Capítulo 23 #2
—¿Qué pasa? —me las arreglo para articular. Mi postura bucal, por decirlo de algún modo, no es la óptima para expresarse verbalmente—. ¿No puedo bromear sobre mi situación?
—Claro que puedes bromear. Lo que no puedes hacer es enfadarte conmigo otra vez.
—No me estaba enfadando contigo.
—Bueno es saberlo. Pero, por si acaso...
Afloja el agarre para besarme. El contacto, por lento y concienzudo, me deja catatónica incluso unos segundos después de la separación: él, orgulloso no solo de haberme cerrado el pico, sino de haberme dejado el encefalograma plano con su beso, esboza una sonrisa discreta y se aprovecha de mi abandono para acariciarme la mejilla con el pulgar.
Me cuesta tragar saliva, y por más que busco y rebusco en mi cabeza una tontería con la que aligerar la atmósfera en la que nos ha metido sin mi beneplácito, no puedo.
Me quedo de pie donde estoy, a merced de lo que quiera hacer conmigo, que no es otra cosa que darme otro beso, y otro, y otro, y así hasta que me adormece las piernas y me espesa la sangre y me encoge el estómago.
Él no parece más ajeno al hechizo, porque cuando vuelve a mirarme, lo hace con los ojos entrecerrados y los labios separados, igual que si acabara de despertarse de la siesta.
—¿Alguna otra sugerencia de edición que creas que debes compartir conmigo?
Pensaba que uno no podía balbucear pronunciando un monosílabo..., pero resulta que sí:
—No.
—En ese caso, continuemos.
Se carga la cámara al hombro con la misma agilidad que un padre acostumbrado a jugar a revolear a su niño de dos años y reemprende el camino silbando con desenfado.
Yo tardo unos segundos de más en incorporarme a la marcha — malditas piernas hechas gelatina — y en localizar al guía de la experiencia.
Descubro, abochornada, que llevaba un rato esperando a que nos uniéramos los últimos para comenzar su explicación.
Se ha detenido en un claro donde al sol se le ha concedido un permiso especial para dibujar mosaicos sobre las hojas en descomposición. Erguido junto a una roca y con la sonrisa de los que viven entusiasmados con su trabajo, comienza la clase con una introducción:
—Podría decirse que el silbo gomero es el móvil de los abuelos...
Como la mayor parte de la teoría ya me la sé, cruzo las manos a la espalda y me dedico a observar las expresiones de los asistentes.
Yasen también conoce los órganos que juegan un rol importante —labios, lengua y, a veces, la mano, que ayuda a aumentar la proyección del sonido— y los modelos clásicos, pero Candela y Karen no tenían ni la menor idea de que el silbo existía y atienden extasiadas.
Cesc se ha vuelto a abstraer en su papel de cámara, pero he aprendido a diferenciar su cara de concentración profesional de la que se le pone cuando el tema le interesa.
Se va moviendo muy despacio entre los oyentes sin perder de vista al ponente, que se explica con una precisión encomiable.
El tema no es de fácil asimilación, que se diga.
Ni siquiera si tienes el oído fino para los idiomas.
No puedo evitar conmoverme con la atención que Cesc le pone no ya a la explicación, sino a todo lo que venimos observando de la islas.
No ha habido una sola cosa, paisaje o costumbre que haya menospreciado.
Está tan pendiente de lo que le rodea, se expone con tanto gusto a los estímulos que recibe, que a ratos siento que pretende impresionar a la tierra; esforzarse para que lo adopte.
A lo mejor debería conmoverme más con su atractivo físico, con su carisma o con el hecho de que hace cuanto está en su mano para transmitirme que le gusto, algo que no está de más; sobre todo porque no estoy acostumbrada a que me persigan con ahínco y —esto es importante— sin perder el encanto personal, porque anda que no pierde aura un notas en cuanto empieza a suplicar atención.
Pero es su actitud respetuosa con el medioambiente y la tradición canaria lo que me seduce.
Revela que podría llegar a quererme por todo lo que soy.
Al final, somos nuestro barrio, nuestra gente y los entornos en los que hemos crecido. Si lo pienso, es muy íntimo que, a la vez que me va conociendo a mí, se le vayan revelando los escenarios de mi infancia, aquello que me he comprometido a amar y proteger.
—Ahora haremos una pequeña práctica con un puñado de frases clásicas. Les servirán para impresionar a los gomeros que se topen estos días que pasen en la isla. Empezaremos con «Buenos días», «Sube a comer» y «¿Vendrás mañana?».
El profesor y guía se coloca las manos en torno a la boca para amplificar el sonido y reproduce una serie de silbidos alegres que hacen reír a Karen.
Sé que no es una risa despectiva o infantil; es la risa que me daba a mí cuando mi padre me hablaba en su idioma único desde la otra punta de la casa, y no cuando era cría o adolescente, sino también la última vez que lo vi.
Al final, ¿quién silba? Aquel al que le han salido las cosas redondas. Aquel que celebra la victoria de su equipo deportivo. Aquel que vuelve a casa después de darle el primer beso a la persona a la que quiere.
Quien está contento, en definitiva.
Se silba por alegría y por eso quien oye el silbido sonríe también.
Karen es la primera en probar a repetir el sonido.
El profesor se aproxima para corregirla en castellano —pobre de él—, pero parece que ella le entiende, porque hace justo lo que le pide: modular la altura del primer silbido y entrecortar la continuidad para diferenciar las palabras.
La felicita con un pequeño aplauso que Karen agradece con esa jovialidad tan suya, y a continuación sigue su ronda para valorar cómo se desenvuelven los demás.
Candela le pone todo su empeño, pero asegura tener muy mala boca para los idiomas. Yasen, para sorpresa de nadie, lo borda. Cesc se asegura de estar preparado para grabar un primer plano de mi cara improvisando la única frase que conozco.
La aprobación del guía no se hace de rogar.
—Eso no te lo enseñé yo ahora mismo. ¿Conoces el silbo?
—No, pero mi padre me obligó a aprenderme esa frase concreta para cuando estuviera en peligro y las circunstancias me impidieran gritar. Ha visto muchas películas —me burlo con cariño—. Aunque es verdad que podría habernos servido para caídas en la bañera o la intempestiva visita de un ladrón.
—¿Has tenido alguna vez la ocasión de probarlo? —inquiere Cesc—. Con tu padre, digo.
Eludo la pregunta con una sonrisa.
—No.
Pero no porque no lo necesitara, porque más de una vez habría silbado, gritado y llorado para que mi padre me salvara de mí, de una pesadilla o de él mismo, sino porque sabía, como sé que me llamo Fayna, que no acudiría en mi rescate.
En mi casa los roles estaban intercambiados. Nunca fui yo la que silbó «Ven a por mí». Siempre fui yo la que lo oyó desde su habitación y tuvo que salir corriendo con la certeza de que se encontraría una escena de las que no se olvidan.
—¿Qué hay de ti, chico de la cámara? —le pregunta el guía a Cesc—. ¿Puedes dejar eso un momento y unirte a la clase?
—Pensaba que nunca me lo pedirías —contesta de buena gana.
Se acerca al profesor y le pasa un brazo por el hombro con toda la naturalidad del mundo para hacerle una consulta que no alcanzo a escuchar.
Al tipo se le ve encantado con lo que le cuenta, así que no me preocupo de que le esté soltando una inconveniencia y en su lugar me acerco a Candela, que tan necesitada anda de un apoyo después del revés de la mañana.
De hecho, lo primero que la oigo mascullar es un: