¡Esto no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 1) Capítulo 23
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Capítulo 23

Fayna

Nuestra primera parada nada más arribar a La Gomera, la isla de la que es originario mi padre, es el bosque de laurisilva del Parque Nacional de Garajonay.

No guardo los mejores recuerdos de la última vez que estuve aquí y sé que él tampoco, pero no puedo resistirme a aplacar la culpabilidad que me consta que aún siente enviándole una foto del paisaje.

Luego me hago un selfie con su pose favorita, el símbolo de la victoria, y añado un comentario: «Vamos a recibir una clase de silbo gomero. ¿Qué te parece?».

Mi padre me responde inmediatamente. Para evitar que me sintiera ignorada, en su día se aseguró de mantener el móvil con sonido y diferenciar mis notificaciones de las demás eligiendo un politono especial.

Es una de las muchas medidas que tomó a raíz del comienzo de su segunda vida para resarcirme por todos los obstáculos de los que tuve que salvarnos durante la primera.

Su contestación es un audio breve con silbidos que me arranca una carcajada.

La manera en que le sonrío a la pantalla debe de clamar al cielo, porque capta la atención de Cesc, que ya me andaba siguiendo con la cámara encendida y apoyada en el hombro.

—¿Quién es el afortunado que te pone esa cara de pardilla?

—Mi padre.

—¿Y es que tu padre tiene un canario o algo así? —me pregunta sin perder el enfoque de mi cara—. ¿O es que he oído mal?

—No era un pájaro, era él. Entiende y practica el silbo como gomero de pura cepa que es. Igual que mis abuelos —agrego—, que fueron quienes se lo enseñaron. Como se dedicaban al pastoreo en los años cincuenta, necesitaban el lenguaje silbado para comunicarse en largas distancias.

—Cuéntame más sobre eso del silbo.

Se me escapa una sonrisa de agradecimiento porque en lugar de pedirme que corte el rollo me haya invitado a explayarme.

Ralentizo la marcha para situarme en un plano cinematográfico cómodo para él y lo miro.

—Fueron los bereberes los que introdujeron el silbo en la cultura.

Como pasa con todo, en su origen tenía el objetivo de facilitar la vida de la gente; en este caso, les ayudaba a comunicarse a varios kilómetros de distancia sin necesidad de gritar o moverse.

Al principio lo utilizaban para advertir de incursiones piratas y tenerse localizados en pleno episodio de caza sin ahuyentar a los animales.

Pero es posible mantener conversaciones enteras y muy ricas en contenido, ¿sabes?

No solo lo empleaban para decirse «cuidado» o «estoy aquí».

De hecho, mi abuelo Manuel conquistó a mi abuela gritándole cosas románticas desde el risco contrario.

Con el ojo pegado a la lente de la cámara, solo puedo verle la mitad del rostro. Tiene el lado visible contraído porque debe mantener guiñado el ojo contrario y no ha dejado de sonreír con embeleso en lo que ha durado mi exposición.

Me pregunto con ilusión infantil si es que he conseguido convencerlo por fin de que las costumbres canarias son interesantes per se y no necesitan adornarse con efectos especiales.

—¿En serio?

—Te lo juro.

Me guardo el móvil en el bolsillo y aprieto el paso bosque a través. Nuestro guía de la mañana, que en horario lectivo es profesor de silbo en un colegio público, nos adelanta unos cuantos metros con la seguridad de moverse por un terreno conocido.

Me gusta que no haya cumplido los cuarenta años.

Denota que, aunque en el siglo veinte estuviéramos a punto de perder el silbo por culpa del clasismo —al fin y al cabo, es un lenguaje creado y promovido por los labradores, y el sector agrario se respeta bastante poco—, no solo lo salvamos a tiempo del olvido proclamándolo patrimonio cultural inmaterial, sino que las instituciones han conseguido fomentar el interés hacia su tradición entre los jóvenes.

—¿Qué le decía tu abuelo a tu abuela? —me pregunta Cesc.

—Pues no te lo puedo reproducir silbado porque yo solo sé decir lo básico.

Mi padre me lanza desde la otra punta de la casa un «¿Todo bien?

» y yo se lo devuelvo como afirmación. Pero, por lo que contaron, mi abuelo le soltaba perlitas del tipo «Anoche te vi en la plaza e ibas guapísima», «Eres la flor más bonita del valle», «Te quiero con locura», etcétera.

Abarco con un ademán el sinfín de coqueterías de las que era capaz, ligeramente sonrojada. Incluso si esa vulnerabilidad de declarar sentimientos a corazón abierto no es mía, me cuesta el solo hecho de hacer alusión a ella.

—¿Aún vive?

—¿Mi abuelo? Qué va. El día que murió, se llevó consigo el romanticismo del siglo pasado.

—¿Eso crees?, ¿que se ha perdido el arte del cortejo?

—Me gustaría pensar que no..., pero todo apunta a que sí.

—¿«Te gustaría pensar que no»? No me digas que querrías que fueran románticos contigo.

—¿«Fueran»? ¿A quiénes engloba ese plural, si se puede saber? —le devuelvo la pelota con una mueca divertida.

—No sé. A lo mejor es poliamorosa. Te pega.

Pongo los ojos en blanco.

—Habrá que preguntárselo a internet, que me conoce mejor que yo misma, pero según tengo entendido gracias a la omnisciencia de nuestro querido público —le hago una burlona venia a la cámara—, solo tengo ojos para ti, mi niño.

Cesc se ríe de buena gana. No baja la cámara ni tampoco la apaga.

—¿Ahora hacemos metacine?

—Lo que mande el director. Con lo egocéntrico que es, seguro que lo autorreferencial le fascina. —Le lanzo un guiño.

Ahora sí agacha la cámara. La lente se orienta hacia el suelo terroso, húmedo por la lluvia reciente.

Por un momento pienso que se va a inclinar hacia mí para robarme un beso, pero solo menea la cabeza como si no tuviera remedio sosteniéndome la mirada con los ojos brillantes.

Sonríe de ese modo que me cautivó en el avión, bajando las comisuras de los labios para emular un puchero.

—Qué tonta eres, ¿eh?

—Eso también lo opina internet. Me alegra ver que seguimos el guion en condiciones.

Arranco a andar de buen humor. ¿Cómo no vas a estar de buen humor surcando estos bosques densos y verdes, espectáculo único de la Macaronesia?

Aunque hacía un solajero matador cuando hemos bajado del avión, las entramadas copas de los tilos y laureles, sumadas a la niebla brumosa que a menudo se engancha, como un bebé koala a su madre, a las cumbres gomeras, la impresión es la misma que si te hubieras teletransportado a un mundo de fantasía ideado por Tolkien.

La humedad que despiden los suelos alfombrados de musgos y líquenes crea su propio microclima dentro de una isla mayoritariamente visitada por su «constante servicio de playa», y lo entrecomillo porque más les valdría a los turistas venir advertidos de casa de los trucos de magia que se gastan mis Canarias, que tan pronto te ametrallan con un sol cegador como te desatan una tormenta.

Inspiro hondo para empaparme los pulmones de este aire impregnado de tierra mojada y resinas.

Se me ocurre que brillan diamantes entre los huecos de cielo que dejan a la vista los brazos de los árboles, agarrados unos a otros como el equipo de fútbol que maquina la próxima jugada en el descanso de medio tiempo.

—¿En qué piensas? —me pregunta Cesc, de pie a mi lado.

La cámara vuelve a apuntarme.

—En que este ecosistema ya existía antes de que la raza humana apareciera.

Era un bosque subtropical único en su especie.

¿Cuántos animales no habrán cazado, siguiendo las necesidades del instinto, en este exacto rincón del bosque?

¿Cuánta gente no habrá recorrido este mismo camino antes que yo...

? —Observo que Cesc agacha la cabeza para mirar dónde pone el pie, como si ahí fuera a encontrar una prueba arqueológica de la presencia neandertal—.

Me impresiona pensar que estoy pisando las huellas de unos antepasados que no hablaban castellano y que llevaban existencias primarias: comer, dormir, aparearse y medir la posición del sol para saber cuándo hacer qué. Si nos vieran ahora, ¿qué pensarían?

—Que vamos muy vestidos —contesta. Espera a que haya dejado de reírme para añadir, en tono reflexivo—: Que nos preocupamos por gilipolleces.

Encantada con sus conclusiones, freno en seco y lo encaro los brazos en jarras.

—¿Ves por qué es importante preservar la naturaleza?

Te pone en tu sitio. Cuando crees que estás solo en el mundo, ya te recuerda ella que no, que antes que tú hubo miles, millones; todos se hacían las mismas preguntas, todos lloraron por amor y todos se creyeron inmortales, pero lo único que perdura hoy es ella. Su magia.

Cesc corta la grabación del clip en cuanto he dejado de hablar y se asoma por el costado de la cámara ladeando la cabeza. No sonríe. Tiene esa expresión mansa de gran pensador que a veces me hace gracia y otras me deja preguntándome qué habré dicho para dejarlo de ánimo solemne.

—Eso va al documental tal cual lo has dicho.

—¿Tal cual lo dije? ¿No vas a reproducir una canción de Estopa de fondo? Fui a la orilla del río ... —me burlo. Él sonríe con una ligera culpabilidad y sacude la cabeza—. ¿Y qué tal si me colocaras el efecto de Snapchat de la nariz y las orejas de perro mientras hablo?

—Fayna... —empieza a reírse por lo bajo.

—También podrías decirle a Yasen que grabara a Karen su incidente de esquí en Aspen y colocarlo por encima de mi audio como si estuviese doblando el inglés.

—No seas rencorosa, Cotufas. Perdonar es avanzar.

—¿Y si pones simultáneo a mi reflexión un vídeo de Frank de la Jungla?

—Fayna...

—¿Qué te parece ese audio de sonidos variopintos y ridículos que se ha popularizado en TikTok? Yo hablando, y de fondo un claxon, el badum-tss de una batería, el frenazo de un coche, una campanita dramática; ¡el tema de la Pantera Rosa!

—Fayna...

—¡Ya sé! —Chasqueo los dedos—. Sustituyes el bosque por un croma verde, y...

Cesc me interrumpe cogiéndome de los mofletes con una sola mano y acercándome la cara a la suya. Aunque mi aspecto debe ser ridículo —morritos involuntarios, ojos muy abiertos—, él no se ríe: con la vista fija en mis labios, dice en voz baja, con severidad y también dulzura:

—Ya vale, ¿de acuerdo?