¡Esto no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 1) Capítulo 23 #3
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Capítulo 23 #3

—Encima tenía que ser modelo. Una modelo que adora a los niños.

¡Niños con TDAH , encima! ¿Por qué todos los hombres son un cliché andante?

¿Por qué nunca fantasean con una odontóloga con las trompas de Falopio ligadas?

Supongo que es normal que se pirren por el prototipo de cuidadora.

Al final es el que más se parece a su madre, ¿no?

Todos los tíos tienen las neuronas justas para no cagarse encima y sufren el síndrome de Campanilla, que si no les dan atención, se mueren.

Disfrutar gratis de los servicios de una canguro que además les ofrece sexo escandaloso debe de ser el sueño de su vida.

Como se puede observar, estamos entrando en la segunda fase del duelo: odiar al objeto de deseo aunque no se lo merezca.

Muy comprensible.

Le paso un brazo por la cintura y la estrecho afectuosamente.

—Te sienta bien sacar el carácter, ¿sabes? Sobre todo porque en esos momentos se te olvida el compromiso que tienes contigo misma de echarte la culpa del hambre en el mundo.

Candela suspira.

—Prefiero estar cabreada a estar triste, si te soy sincera. Pero a lo mejor me he pasado...

Muy pronto se nos une Karen para silbarnos a la cara una miríada de palabras que de seguro ni existirán en el fabuloso mundo sonoro del silbo, pero que a ella le suenan la hostia de bien.

— Do you think I could leave my husband using this language?

Candela y yo rompemos a reír.

—Tiene que existir una forma de decirle cabrón en silbo —medita la maquilladora.

—Pues yo no creo que fuera lo más adecuado. Ni lo más asertivo —me lamento—, but iconic? That for sure.

— I’ll send him a voice note telling him to fuck off. Just to feel better.

Levanto el pulgar en señal de apoyo incondicional y la veo marchar con una sonrisita colmada de ternura. A Cancán no se le escapa el extraño afecto que he desarrollado hacia la guiri inconsciente, como la llaman en la red, y aprovecha para ahondar al respecto:

—¿Cómo es que no te saca de quicio? Cualquiera que te conozca un poco diría que serías la última persona dispuesta a pasarle las temeridades, pero le has visto el lado bueno antes que los demás.

—Me saca de quicio, claro que me saca de quicio, pero digamos que siento una debilidad irracional por los adultos disfuncionales.

—¿Qué diferencia hay entre un adulto disfuncional y un adulto infeliz? —replica Candela, apuesto a que en referencia a las confesiones con las que Karen nos hizo pensar en la que no era playa de la Concha—. Porque para mí son lo mismo.

—También se puede ser infeliz siendo funcional, mi niña. Y yo no consideraría a Karen una persona desgraciada. Ahora mismo está en un período de transición. Sacará la cabeza, ya lo verás. Lo veremos —me corrijo, porque no me gustaría perderme su florecimiento.

El profesor interrumpe la conversación para proponer una dinámica.

Consiste en lo siguiente: por parejas, cada miembro de la misma se va a colocar en un extremo del claro a unos cinco metros de distancia para ir intercambiando las distintas frases aprendidas.

De este modo confirmaremos que el silbo tiene aplicación práctica.

Me dispongo a ocupar mi puesto fingiendo que no noto que la mirada de Cesc me sigue.

Los sonidos de la naturaleza me acompañan; los crujidos de las ramas, el débil gorjeo de los pájaros que sobrevuelan las copas y a cada tanto se asoman para mirar con curiosidad qué estamos haciendo.

No me extraña que algunos se queden inmóviles, con la cabecita girada en un ángulo interrogante, cuando iniciamos el juego y el claro se llena de diferentes notas silbadas.

Otros más asustadizos salen volando, espantados por el eco.

Cesc le cede la cámara a Yasen para que nos grabe a ambos manteniendo una conversación en silbo.

Evito suspirar con hastío y me recuerdo que esto es lo que pide el vulgo, y que el consumidor no solo tiene siempre la razón, sino que debe salirse con la suya en todos los casos.

Clavo bien los pies en la tierra húmeda y formo una pequeña cueva con las manos para silbar el pertinente saludo de buenos días.

Se me escapa una carcajada incrédula cuando el silbido me es devuelto: el «buenos días» de Cesc desde la otra punta del claro.

Ya sabía cómo funcionaba el silbo, pero no es lo mismo que tu padre te canturree desde la cocina, a un pasillo de distancia, a oírlo en plena naturaleza.

La charla no podrá extenderse más allá de las cortesías básicas por falta de vocabulario.

Le pregunto cómo está, otra frase hecha que hemos practicado con el profesor, y nos decimos y respondemos silbidos que aluden a la vida en el campo.

Todos se ríen cuando el guía corrige nuestro torpe canturreo y aprovecha para traducir el contenido de la oración: «El burro está en el barranco» o «La cabra se ha perdido».

No sé si es que ando distraída con los estímulos de la naturaleza o es que Cesc ha recibido una clase avanzada mientras yo charlaba con Candela, pero una de sus respuestas silbadas me suena foránea.

Bajo los brazos y enarco una ceja con la expectativa de que interprete mi extrañeza pese a la distancia.

A él no le importa volver a formar una bocina con las manos y repetir el silbido, esta vez más despacio.

Miro al profesor en busca de una explicación que no llega porque el susodicho se ha entretenido con una consulta de Karen. Devuelvo la atención a Cesc, ahora con los brazos en jarras, y pruebo a sonreír con cierta suspicacia.

—¿Y tú qué cascas ahora, tolete? —le pregunto en voz alta.

Él rompe la postura del silbo gomero también y entrelaza las manos a la espalda con aire inocentón.

—Nada. Mi nuevo mantra.