Capítulo 22 #3
Se cansa sospechosamente rápido de hablar de sí misma, creo que porque teme acaparar las conversaciones.
Le sucede a todos aquellos a los que les han hecho sentir alguna vez que «son demasiado».
Y, desde luego, Candela es demasiado. No en un sentido negativo, sino en el mejor de todos ellos; en el sentido del Sombrerero Loco, que le reprochaba a Alicia que hubiera perdido su gran encanto: su muchosidad .
—¿O piensas seguir negando que te gusta? —insiste, viendo que me quedo pensativa.
Se me escapa una sonrisa triste recordando lo que me dijo Cesc sobre mi tendencia a mantener a los demás a una distancia de tres brazos; sobre los intentos fracasados de la maquilladora por intimar conmigo.
No he podido ser yo quien la ha «educado» en que después de desahogarse tiene que mostrar interés por su interlocutor, no vaya este a pensar que es una egocéntrica; no he podido ser yo la que le ha enseñado que debe haber una correspondencia milimétricamente exacta en las relaciones y, por ende, en la comunicación informal: ahora hablo yo, ahora hablas tú .
Pero me siento culpable aun así por no haber dedicado estos días a quitarle el vicio insano de creerse una molestia o, en sus palabras, una «puta gilipollas».
Evito hacer pública mi reflexión para no incomodarla más de lo que ya está triste. Si acepto entrar al trapo es porque si hay una norma en la que creo firmemente, es en que una confesión emocional exige otra confesión emocional de parte del otro para empezar a construir la confianza.
—Nunca lo negué —me defiendo con la vista fija en mi regazo. Para los viajes utilizo ropa desgastada y con pelotillas de algodón que me entretengo arrancando durante la travesía—. Lo único que te dije en las salinas fue que los besos que nos dimos en el avión no significaron nada para mí.
—Pero no era verdad —deduce ella.
—No, supongo que no.
—Solo intentabas protegerte.
—A veces siento que es lo único que hago.
Poner los brazos en aspas —replico la postura cruzando los codos delante del pecho— en cuanto alguien se me acerca, y si tiene la valentía o la temeridad de seguir adelante a pesar de mi actitud defensiva, soltar la de Dante Alighieri: «¡Abandonad toda esperanza, vosotros los que entráis! ».
Aunque no me giro para confirmarlo, siento su mirada clavada en mi perfil.
Candela no retoma la conversación enseguida, no sé si porque no está de humor para hablar de romances correspondidos y con potencial a futuro o porque quiere darme unos segundos de tregua para asimilar lo que yo misma acabo de confesar.
No es justo que ella lo haya oído antes que Cesc, sobre todo porque Cesc ha recalcado lo que siente más de una y más de dos veces y todavía no ha escuchado el siempre deseado «tú también me gustas».
Claro que no es que le haga falta esta reafirmación a un notas tan pagado de sí mismo.
—Mira —dice Candela al cabo de un rato. Imprime tanta fuerza y solemnidad a su tono que tengo que buscar su mirada y volcar toda mi atención en ella—, no soy la persona más indicada para decir esto, pero, en fin, el que suelta verdades como puños nunca suele serlo, ¿no?
Es una de esas ironías de la vida. El caso es que sé lo que es pensar, repensar y requetepensar hasta el delirio, sopesar todo lo que podría salir mal hasta que tú misma te has disuadido de puro hartazgo; intentar convencerte de que no es para tanto para que luego el demonio te lleve porque sí, lo es.
Es para tanto. Yo también me opongo a mis sentimientos porque estoy acostumbrada a fracasar cuando mis acciones los involucran y, la verdad, llega un punto que cansa sentirse una perdedora.
Pero hace un tiempo leí una novela que me volvió más impetuosa, y lo cierto es que desde entonces me va mejor.
—¿Qué novela?
—Te la prestaré; es muy divertida. Tenía un pasaje que me cambió la vida.
La protagonista de la escena era una especie de mánager, de los detalles no me acuerdo, pero trabajaba para una empresa y el jefe de dicha empresa la aborda a propósito de un problema que estaba teniendo para reunir a un grupo de música.
Uno de los integrantes había desaparecido y esa noche iba a celebrarse un concierto.
El mandamás le preguntaba: ¿dónde lo vas a buscar?
Y ella contestaba: aquí. Y él le preguntaba después: ¿y si no está allí?
¿Qué harás entonces? Ella respondía: pues esta otra cosa, a lo que su jefe, que también te digo que mandaba cojones, volvía a preguntarle qué haría si su plan B fracasaba también, qué consuelo tendría.
Ella se quedaba pensativa un rato y al final suspiraba y decía: «Supongo que algún día estaremos todos muertos y nada de esto importará».
Me río con incredulidad.
—Por casualidad la protagonista no estaría deprimida...
—En absoluto. Era una víctima de la moda con más huevos que el caballo de Espartero.
La cuestión es, Fayna, que al final todos nos vamos a morir y nada va a importar.
Nadie va a retratar ni va a dejar por escrito tu fracaso, si es que fracasas.
Y el dolor que puedas sentir si las cosas se tuercen se acabará algún día porque todo acabará algún día.
Por todo esto que te digo, no tiene sentido refrenarse por miedo a la pérdida.
No te pierdas experiencias transformadoras por andar poniéndote en lo peor.
Podría preguntarle a qué viene la disertación, pero Candela no tiene un pelo de tonta y yo tampoco.
Las dos sabemos a qué viene la disertación.
Viene a que una se pregunta si Cesc la adora en serio, de verdad , o es todo una puesta en escena para meterla en caliente los diez días que les quedan juntos...
y se refrena en consecuencia. Viene a que una se pregunta si es viable comenzar una aventura albergando sentimientos puros y sinceros para luego someterse a una inevitable y dolorosísima separación, porque cada uno nació en un rincón de España...
y se refrena en consecuencia. Viene a que una se pregunta si podría mantener una relación seria y estable después del documental sin hacer sacrificios que luego pudieran echarle en cara...
y se refrena en consecuencia. Viene a que una se pregunta si lo que siente es real o tiene el síndrome del campamento de verano: como se ve en un entorno de ensueño y con las mismas cinco personas todos los días, el roce hace el cariño, pierde contacto con la realidad y empieza a pensar que ese, ese y no otro, es El Definitivo...
y se refrena en consecuencia. Viene a que una se pregunta si de verdad lo conoce, si tiene algún sentido lo que le pasa, si el amor existe, si los hombres son capaces de enamorarse, si la van a traicionar.
Se lo cuestiona una y mil veces hasta que la reflexión pierde el sentido, como lo pierde cualquier palabra si la repites lo suficiente, y se queda con una horrible sensación de desorientación...
, pero con el mismo anhelo ganándole terreno al sentido común.
Jefe que manda cojones: ¿Qué harás si te enamoras, Fayna?
Fayna: ignorarlo.
Jefe que manda cojones: ¿Qué harás si aun así el sentimiento es más fuerte que tú?
Fayna: analizarlo desde un punto de vista objetivo, sopesar pros y contras.
Jefe que manda cojones: ¿Y qué harás si ni por esas vences la vulnerabilidad?
Fayna: ¿Casarme con él?
Jefe que manda cojones: ¿Y si sale mal?
Fayna: pues habrá salido mal. Al final estaremos muertos y nada importará.
A veces hay que ponerse así de drástica para salir de los bucles y recordar que somos un granito de arena en medio del desierto. Esto es verdad: nadie se muere de amor. Pero también es verdad lo siguiente: el desamor puede hacerte desear la muerte.
En la cúspide de todas esas verdades, brilla, aun así, la suprema, la clave de todas ellas.
Mientras estamos vivos, hay que tomar decisiones.