitiva.

Diría: «No solo es guapo, carismático, folla con pasión y te hace reír, sino que encima es millonario».

Pero yo no. Lo que yo digo es más parecido a esto: «Es guapo, es carismático, te folla con pasión y te hace reír...

, pero su familia te odiaría antes incluso de conocerte, y tú no intentarías llevarte bien con ellos porque el desprecio sería mutuo».

—¿Por qué no me sueltas de una vez lo que estás pensando y acabamos con esto?

Estaba tan sumida en mis deliberaciones internas que la pregunta de Cesc me hace respingar. Aparto la vista del espejo y la centro en él. Se ha manifestado con la mayor prudencia, sin levantar el tono, evitando que yo lo interprete como una recriminación.

Si hasta sigue entretenido doblando la ropa en condiciones, por Dios.

—¿Qué se supone que pienso, mi niño? —tanteo con pies de plomo.

Cierra la cremallera de la bolsa de viaje y se yergue para enfrentarme, cansado de tonterías. Si de verdad hubiera pretendido colgar las prendas en el armario para evitarles otra noche de arrugas, habría al menos un par de ellas perchadas.

Todavía no se ha cambiado la camiseta de algodón negra y las bermudas de camuflaje. Se le ha pegado el sol a la cara, formándole un adorable antifaz rojizo, y suda por culpa del bochorno ambiental y la humedad.

—Que te he mentido al ocultarte mis orígenes, si quieres llamarlos así.

Que odias a mi familia y a mí por extensión.

Que me he beneficiado de tu confianza a costa de traicionarte, porque seguro que si te lo hubiese dicho antes, no te habrías liado conmigo...

—Referencia otro sinfín de razones similares con un aspaviento impreciso.

Es un argumento legítimo considerando que ya le he acusado de algo parecido en el pasado, pero me duele físicamente que esa sea su visión. Yo también dejo de fingir que doblo la ropa y la introduzco en el macuto y le devuelvo la mirada con franqueza.

—¿Tan irracional e injusta crees que soy?

—Creo —mastica la palabra— que a veces te importan más las ideas que las personas. Y creo que eso es perfectamente válido, no me malinterpretes —añade con las manos en alto.

—No crees que sea perfectamente válido, no mientas.

¿Y cómo me van a importar más las ideas que las personas?

¿Para qué defiendo yo ideas de igualdad y bienestar social si no es porque las personas son lo más importante para mí?

En cualquier caso, Cesc —suspiro—, no me parece que sea la hora o el momento de hablar de esto.

—¿Y cuál es la alternativa? —Pone los brazos en jarras—. ¿Hacerme pasar una noche entera en el infierno recitando para mis adentros la cuenta atrás? Tienes clarísima la sentencia. Ahórrame las horas de angustia pronunciándola ya.

—¿Qué sentencia?

—Que soy poco más que Lucifer, o el hijo de Lucifer, y que nunca podrías plantearte volver a tocar, no se diga ya iniciar algún tipo de relación con alguien con el apellido Montseny.

Necesito que lo sueltes de una vez para poder responderte que yo no tengo nada que ver con lo que mi padre o mi abuelo hayan hecho o dejado de hacer y que llevo largo tiempo intentando desvincularme de ellos.

Lo único que impide que corte relaciones es mi hermana.

Todavía es menor de edad. Si quiero verla, tiene que ser bajo sus condiciones...

—¿En serio, Cesc? —interrumpo.

Él se yergue visiblemente desinquieto.

—¿Qué?

—¿De verdad piensas que ese es el problema?

, ¿que creo que el mal es hereditario o algo por el estilo?

No pensé ni por un solo momento que tú, un pibe que estudió Audiovisuales y se postuló para hacer este documental, tenga que ver con el menoscabo y la erosión de la costa ibicenca —jadeo en un tono que combina la mofa y la incredulidad—.

No se me ocurrió ni por un solo instante que tú, una persona con opiniones y principios propios que ya me manifestó, seas un hijo de puta que no merece ni la hora.

No somos nuestros padres. Y soy la primera que lo defiende porque, si eso fuera así, yo sería una alcohólica.

La confesión ha abandonado mi cuerpo antes de pararme a meditar las consecuencias, y mi alma se ha ido con ella. Una vez coges carrerilla en una discusión complicada, dejas de filtrar lo que debe o no debe ver la luz, y esta vez me ha perdido la boca.

No siento que esta información corra peligro en posesión de Cesc, pero aun así me pongo tensa y aguanto la respiración.

No se lo había contado a nadie.

Puede que en el instituto fuera vox populi , puede que las madres de mis amigas lo sospecharan y por eso me invitaran gentilmente a pasar las vacaciones y fines de semana con ellas; puede que tuviera que explicarle la situación a los enfermeros de urgencias del centro de salud cuando entraba cargando a duras penas sus ochenta y cinco kilos de peso, que parecen cien cuando se está rozando el coma etílico, pero ¿pronunciar el diagnóstico?

Eso, como mucho, se lo he dicho a mi propio padre en la pelea que casi nos cuesta irnos cada uno por nuestro lado.

Cesc me sostiene la mirada desde la otra punta de la habitación. Siento que también sostiene mis sentimientos con la entereza y la compasión que requieren.

Ha dejado de moverse igual que he dejado de moverme yo.

—Lo siento —dice de corazón, con un tono de voz aterciopelado y cariñoso que no le he oído nunca, ni siquiera la noche que pasé entre sus brazos.

Me opongo con todo lo que tengo, el coraje y la determinación, a las lágrimas que me humedecen los ojos.

Inspiro hondo.

—Yo no lo elegí y tú tampoco. No te juzgo y ni siquiera me enfuló que lo ocultaras, porque soy la primera que se reserva información que podría perjudicar a un ser querido.

—¿Pero?

Se me escapa una risita desinflada.

—¿De verdad te lo tengo que explicar? Cesc, ¿cómo crees que reaccionarían tus padres si supieran que tú y yo tenemos...

algo? ¿Qué dirían si, para colmo, saliéramos juntos?

Ellos son el depredador natural de la gente como yo, y yo soy su primera detractora.

No me sentaría jamás en una mesa en la que estuviera Jaume Montseny, y ni mucho menos para reírle las gracias o llamarlo suegro.

Que ya sé que adelanto acontecimientos —me precipito a aclarar.

Noto que me arden las mejillas por haber delatado que sí, he pensado en un futuro—, pero...

Cesc me acalla adelantándose para cogerme de los hombros.

—No has adelantado nada. Míranos, por favor —se ríe sin energía—. Estamos discutiendo en la misma habitación mientras nos ahuecamos las almohadas. Somos un puto matrimonio. Hay algo aquí, entre nosotros. Siempre lo ha habido.

La intensidad de su mirada me sobrecoge. Trato de esquivarla dando un paso atrás.

—Lo que vengo a decir es que haya algo o no, no es nada que se pueda llevar más lejos. Cuando uno se compromete, no lo hace solo con la pareja, sino también con su familia.

—Nunca te obligaría a lidiar con ellos, ¿me oyes?

—me asegura—. No significan nada para mí.

Creo que las únicas conversaciones largas y significativas que he mantenido con mi padre versaban sobre sus negocios.

Mi madre sí ha intentado estar más o menos presente a su manera, insuficiente, por cierto, pero nunca le perdonaré el modo en que ha tratado a mi hermana.

Mi abuelo fue un desconocido al que siempre le tuve miedo.

No son mi familia —repite con desesperación.

Nunca lo he visto así, luchando con todo lo que es y todo lo que tiene para hacerse entender—; eso es lo que te quiero decir.

Mi familia es Laia, y a Laia sí podrías adorarla.

Estoy seguro. Es una niña estupenda. Le encanta leer todo tipo de literatura.

Te sigue en redes. Es hasta vegetariana...

—Ahora el que se está adelantando eres tú, Cesc.

—Vuelvo a reírme, ahora con un tinte histérico, y me zafo de sus manos otra vez para abrir espacio entre los dos—.

Te conozco desde hace poco más de un mes.

Llevo menos de una semana conviviendo contigo.

Es demencial que te estés planteando siquiera...

—Tú también te lo has planteado o no habrías reaccionado así —vuelve a cortarme a trompicones.

Me cuesta hasta tragar saliva viéndolo fuera de sus cabales—.

¿Y qué pasa si no seguimos la regla del beso a las tres citas, el sexo al cabo de un mes y toda esa morralla de gente que persigue el concepto de un novio pero luego no quiere a nadie?

A lo mejor no nos vamos a mudar a un pisito de cincuenta metros cuadrados en cuanto acabe el documental, pero yo tengo muy claro que quiero seguir viéndote.

—Cesc —pronuncio en tono de advertencia—, me estás agobiando.