¡Esto no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 1) Capítulo 24
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Capítulo 24

Cesc

El atardecer nos cae encima al tiempo que concluimos el recorrido planificado para el día: el vasto parque natural de Garajonay.

Estamos recogiendo nuestras pertenencias, cansados y sucios después de patearnos un bosque que bien podría alojar criaturas mitológicas, cuando Fayna propone comprar unas latas de cerveza y algo de comida rápida y subirnos al mítico mirador de la reserva.

No lo pienso dos veces y digo que sí. Cualquier excusa y cualquier lugar son buenos para pararse a contemplar el lento pero inexorable descenso del sol hacia las aguas, las únicas que parecen tener el don de apagarlo en este rincón del mundo; un rincón rodeado de océano lo mires por donde lo mires.

La naturaleza por la que Fayna nos ha conducido con el conocimiento que solo puede heredarse de un padre ha quedado debidamente retratado gracias a mi cámara. Ha habido un hashtag Momento Mirador, un hashtag Momento Roque, un hashtag Momento Clase de Reptiles y un hashtag Momento Bosque del Cedro.

También ha habido un hashtag Momento Leyenda.

—El parque le debe su nombre a una romántica pero trágica historia entre dos amantes.

No es tan impresionante o mítica como la del Diablo de Timanfaya, aviso.

Para quien no lo sepa, la palabra «Garajonay» es el resultado de la unión de dos nombres propios de origen guanche: Gara y Jonay.

Ella era una princesa gomera, y él, un humilde muchacho de Tenerife.

En contra de la opinión y el buen juicio de sus padres, los jóvenes se enamoraron y trataron de formalizar su romance.

Por desgracia, la rivalidad entre estas dos familias fue mucho más fuerte y no les quedó otro remedio que escabullirse al punto más alto de la isla: este en el que nos encontramos ahora mismo.

De hecho, el Alto de Garajonay, que es el mirador por antonomasia, se alza a más de mil cuatrocientos kilómetros de altura.

Decidí tomarme el hecho de que la leyenda romántica tuviera ahora un final feliz como un presagio optimista y decidí, también, subrayarlo en voz alta para que quedaran claras mis honorables intenciones.

—Entonces estos sí se quedaron juntos.

Fayna no me miró al sonreír, pero sonrió, así que gané yo.

—Estos sí se quedaron juntos —confirmó con un asentimiento.

No volvió a dirigirme la mirada en lo que quedó de grabación, pero no me preocupó.

Los hombres percibimos el interés de una mujer incluso cuando nos da la espalda, cuando camina a nuestro lado en silencio, cuando proyecta su voz de una forma determinada.

Sobreentendemos el flirteo por la manera en que se toca el pelo o menea las caderas al andar si no puede coquetearnos de frente; por el modo en que vigila el ritmo de la caminata, no vaya a ser que se adelante o se retrase a nosotros, acabe saliendo de nuestro campo de visión y nos perdamos las mil monerías que improvisa para hipnotizarnos; porque si de pronto habla muy alto sin ser este un rasgo de su carácter, es porque desea que la escuchemos.

Fayna ha estado todo el día actuando de acuerdo al manual.

¿Que de qué manual hablo? Del de la mujer que quiere ser vista, o, yendo al grano, del de la mujer que está enamorada de ti.

Es un libro cuyas lecciones he tenido la suerte de ir interiorizando poco a poco a lo largo de mis experiencias amorosas.

Todas ellas han servido a un bien mayor: poder reconocer ahora esos síntomas en Fayna, que como dedica su fuerza de voluntad a sofocar todo sentimiento, se presenta como el mayor reto de entre las señoritas del libro.

El cinturón negro de las mujeres. Saber interpretarla, desenmascararla y quedármela me merecerá el cuarto Dan.

Aposentados por fin ella y yo en el borde del Alto de Garajonay con nuestras latas y arepas, cortesía de un puesto ambulante en las cercanías del parque, Fayna ya no puede seguir manteniendo la distancia conmigo.

El cansancio y el roce de todo el día la ha ablandado.

Así es como se me aparece una nueva faceta de ella que, si tuviera que llamar de alguna manera, bautizaría como «coqueteo conservador».

Cuando me habla, lo hace con mesura y una ligerísima sonrisa, pero detrás de la fachada de simpatía reconozco su gran esfuerzo de contención.

Está asomada con expectación a los muros que ha levantado para que yo no pase: el muro de «cada uno viene de un sitio», el muro de «fingiste que no me conocías en el avión», el muro de «mandaste el piloto sin mi visto bueno» y todos esos otros sobre cuya construcción me ha venido advirtiendo y culpando.

Pero como hasta ella sabe que se acerca la hora de la verdad, me escruta con una mezcla de curiosidad, anhelo y alarma. Sopesa lo mismo que yo: ¿nos arrojamos al vacío o nos quedamos donde estamos?

Solo Dios sabrá por qué intuyo, desentraño y entiendo sus diatribas internas antes de que me las manifieste o las admita ante sí misma.

Desconozco por qué siento que sé leerla, no ya en mi idioma sino como se lee al autor preferido; cómodo a la par que fascinado con la familiaridad de sus giros de guion.

Nunca antes me había topado con una persona que me hiciera creerme —no, saberme — en su sintonía y preparado para ella.

He estado con mujeres cuya transparencia me abrumaba porque en el fondo no las quería comprender; mujeres a las que les olía las mentiras a diez kilómetros pero con las que me autoengañaba porque veía en su desinterés una oportunidad de demostrar mi valía, pues eran un reto y yo entonces aún creía que el amor era una competición.

Como Fayna no encaja en ninguna de estas categorías —el complejo tema académico que engloba no lo he estudiado antes; lo estoy deduciendo aplicando vivencias previas—, no puede representar el examen de idiosincrasia femenina definitivo.

Y no lo es, porque con ella no hay juego ni aunque juguemos.

Su carácter y su forma de moverse son un saber integrado en mi subconsciente desde el nacimiento, porque la miro y ya lo sé todo.

Eso no hace las cosas más fáciles, sin embargo. A veces, no saber es lo único que te mantiene a salvo. En el limbo del desconocimiento no tienes que tomar decisiones.

—¡Sorpresa! —exclama Candela en cuanto nos localiza conversando tranquilamente en el mirador. Canta victoria alzando dos bolsones de plástico, uno en cada mano.

Karen es la que hace los honores sacando de una de ellas una botella de malvasía.

Fayna ya se había sentado en el borde de piedra con una pierna a cada lado, igual que si montara a caballo.

De este modo no le da la espalda a nadie, ni a los humanos ni al atardecer.

Aplaude a las chicas con una sonrisa divertida y las invita a acercarse para que le sirvan el primer vasito de su adorado vino volcánico, que no sé yo si le sentará bien después de una lata de cerveza.

Yasen todavía está trasteando en el móvil a ver quién sorprende antes a quién, si él a Spotify o Spotify a él.

Estoy convencido de que nos va a deleitar con un opening de anime cuando empieza a sonar una melodía suave que me suena familiar.

Muy pronto confirmo que se trata de una canción de Choclock, un cantante canario.

—No sabía que te gustara lo urbano o lo local, sensei.

—¡Hay tantas cosas que no sabemos de Yasen...

! —aprovecha para meter baza Candela. Se ha servido una generosa cantidad de vino en el vaso de plástico.

Finge fijarse en el fondo para no tener que mirar al blanco de sus pullitas—.

Me pregunto si algún día lo conoceremos de verdad, ¿no os pasa a vosotros?

Yasen levanta la barbilla con un aire desvalido que no deja de asombrarme —¿cómo se puede ser tan listo y tan idiota a la vez?

— y despertarme ternura. Las gafas de culo de vaso le ayudan a subrayar su carácter inofensivo, que tanto choca con su talla de gigante, pero, además, es que lleva todo el día rumiando para sus adentros el porqué del comportamiento de Candela, que hasta hace veinticuatro horas era su partner in crime , su soulmate , una prolongación de sí mismo.

¿Podría haberme acercado a él y haber resuelto su duda susurrándole al oído La Verdad Sobre Las Mujeres?

Sí, claro que sí, pero muy flaco favor le estaría haciendo a, como he decidido llamarlo, El Hombre Inteligente Más Tonto Del Mundo.

Debe aprender a ejercitar el musculito cerebral en este tipo de situaciones sin ayuda externa.

Además, es muy divertido verle parpadear varias veces, como si le hubieran hablado en un dialecto desconocido, y volver a agachar la cabeza para no delatar que está más perdido que un hijo de puta el día del padre.

Hasta él tiene su orgullo masculino, supongo. Hasta él evita quedar como un imbécil.

Me siento al lado de Fayna como quien no quiere la cosa y espero a que ella, fiel a la buena educación de la que solo hace gala cuando se siente cómoda, me sirva cuatro dedos de malvasía.

Admiro su expresión concentrada y espero a que haya terminado para señalar a los miembros del equipo con un gesto de cabeza: Candela y Karen se ríen mientras dan buena cuenta de sus arepas; Yasen, alejado de ellas por varios pasos, un campo de fuerza y la orden terminante de destierro de la maquilladora, permanece de pie como un pasmarote y un aire melancólico.

El móvil que sujeta como si fuera una granada de mano sigue reproduciendo una canción apropiada para el momento, Malvasía .

—¿Crees que esta guerrilla interna nos va a pasar factura?

—Para nada —resuelve Fayna después de dar un trago—. Candela es demasiado buena y transparente como para que su secreta indignación llegue muy lejos.

—No subestimes la estupidez masculina. Puede que Yasen nunca descubra la naturaleza de su propia ofensa, y por experiencia sé que esta ignorancia saca de quicio a las mujeres.