Capítulo 25
Fayna
—¿Qué quiere decir?
—Quiero decir, señorita, que han reservado ustedes tres habitaciones individuales.
Otra maravillosa gestión de Karen, que al menos tiene la decencia de agachar la cabeza y pedir disculpas a su manera boomer : fingiendo que no pasa nada pero hablándonos a todos con la bobalicona benevolencia de quien ha consumido marihuana.
Me encomiendo a Dios con una larga inspiración para no pagar mis frustraciones con quien no debo. Este pequeño error de logística no es ni de lejos lo que me ha enviado el ánimo a la más profunda capa de la Tierra. Sería injusto que lo pagara con la guiri.
—¿Nos podría conseguir habitaciones de dos? Solo para esta noche.
—Me temo que tenemos todas las suites ocupadas.
—¿Y sería posible que durmiéramos dos en al menos un par de esas habitaciones individuales?
—Tendrían que pagar el monto equivalente a otro huésped.
Agüita. Qué pesetera es la gente.
—Bueno. Cóbrenos lo que sea.
Una vez pasada la tarjeta de Javier por el datáfono, me escabullo hacia el ascensor, macuto al hombro, sin esperar a los demás.
Necesito hacer luto por la noche de disociación y soledad que me han robado al obligarme a dormir en compañía.
¿Y cómo hacerlo? Pues sumiéndome en un silencio fúnebre durante los próximos veinte minutos, los que le llevaré de ventaja a quienquiera que sea mi compañero de habitación.
Soy la primera que no quiere saber qué le pasa y ni mucho menos transmitírselo a nadie. No entenderían que me joda no poder dedicar las próximas tres horas a leer en internet y a solas conmigo misma todo lo que se ha dicho sobre la familia Montseny desde el origen de los tiempos.
No entenderían que me empute que Cesc pertenezca a la familia Montseny, empezando por ahí.
Resoplo dramáticamente nada más abrir la puerta de la suite. Ya no es que sea una suite para una sola persona; es que la cama es individual, como en el noventa por ciento de las comedias románticas que he visto y leído.
De todos los días que podía ocurrir una desgracia como esta, ha tenido que ser hoy.
No me habría desinquietado tanto dormir en compañía ni cuando me enteré de que habían sacado el piloto sin consultarme.
Entonces estaba de humor para ser sarcástica o insoportable, mi indiscutible preferencia cuando la alternativa es la de hoy: haber enmudecido por el shock.
Me refugio en la ducha con la lista de reproducción musical de mis canciones preferidas. El modo aleatorio sabe más de nuestro estado de ánimo que nosotros mismos, y lo demuestra que arranque a sonar Questioning My Mind de Ambar Lucid.
Bajo el chorro de agua ardiendo, mientras me froto el cuero cabelludo con la misma ansiedad que si tuviese piojos, asumo con irritación y ninguna deportividad que sí, un notas me tiene cuestionando lo incuestionable: mi mente, mis principios y todo lo que soy.
No puedo perdonarme que lo primero que se me haya ocurrido pensar después de destapar el pastel fuera: «¿Para tanto es? » y «Bueno, tampoco pasa nada».
Porque sí es para tanto y sí que pasa. No habría sido ni la mitad de diplomática con él ni habría ocurrido nada de lo que viene sucediendo desde que lo conozco si el primer día, en vez de decirme que se llamaba Cesc, me hubiese contado que se apellidaba Montseny.
Montseny como esos Montseny.
¿A quién se le ocurriría pensar que viene de La Familia Montseny, así, en mayúsculas?
Si Karen se hubiese apellidado Jackson o McCartney, no se me habría pasado por la cabeza que fuese heredera del rey del pop o nieta del fabuloso Beatle.
Lo habría tildado de graciosa coincidencia y habría seguido adelante con mi vida.
Quizá sea una mala comparación, aun así.
Para empezar, no pasa nada por ser hijo de Paul McCartney.
Es un activista vegano, se declara fan del ocultismo y, además, compuso Yesterday en sueños, así que al menos coincidiríamos en principios y podríamos mantener una conversación interesante sobre el arte musical.
Para seguir, es una comparación absurda porque habrá millones de Jackson en Estados Unidos y no muchos Montseny en Ibiza.
Si hubiera sometido a análisis toda referencia pasiva que Cesc ha hecho de su parentela, podría haber sacado en conclusión que proviene de un linaje de ricos cuyo éxito empresarial ha tenido lugar gracias al sangrado de la tierra y la explotación de los lugareños.
No he podido meterme en Google inmediatamente después del descubrimiento porque me temblaban las manos, pero no me hace falta para saber cómo se las vienen gastando.
Si los Montseny no han sufrido el acoso y derribo al que sometí a David Taylor, es porque tienen montado un tinglado inexpugnable y bastante experiencia arruinándole la vida a los chismosos por cortesía de su colección de abogados corporativos.
Estamos hablando de sujetos que han comprado el silencio y la condescendencia del ayuntamiento, por favor.
Aparte, ya habían cometido la mayoría de sus delitos antes de que yo aprendiera a caminar.
Al fin y al cabo, el dinero que les costó levantar su imperio se lo trajo de casa un empresario alemán —el adorable abuelito— para meter baza durante el boom del turismo hippie y los chárteres europeos.
Para cuando llegaron los setenta y los principios de los ochenta, ya había levantado tres hoteles en Ibiza.
No tardaron en salir a la luz rumores —más bien verdades como puños, si me preguntan a mí— de que había falsificado permisos de construcción para edificar en zonas protegidas.
Llegó en el momento justo. En aquel entonces no había tanto control en la industria de la construcción.
Salgo de la ducha con la cara roja, ya no sé si por la temperatura del agua o por la indignación.
Contando con que mi compañera de habitación sería Candela, cruzo el umbral tal y como Dios me trajo al mundo.
Me sobresalto al reconocer la espalda en forma de uve de Cesc.
Soy más rápida agarrando la toalla y cubriéndome con un pudor impropio de mí que él dándose la vuelta para mirarme de hito en hito.
—¿Qué haces aquí? —balbuceo, incómoda.
—Voy a dormir aquí.
—¿Qué? Se supone que Yasen y tú vais juntos, y que...
—Da un poco igual, ¿no? —Hace una pausa para cruzarse de brazos—. A no ser que tengas algún problema conmigo, claro.
—Yo no tengo ningún problema contigo —replico, y no es mentira—. Los que tendrán un problema serán Yasen y Candela, que supongo que compartirán el mismo techo.
—Al sensei le ha parecido bien que cambiemos las parejas. Quería hablar con ella para averiguar qué le pasa y ha pensado que solo acorralándola se lo diría.
—¿Acorralándola? Qué lindo eso —mascullo. Abrazada al pecho para que la toalla no se me escurra, cruzo la habitación caminando como los cangrejos—. Al menos podrías haberle cambiado la habitación a Karen y que ella durmiese con Candela. O yo.
—También podrías haber dormido tú con Yasen, pero como el que te ha visto desnuda y ha compartido la cama contigo soy yo, se me ha ocurrido que no sería un gran drama. ¿O lo es? —Espera con una ceja enarcada y el cuerpo en tensión—. ¿Es un drama?
Los dos sabemos que no se refiere a la distribución de las habitaciones.
—Ya te dije que no tengo ningún problema —replico a la defensiva.
—¿Seguro? Porque has estado muy callada en el viaje de vuelta y solo me has contestado con monosílabos. Si he hecho algo que te haya molestado, puedes decírmelo. Es lo que venimos haciendo desde que nos conocemos, ¿recuerdas? Conmigo siempre está abierto el buzón de quejas.
Me limito a poner los ojos en blanco, cansada de repetir una verdad que en el fondo tiene algo de mentira —sí tengo un problema, pero no es con él—, y regreso al baño con las bragas y la camiseta ancha del pijama en la mano para vestirme con una mínima intimidad.
Me parece que Cesc masculla algo por lo bajo cuando giro el pestillo de la puerta. Decido ignorar que lo escucho, porque el comentario se asemeja demasiado a «¿Ahora nos vamos a poner mojigatas?».
Para cuando vuelvo a la habitación con la camiseta puesta —reza ACAB: All Caseros Are Bastards , un mensaje muy desafortunado teniendo en cuenta el último descubrimiento.
Él será casero algún día... si no lo es ya—, ha desistido de interrogarme.
Trastea en su equipaje en un extremo de la suite; yo hago como que estoy terriblemente ocupada cepillándome el pelo frente al espejo más alejado que hay, echándome mis ungüentos caseros en la cara y el cuerpo y luego lavándome los dientes al ritmo de un temita de Extremoduro.
Y vaya temita. Qué pinta de indirecta.
¿Dónde vamos tan deprisa?, me pregunta su sonrisa. Si tú quieres, tengo el plan.
Eso sin contar que parecemos una pareja de casados que haya discutido durante la cena en plenas vacaciones y sea demasiado orgullosa para romper el hielo.
Salvo por el detalle de que él y yo no hemos discutido.
He ahí el problema.
Cuando nos peleamos, llegamos a un entendimiento.
Y sería muy fácil empezar a arrojarnos reproches aquí y ahora con toda la fuerza de nuestra rabia, pero no hay rabia ni por mi parte ni por la suya.
Nos hemos topado con un problema irresoluble.
Y soy muy consciente de que es un problema irresoluble porque se trata de mí, lo que me convierte a mí en el problema de Cesc.
Si fuera otra persona, no solo no sería irresoluble, sino que no sería un problema.
A lo mejor hasta lo interpretaría como una bendición.