¡Esto no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 1) Capítulo 22 #2
57%

Capítulo 22 #2

—Sí, ya, ahora ponte juguetón. Te faltó preguntarle a Yasen si su novia tiene alguna amiga soltera. O una hermana gemela —señalé con desdén.

—¿Te has puesto celosa?

—¿Celosa? ¿Yo?

—Te tendrás que cambiar el nombre de usuario en TikTok. ¡@lafaynacelosa!

—Ya te gustaría que me pusiera celosa. Me puse de los nervios, en todo caso. Es asqueroso verte reaccionar como un groupie a la fotografía de la pareja de un colega.

—¿Como un groupie ? De eso nada, monada.

Esas mujeres no son mi tipo —desestimó con un aspaviento—, pero no me puedes negar que no suponga un impacto descubrir que el sensei tiene una novieta normativa.

No me habría sorprendido que saliera con una otaku con el pelo teñido a lo Draculaura o con una chica alternativa que combina camisetas de Los Ramones con un par de Converse desgastadas.

Pero ¿una modelo rubia? ¿De catálogo de bañador, encima? ¿Estamos locos?

—Intenta que no se te note tanto la envidia, ¿quieres?

—¡Que no me da envidia! —se quejó. Me agarró de los hombros para que advirtiera el grado de su pasmo en toda su gloriosa extensión—. ¡Estoy en shock!

—Tienes un discurso superficial que no me gusta un fisco, ¿sabes?

¿Por qué no se va a sentir atraída una mujer atractiva por un hombre igualmente atractivo?

Yasen llama la atención a primera vista, y cuando le escuchas hablar te dan ganas de quedarte, no de salir huyendo.

Qué desinformados están ustedes los pibes en lo que refiere a lo que le gusta a una chica —suspiré.

—No es por eso. Es por una cuestión de tribus urbanas.

Esa mujer podría haber salido con mi grupo de amigos de la adolescencia, ¿entiendes?

Y mis amigos de la adolescencia eran los archienemigos naturales de los tipos como Yasen.

Es muy raro que se mezcle la comunidad friki con la comunidad cayetana.

—¿Y tú qué sabes si la doñita es una cayetana o no?

—Créeme, Cotufas. Hay una razón por la que determinadas estéticas se asocian a determinados grupos sociales: precisamente para que se reconozcan los unos a otros en la naturaleza y o se eviten o acudan al mutuo encuentro. Todo es lo que parece.

Ahora que estamos cada uno en su asiento, reconozco que me he quedado con las ganas de rebatirle, más porque me gusta llevarle la contraria que porque pueda defender el argumento opuesto.

Coincido con él en que las cosas suelen ser lo que parecen. Solo vas a ver a un tipo de gente haciendo cola para entrar a un concierto de El Kanka. Y gracias a Dios que esto salta a la vista. Si no, uno tendría que andarse con el doble de cuidado a la hora de relacionarse.

Tampoco puedo negar que el estado civil de Yasen me haya sorprendido. Más que nada porque tenía la ligera sospecha de que el enamoramiento de Candela era recíproco.

Pero, con diferencia, la que peor ha encajado la noticia es ella, que se ha quedado muda.

—¿Estás bien? —le pregunto en voz baja.

—¿Yo? Estoy perfectamente. ¡Perfectamente!

—Espero con paciencia a que me revele la segunda parte de su exclamación, porque por supuesto que hay una segunda parte.

Baja el tono para no hacer cómplices ni a los chicos ni a los pasajeros próximos a nosotras—: Lo único que me jode es que ponga cara de tonto cuando le digo que no es normal tirarte más de un mes sin mencionar a tu novia.

No son solo estos cuatro días de convivencia, ¿sabes?

¿Qué hay de nuestras conversaciones por WhatsApp?

¿Qué hay de la reunión en la que nos conocimos?

¿De la cena en Madrid? ¿Los paseos? ¿Las noches que me he tirado hablando con él hasta la madrugada?

Es verdad que no vas a soltar «tengo novia» en plena disertación sobre el traumático final de Ataque a los Titanes , pero...

—Pero te habría gustado saberlo antes de fijarte en él —completo.

Candela alza la mirada hacia mí con los ojitos tristes.

Me acuerdo de lo que decía Hugh Grant sobre Julia Roberts en aquella entrevista reciente sobre Notting Hill , algo parecido a «parece que la actriz tenga la piel muy fina, casi transparente, porque puedes verle el alma cuando se expresa».

Esto mismo le sucede a Cancán. Le basta con descubrirme su expresión dolida para que yo sepa hasta qué punto le ha afectado la noticia.

La entiendo y me posiciono de su parte porque, a menor escala, a mí también me apena que no vayan a darse ni un besito.

Me gusta Candela, me gusta Yasen, me gusta o me gustaba la idea de los dos juntos.

Al final, aunque procure que mi mente esté en otros asuntos que considero prioritarios, sigo siendo una niña que ha crecido viendo Love Actually en Navidad y soñando con la reconciliación de Selena Gomez y Justin Bieber.

Intento ver el amor allá donde voy. No solo no me importa jugar a ser la celestina, sino que me encanta desempeñar un papel decisivo en las estrategias —porque todo es estrategia al principio— del amor.

¿Cómo no me voy a doler en estos casos por las expectativas fracasadas?

—¿Sabes qué es lo peor? —insiste ella—. Que no me puedo enfadar porque no es que me haya engañado.

En ningún momento me ha tirado la caña. En ningún momento me ha mirado de ninguna forma que pudiera interpretarse como romántica.

En ningún momento me ha hecho un cumplido que no pudiera haberme dirigido mi madre.

Ha sido correcto desde el principio. Simplemente se ha interesado en mis opiniones y mis problemas como si le importasen, y como no estoy acostumbrada a que me presten atención, he empezado con mis estúpidas pajas mentales.

—No tengo la menor duda de que se interesó porque le importan, mi niña.

—¡Exacto! ¡Le importan! Es una persona que te escucha como si estuviera enamorada de ti, porque explícame tú a mí, si no, por qué te bebes lo que alguien te está contando si no es porque lo amas...

—Bufa con desprecio hacia sí misma—. En fin, he caído como una tonta yo solita.

No tiene la culpa de que me haya montado una película.

No me ha engañado porque no ha ocultado a la novia por razones oscuras y perversas, sino porque él es así.

Tampoco ha mencionado a su abuela, que es lo más importante de su vida, hasta ayer.

Si es que... —se ríe sin ganas—. Siempre me pasa lo mismo. Soy una puta gilipollas.

—Eh, no, de eso nada. ¿Por qué te tratas así?

—pregunto, impactada con el énfasis con el que se menosprecia.

El acento andaluz le añade un extra de dramatismo a sus exclamaciones, pero, aparte, no es la primera ocasión en la que se insulta con una vehemencia preocupante—.

Cada vez que ocurre algo que no está en tu mano o cometes un mínimo error, te atacas.

No pasa nada porque te ilusionaras con un chico, ¿sabes?

No eres ni la primera persona a la que le sucede ni tampoco es el fin del mundo.

—¡Pero me siento patética! No es su culpa —repite, ahora mirándose las manos.

La agitación le ha teñido las mejillas de rojo—, pero me sigo sintiendo patética.

Llevo dos noches soñando con él, y una de las razones por las que no quería abandonar el proyecto es porque imaginaba que no volvería a verlo si me iba antes de tiempo.

Es inteligente, atento, bueno... Y yo soy una flipada, eso es lo que soy.

Mira que pensar que le gustaba... ¡Qué imbécil!

Encima mira la novia que es: Teresa de Calcuta pero con las tetas en la garganta.

Me contengo para no soltar una carcajada.

—Tú también tienes las tetas en la garganta.

—Tengo las tetas grandes —me corrige con la sabiduría de quien ha pensado en el tema lo suficiente para elaborar una tesis—, pero no en la garganta.

Es lo que pasa con las tetas grandes y la fuerza de la gravedad, que es imposible que no te pesen y te cuelguen.

El caso es que no se habría fijado en mí ni si estuviera soltero.

Por favor, ¡sale con una modelo! ¡Una modelo! ¡Y mírame a mí!

Supongo que con «mírame a mí» se refiere a «mira mi metro sesenta de estatura» o «mira mi físico no-normativo» —una expresión que, en lo personal, encuentro deleznable porque además me paso las normas por el forro y me las vuelvo a pasar—.

Más allá de eso, no se le pueden señalar muchas diferencias respecto de La Modelo.

Candela tiene una cara que es un regalo del cielo, un cuerpecito muy femenino con forma de reloj de arena y un estilo personal que la haría destacar en una habitación atestada de mujeres.

Recogiendo lo que Cesc ha dicho, ella sí que tiene el cabello de Draculaura —más bien el de Cleo de Nile, si somos precisos— y sí que luciría una camiseta de Los Ramones y unas Converse desgastadas.

Cuando la ves pasear al lado de Yasen, asumes que son pareja, y no solo porque Cancán lo mire como si hubiera ido a la luna y de allí le hubiese traído un souvenir .

Tampoco es porque se parezcan, porque él le saca treinta centímetros de estatura y solo viste de negro frente al estallido de colores que suele ser Candela.

Es más una cuestión de energía que de estética.

Aparte, mi maquilladora es el sueño de un hombre poliamoroso.

Saliendo solo con ella podría tener veinte novias al mismo tiempo, porque además de Draculaura, Cleo de Nile o fan de Los Ramones, es mil mujeres diferentes.

Por ejemplo, hoy combina un chándal de terciopelo dosmilero con unas coletas bajas y un maquillaje desvaído adrede para dar la misma impresión de adicta a la heroína que Lindsay Lohan cuando volvía de fiesta en su época ravera.

Candela tiene visión y posee, a la vez, el lienzo perfecto para plasmarla.

—Yo saldría contigo sin pensarlo dos veces —confieso—. Eres mi tipo.

—Lo dices por mi personalidad, ¿no? —suspira, desinflada.

—No. Me fijaría en ti en cuanto entraras por la puerta. No te haría falta hablar.

—Pues es una pena que Cesc entrara antes que yo, entonces —se lamenta con divertida resignación.