¡Esto no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 1) Capítulo 24 #3
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Capítulo 24 #3

Candela y Yasen, que ya empiezan a emborracharse —pero ni por esas entierran el hacha de guerra, porque se evitan como la peste—, colocan las manos como el profesor de silbo les ha enseñado, formando una cueva alrededor de la boca, y entonan un conmovido oooooh .

Fayna pone los ojos en blanco y aparta la vista con esa timidez que la sobreviene cuando es el centro de atención.

O cuando a mí se me ocurre hacerle un cumplido.

—Qué cosas tienes, tolete. —Sacude la cabeza—. Seguro que Cancán leyó más de un tuit subrayando mi inferioridad física en comparación contigo, pero es demasiado buena para transmitirlos en voz alta.

—No te creas, ¿eh? En general dicen que hacéis una pareja estupenda y aportan imágenes de estos días para reforzar su tesis. Mira, te voy a buscar una para que te quedes tranquila...

No puedo sino sonreírle a Cancán por posicionarse de mi parte.

Como ha dicho Fayna, la maquilladora es demasiado transparente, para lo bueno y para lo malo.

Por eso sé que no es que quiera ayudarme a convencer a la estrella de entregarse a mí porque se apiade de mis sentimientos; es que ella es de la opinión de que debemos estar juntos.

Hace lo que cree que tiene que hacer para que se dé, ¿o qué objetivo tiene, si no, ejercer una presión indirecta citando los comentarios más favorables?

Por desgracia, se topa con uno que no le parece favorable ni de lejos. Uno que, de hecho, le arruga el ceño y cambia por completo su visión de la pareja que hacemos Fayna y yo, porque cuando levanta la cabeza es para alternar una mirada inquieta entre los dos.

La acaba fijando en mí con una mezcla de incredulidad y extrañeza.

—¿Qué pasa? —se me adelanta Fayna—. ¿Qué viste?

—No, nada. Nada malo —se apresura a responder Cancán—.

Es solo que hay algunos comentaristas en la red que conocen a Cesc y...

—su incómoda vacilación me prepara para lo que va a decir a continuación.

Lo deduzco antes de que lo especifique— y a su familia, y están...

Bueno, estos no son los que opinan que sois el uno para el otro, sino todo lo contrario.

—¿Qué quieres decir?

—Déjalo —intervengo yo haciendo un aspaviento. Pretendo que me quede desenfadado, pero a nadie le pasa desapercibida la descompensación de mi voz—. Ya hemos tenido suficiente Twitter por hoy.

Pero el daño está hecho. Habría estado hecho incluso si Candela no hubiese dicho nada. Estaba hecho antes de que llegáramos a las islas, antes de que yo conociera a Fayna y la quisiera para mí. Estaba hecho antes de que mi hermana y un servidor viniéramos al mundo.

—No sabía que eras un Montseny —confiesa Cancán con la boca pequeña—. O sea, sabía que te apellidabas Montseny, pero no que eras de esos Montseny.

Me odio a mí mismo por responder algo muy parecido a lo que Yasen le ha soltado esta mañana, solo que en un tono bastante más defensivo y con los hombros rígidos.

—Tampoco es que lo haya estado ocultando.

—¿Cómo que de esos Montseny? —se mete Fayna, a la que le he dado la espalda de forma deliberada para no verle la cara cuando todo estalle por los aires.

Me esquiva pasando por mi costado y pide prestado el móvil de Candela para echar una ojeada al tuit que me ha delatado.

El tuit que debería haber sospechado que me delataría tarde o temprano, si es que no lo hacía una revista del corazón con demasiados datos sobre mi familia o el periódico que lee la mayoría de la ciudadanía.

Sé que la metáfora está más que vista y más que usada, pero no se me ocurre nada más preciso para describir lo que me sucede.

No quiero asistir a la reacción de Fayna, no quiero estar ahí cuando me pierda todo el respeto —porque me va a perder todo el respeto—, y, sin embargo, como el que contempla un siniestro automovilístico, no puedo apartar la vista.

Mis ojos se quedan varados en el accidente sin supervivientes que es su mueca de concentración, que se va perdiendo color y ganando dureza granítica conforme lee el extracto cuyo contenido no sé si deseo que se me transmita.

Fayna baja el brazo muy despacio y a continuación me mira inexpresiva.

Durante unos momentos que se me antojan eternos, nada sucede. Es la calma que precede a una tormenta que no se desatará en todo su esplendor violento; que más bien lloverá por dentro.

Juraría que descifro cada uno de los pensamientos que pasan por su cabeza: «Yo tampoco he mencionado a mi propia familia, así que ¿por qué le reprocharía que él no haya hablado de la suya?

». «Es un Montseny, de acuerdo, y eso es terrible para mí porque yo soy yo, porque soy La Fayna Silvestre, pero no le supondría un problema a Candela, ni a Yasen, ni mucho menos a Karen».

«No es su culpa venir de una familia de hijos de puta».

«¿Lo son? ¿Son unos hijos de puta? No han matado a nadie, ¿no? ».

Todo eso queda reflejado en su rostro como las cicatrices de una quemadura.

Pero sigue sin decir nada, porque también pesan otras consideraciones.

Consideraciones que ella conoce y tendrá más que estudiadas porque es ella, porque es Fayna, pero que no le supondrían un problema a Candela, a Yasen y ni mucho menos a Karen.

Está pensando en los escándalos de evasión fiscal que han copado portadas de periódicos; está pensando en todas las veces que mi padre y mi abuelo se han librado de un proceso judicial gracias a sobornos y conexiones políticas; está pensando en la descontrolada y terrible destrucción ambiental que mi familia ha tenido que llevar a cabo desde los sesenta hasta la actualidad para seguir levantando hoteles en entornos protegidos de Ibiza; está pensando en las numerosas multas que han llegado de Bruselas por el impacto que los descuidos y violaciones legales han tenido en las praderas de posidonia y en las playas de dunas naturales; está pensando en camareras de piso cobrando sueldos míseros, en las drogas sintéticas que se popularizaron en los clubes y discotecas asociados al negocio familiar; está pensando en la impunidad que te granjea haberte codeado con mafias extranjeras; está pensando en la pérdida cultural, en la gentrificación.

Está pensando que Montseny es sinónimo de diablo.

Otra mujer no sabría nada de esto o no le importaría.

Seguramente sonreiría de oreja a oreja porque soy el heredero de la cadena hotelera más famosa y deseada de la España mediterránea, y eso se traduce en propiedades de lujo repartidas por todo el país, en una fortuna billonaria entre acciones, bienes raíces y cifras con muchos ceros en el banco; en una pareja de yates, en un armario solo de zapatos, en un chef privado.

—¿Es verdad? —es lo único que se le ocurre preguntar al final.

—Sí.

Espero su siguiente movimiento con la respiración contenida y el cuello a punto de estallar por la tensión acumulada.

Ella ni asiente ni pronuncia media palabra.

Su cabeza tiene que ser una maraña de recriminaciones hacia mí, hacia sí misma, pero también de argumentos objetivos que pretenden aplacarlos, o ya habría arrojado su segunda lata de cerveza a la basura y habría empezado el descenso de la colina muy airadamente para dejarme con un palmo de narices.

En su lugar, Fayna toma asiento despacito en el banco de piedra que concede unas vistas casi sagradas al mar y allí pierde la mirada un rato.

—¿Para qué has dicho nada? —oigo que le dice Yasen a Candela.

Ella se toma el comentario a la tremenda y espeta, aunque también en voz baja:

—Porque yo sí digo las cosas, ¿sabes? No como otros.

—¿Se puede saber qué te pasa? ¿Te hice algo?

—Déjalo, ¿vale?

—¿Cómo lo voy a dejar? Estás fleje rara.

—Pues acostúmbrate a este nuevo yo.

Cancán sí arroja vasito de plástico a la bolsa que hemos improvisado para cuidar del espacio y sí se marcha del mirador pisando fuerte.

Dudo entre ir tras ella o quedarme por si acaso Fayna quisiera comenzar una conversación —o yo encontrara las fuerzas y la energía para defenderme, una vez más, de crímenes que no son míos—; Candela no anda sobrada de equilibrio y, encima, está molesta, lo que todos sabemos que es una combinación peligrosa... , pero no puedo desaparecer ahora.

Por suerte, es Fayna la que se percata de que su amiga ya no puede seguir fingiendo un buen humor que no se corresponde con sus sentimientos. Abandona su fuerte para consolarla tomando la precaución de no mirarme ni por casualidad.

Yasen, Karen y yo las vemos marchar; el primero con una mezcla de pasmo y creciente irritación, la segunda con razonable confusión y yo con la terrible sensación de que acaba de suceder algo irreversible.