¡Esto no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 1) Capítulo 24 #2
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Capítulo 24 #2

—No hará falta que el misterio le sea revelado.

Cancán llegará antes a la conclusión de que no hubo ofensa y retomará la amistad.

Esta fama que tenemos las mujeres —imita el modo en que he pronunciado la palabra— de criaturas emocionales no nos hace justicia.

Puede que tengamos un prontito sentimental, como ya se vio —apunta a Candela con la barbilla—, pero es cuestión de tiempo que sopesemos ventajas y desventajas, si es o no perdonable, y actuemos en consecuencia.

—¿Eso es lo que haces tú conmigo cuando te mosqueas? ¿Sopesar ventajas y desventajas?

—Pues sí.

Aguanto una sonrisa y desvío la vista a mi vasito de vino. Lo vacío de un trago, una ordinariez que mi padre jamás me habría perdonado si se hubiera tratado de un Ribeiro y no una malvasía volcánica —a saber qué opinión le merecen los vinos canarios—, y me pongo en pie con energía.

—¿Te echas un baile conmigo?

—¿Al ritmo de Choclock y Chita?

—¿Por qué no? Es una canción bonita.

Fayna se encoge de hombros. Deja el vaso también vacío en el suelo para que la brisa no lo vuele lejos de nuestro alcance y me imita.

Aunque intenta exhibir una actitud abierta y desenfadada al apoyar la mano en mi hombro, percibo la dulce rigidez de su cuerpo en cuanto me acerco. Imagino que no se fía de mí, que le robo besos sin importar quién haya delante, y que no le gustan las muestras de afecto en público.

—Y... —retomo en cuanto formamos una curiosa pareja de vals— ¿has sopesado algo más en lo relativo a este humilde servidor?

Enarca una ceja.

—¿En qué sentido?

—No sé...

A fin de restarle hierro al asunto, doy una torpe vueltecita con ella atrapada entre mis brazos. Le aprieto la mano, un gesto no verbal pero íntimo con el que espero transmitirle lo que no le puedo decir. Porque si se lo digo, se agobia; ¿qué nos apostamos?

—¿Me estás preguntando si sopesé acostarme contigo otra vez?

—¿Tan superficial crees que soy? —finjo lamentarme. Procuro tener los ojos anclados a los suyos para no perderme sus microexpresiones al añadir—: Me refería más a lo de venirte a conocer Ibiza un día. O dos. O los que quieras.

Me esquiva la mirada de una manera elegantísima: apoyando la barbilla en mi hombro.

—Todavía estoy decidiendo si tomarte en serio, mi niño.

—¿Para eso necesitas tanta reflexión?

—Tomarte a un hombre en serio es como empezar un negocio.

No tienes ninguna garantía de que vaya a salir a pedir de boca por más que te diga que le encantas, y construir sobre terrenos pantanosos con ningún respaldo salvo la ilusión inicial es un riesgo tremendo.

Y hay que hacer muchos números —añade, pensativa.

A mí me da por reír.

Desplazo la mano con la que le rodeaba la cintura para pegarla más a mi torso. Huele a lo mismo que el bosque, a tierra mojada, a una mezcla de resinas, a aire fresco. Y a Fayna.

—¿Números? ¿Te refieres al dinero que tendría que poner cada uno para, no sé, pagar a medias el alquiler de un piso?

Fayna recupera más o menos la postura de baile para mirarme de reojo, atónita con mi presunta falta de sabiduría popular. Y con mi atrevimiento.

—En las relaciones todo es una cuestión numérica, Cesc.

Cuentas con un intervalo de entre una y tres citas para dar el primer beso; si no lo das, puerta.

Cuando llevas uno o dos meses, toca tener sexo; si no lo das, puerta.

En el caso de que todo vaya bien, al medio año se te concede el permiso de pronunciar el primer «te quiero»: antes es un suicidio, o, peor, una ordinariez.

A la postre se formaliza la relación. A los ocho, nueve, diez meses os presentáis a los parientes.

A los dos años os vais a vivir juntos. Entre los tres y los cinco se determina si hay boda o, en su defecto, no hay futuro.

Al poco de casarse, ponte que a los treinta o treinta y cinco, se baraja traer a un crío al mundo.

¿Lo ves? Números. Números por todas partes.

Como sucede con las empresas, la naturaleza de las relaciones amorosas es el crecimiento, el ir siempre más allá en busca de nuevos beneficios.

Por más que me esfuerzo en descifrar las emociones que van surcando su rostro, no logro averiguar qué opinión le merece su teoría. Conociéndola como la conozco, apuesto a que lo definiría como una asquerosa capitalización de los afectos.

—¿Y qué opinas de las relaciones que no se someten a esos intervalos numéricos?

¿De esos pobres enamorados que no tienen sexo nunca porque antes rompen por desavenencias, pero pasan cinco años seguidos soñando el uno con el otro?

—Vacilo antes de poner nuestro ejemplo—.

¿De la gente que se besa y se quiere el primerísimo día?

—Esas son las que merecen la pena —confiesa con una pequeña sonrisa—, porque no son relaciones; son historias de amor.

Lo que se opone al devenir establecido como «natural» de las cosas es totalmente libre, y en la libertad no hay compromiso con nada salvo con el sentimiento.

Por eso, en parte, todas las historias de amor están condenadas al fracaso.

Carecen de la disciplina necesaria para llevarse a buen puerto.

—¿Qué dices?

—Insisto: una relación que se sale de la norma es como un negocio que se sale de la norma. Ni es bueno que de entrada se te acumulen las deudas con el banco ni es bueno que tengas un comienzo fulgurante; al final, todo lo que sube, baja.

—Dependerá de quiénes estén al mando de la empresa, ¿no?

—No. Con los números da igual tinto que mosto. Dos más dos son cuatro, hagas la suma tú o la haga yo.

—Me cuesta aceptar que seas tú, precisamente, quien defienda una perspectiva capitalista de las relaciones.

—Es que las relaciones son capitalistas. El matrimonio siempre fue un movimiento estratégico para acumular y preservar la riqueza familiar.

—No era eso lo que quería decir, no te me pongas en plan Karl Marx. No puedes pensar en serio que el amor responde a estructuras prefijadas.

—No me estás escuchando —me reprocha con un suspiro.

Suelta mi mano y mi hombro y se separa, dando por concluido el baile—.

El amor en sí no responde a estructuras prefijadas, pero cuando se le quiere meter en el molde de una relación, está sujeto a las mismas responsabilidades y a las ordenanzas del imaginario colectivo.

Si tú y yo salimos, aunque yo sea La Fayna Silvestre, medio Karl Marx, medio huracán, de todos modos tendré que presentarte a mi padre antes de los diez meses y mudarme contigo en dos o tres años.

—Me gustaría conocer a tu padre. Seguro que es un tipo muy interesante.

No diría que su expresión se suavice, pero hay algo que cambia en ella con la mención.

—Fleje interesante, sí —murmura.

Cuando intento sonsacarle información con una pregunta indirecta —¿cómo es tu padre?

—, Fayna se convierte en una profesora de inglés explicándote las afirmaciones del verbo can .

Puedes dar la respuesta corta, yes I can , o puedes dar la respuesta larga que repite el predicado: yes, I can play tennis.

Eso hace ella. «¿Tu padre es interesante?

», «Sí, mi padre es interesante». «¿Has echado muchas horas trabajando?

», «Sí, he echado muchas horas trabajando».

Ni se le pasa por la cabeza completar la prueba de speaking como un estudiante de C2 , que tiene por obligación profundizar en sus contestaciones: «Pues sí, mi padre es interesante porque hace esto y aquello, y, además, me pongo entre triste y feliz cuando lo menciono por esto y aquello».

Fayna suspendería los exámenes de Cambridge por falta de iniciativa.

—¡Chicos, chicos! ¡La gente se ha vuelto loca con el episodio de Fuerteventura! —oímos que exclama Candela—. Yo pensaba que se les iba a pasar la tontería y que lo mismo hasta se sentían timados al ver que seguíais con el jueguecito, pero una vez más sois trending topic .

—A ver, léenos alguno de los grandes tuits que pasarán a los anales de la historia.

Candela cabecea, vacilante, como si no estuviera del todo de acuerdo en que sea una buena idea —yo tampoco lo creo, porque la gente puede exceder los límites de la crueldad—, pero complace a Fayna poniéndose cómoda en el borde del mirador con el móvil en la mano.

¿¿Pueden por favor irse ya a un hotel??

Preferiblemente a uno con una sola cama.

Guionista: hoy vamos a hablar de geología.

Fayna y Cesc: hoy nos vamos a follar con la mirada.

Como no se hayan besado para cuando lleguen a Formentera, me borro la suscripción.

—¿Saben que Formentera está en Baleares? —se carcajea Fayna.

Acaba de recuperar su sitio en el asiento de piedra y su vinito de malvasía.

—No lo creo —responde Cancán. Sin saber si reírse o componer una expresión fúnebre, levanta la mirada hacia mí y apostilla—: Están obsesionadas contigo, ¿sabes?

«Lo de Cesc no es narración en off , es narración en ufffffff ...

»; «Lo del disclaimer al principio no sé qué pinta, dice que “no hay publicidad”, pero yo creo que Cesc está publicitando sus genes superiores»; «Ya que el documental se centra en la naturaleza, que nos cuenten de qué ecosistema ha salido ese tío bueno, que en mi pueblo no los hay así».

—Ese tipo de comentarios me salieron a raudales en Twitter —admite Fayna—. Son los que más vi estos días.

—Pues por algo será —bromeo, mirándola de reojo—. El algoritmo habrá interpretado que soy tu tema de conversación favorito.

—O a lo mejor es que eres el tema de conversación favorito de toda España y parte del continente americano.

Y tú preguntándome si monté un pollo a raíz de lo de Javier porque me avergonzaba de ti —se mofa ella.

Regreso a su lado y le doy un codazo amistoso que en realidad me gustaría convertir en un abrazo amoroso—, cuando soy yo la que sale perjudicada en la mayoría de opiniones.

Deberías hacerles caso y apuntar más alto en tus aventuras románticas, Cesc.

—¿Cómo se apunta más alto del cielo?