Capítulo 22
Fayna
Para quien no conozca la disposición de las Islas Canarias en el mapa, si las señalamos de derecha a izquierda empezando por arriba, tenemos Lanzarote —nuestra primera parada—, Fuerteventura —la segunda—, Gran Canaria, Tenerife, La Gomera, La Palma y, abajo del todo, El Hierro.
Por eso la ruta lógica habría sido tomar el ferry de Fuerteventura a Gran Canaria y continuar por ahí.
Pero como Karen es mi asistente y quien en teoría adquiere los billetes —empiezo a pensar, debido a las inconveniencias a las que nos vamos enfrentando, que en efecto los reserva ella—, de cara al tercer episodio nos plantamos en un vuelo Binter con escala para llegar a La Gomera.
Algo que supongo que me gusta de Karen es que nunca sabes cuándo o cómo la va a pifiar de nuevo.
Hay un ligero placer culpable en esperar ojo avizor, incluso con entusiasmo, para ver de qué manera te sorprenderá esta vez.
Por lo pronto, la descubro en el segundo vuelo de veinte, veinticinco minutos entre islas —de Gran Canaria a La Gomera— regateando con el azafato para que le regale unas cuantas Tirmas.
A diferencia de como sucedió en el primer vuelo —de Fuerteventura a Gran Canaria—, que, por cortesía de mi asistente de pandereta, cada miembro del equipo acabó en una fila distinta, en este segundo viajo junto a Candela un par de asientos por detrás de Yasen y Cesc.
La maquilladora no ha dejado de revolverse con incomodidad, bufando por lo bajo y apretando los labios, en lo que ha durado la acomodación, el despegue y lo que se está demorando la ruta.
Creo saber a qué se debe su visible irritación: al episodio que ha tenido lugar en el aeropuerto de la isla que dejamos a nuestra espalda.
Todo ha comenzado con Yasen anunciando que tenía que escindirse del grupo un momentito para hacer una llamada.
Cancán, con ojos de enamorada, le ha preguntado si quería ponerse en contacto con la residencia para saber si todo estaba en orden con su abuela, a lo que el sonidista ha respondido lo siguiente con su cara de moái habitual:
—No. Es para informar a mi novia de dónde estoy.
—¡¿A tu novia?! —repitieron Cesc y Candela al unísono, uno con clara perplejidad y la otra con una emoción de la familia del despecho.
Tuvo que ser el cámara quien continuara indagando, porque ella se quedó sin palabras, sin sangre y hasta sin fe en la humanidad—.
¿Desde cuándo tienes tú una novia, chaval?
Lo pronunció como quien pregunta desde cuándo estás afiliado a la Falange Española.
Le fulminé con una mirada de advertencia: «No te pases un pelo con el tonito de asombro, mi niño. Nadie tiene por qué sufrir los vestigios de tu pasado bully , uno del que no pienses ni por un segundo que me olvidé».
Cesc captó al vuelo lo que pretendía decirle y carraspeó para repetir su legítima duda sin sonar tan estupefacto. Que es lo que corresponde, porque a mí no me sorprende en lo absoluto que un hombre robusto, leído, responsable y familiar salga con una chica.
Considerando cómo está el patio, lo raro es que no salga con tres a la vez sin haber informado a las involucradas.
—El mes que viene haremos seis años juntos.
—¡Seis años juntos! —gritó Candela. Un par de guiris de la cola de embarque dieron un respingo; otros dos la miraron con desdén por su exabrupto.
Tuve que morderme la lengua para no recordarles cómo se comportan ellos cuando un balcón les pilla cerca y llevan tres ron mieles encima—.
Seis años juntos ¿y no se te ocurre mencionarla hasta cuatro días después de comenzar el viaje?
La reacción emocional de Cancán cazó con la guardia baja a nuestro Yasen.
A veces los hombres no se enteran de nada.
Es entre desesperante y graciosísimo, dependiendo de si te toca sufrirlo o verlo.
—¿Por qué debería mencionarla? —En otra persona, la réplica habría sonado burlona. Pero Yasen iba muy en serio—. No hubo ningún tema de conversación relativo a nuestras vidas sentimentales, nadie me preguntó...
Cancán siguió erre que erre.
—¿Y por eso la tienes que tener en secreto?
—No era un secreto.
—¿Cómo crees que le sentaría enterarse de que actúas como si estuvieras soltero?
—¿Qué quieres decir con que actúo como si estuviera soltero? —preguntó Yasen, cada vez más perdido.
Candela no pudo responder a eso, claro, aunque no por falta de ganas, porque ganas lo que es ganas había hasta de sacarle los ojos con una cucharilla de café.
Todo el mundo sabe que el hecho de que hable durante horas con ella, pase los ratos muertos con ella, vaya a las fiestas de San Isidro porque se lo ha dicho ella, baile con ella y se abrace con ella no es indicativo ni de que esté enamorado de ella ni de que no le espere una preciosa mujer en casa.
—Yo creo que nos está tomando el pelo —intervino Cesc, imagino que para rebajar la tensión. Lo único que consiguió fue que yo volviera a amenazarlo con una mirada perdonavidas, pero él no se cortó—. Una muñeca hinchable no cuenta como novia, Yasen.
«Te vas a llevar un bimbazo por listo», le amenacé mediante lenguaje no verbal.
Cesc me batió las pestañas con coquetería: «Pues ya me llevo algo tuyo, guapa».
—Estoy de acuerdo —contestó Yasen sin inmutarse por la malicia del comentario, que en realidad no era malicioso como tal, porque salta a la vista que Cesc le tiene aprecio además de admiración, pero sí de pésimo gusto.
Por otro lado, me asombró una vez más la diplomacia del sonidista y editor.
Acabé resignándome a la realidad imposible de ignorar: no entiende el sarcasmo—. La mía es de carne y hueso.
—Venga, enséñala. Si no, no me lo creo.
—¿No la viste ya?
Sacó el móvil del bolsillo y pulsó el botón lateral de desbloqueo. La pantalla se iluminó mostrando a una belleza espectacular con medidas noventa, sesenta, noventa y pechos naturales perfectos, y lo sé porque aparece posando sentada en el borde de una piscina con un biquini diminuto.
No me cupo la menor duda de que en efecto es su novia por la calidad de la imagen, que era mínima —se la habrá hecho él—, y la sonrisa tímida que la monada le dirigía a la cámara.
—¡¿Esa es tu novia?! ¡Y una mierda! —aulló Cesc.
Le faltó tiempo para arrancarle el móvil de la mano y acercárselo a la cara con los ojos fuera de las órbitas.
Aunque su reacción fue cuanto menos bochornosa, yo no aparté la vista de la pobre Candela, que se había quedado amaguada—. ¡Pensaba que era modelo de OnlyFans !
—Es modelo, pero no de OnlyFans . —Yasen se detuvo un segundo a reflexionar—. ¿Por qué tendría de fondo de pantalla a una modelo de OnlyFans ? O a cualquier mujer que no conociera en persona y con la que no tuviese ninguna relación de confianza, si a esas vamos.
—Eres tan puro, Yasen —suspiré yo.
—Me cago en la puta —seguía mascullando Cesc, abanicándose con una mano—. Es un escándalo. Un escándalo.
La siguiente hora fue un suplicio de interrogatorios. Candela se alejó por unos pasos y yo me situé a su lado para proporcionarle apoyo moral mientras asimilaba la noticia, pero aun así escuchamos la batería de preguntas a la que el cámara sometió a Yasen en tanto que embarcábamos.
—¿Cómo se llama?
—¿Cómo la conociste?
—¿Y a qué se dedica? ¿Solo es modelo?
—¿Qué le dijiste para ligártela?
—¿De qué es modelo?
— ¿Quimi si llimi? ¿Quimi li quinicisti? ¿Sili is midili? —repetía Candela por lo bajini con desprecio—. ¿Qué más debería ser, a su parecer? ¿Chef de estrella Michelin? ¿Estrella porno? ¿Una adorable profesora de guardería?
—Pues trabaja en un jardín de infancia con niños con necesidades especiales —oímos que contestaba Yasen.
—Venga ya, hay que joderse —rezongó Candela—. Y también hará voluntariados en residencias de ancianos, ¿no?
—... en su tiempo libre visita centros de día para mayores; se lleva a los internos a pasear y les propone actividades divertidas para que se distraigan, como dibujarse los unos a los otros, comentar algunas películas...
—Y una mierda —jadeaba la maquilladora. Yo no estaba menos perpleja—. Solo le falta que le den el Nobel de la Paz.
Como entiendo el orgullo que lleva a las mujeres a priorizar la furia sobre la decepción para no parecer débiles, la dejé ser en lugar de recordarle que La Novia no tenía culpa de nada.
—Es perfecta —suspiraba Cesc con los ojos brillantes.
—Los tíos son tan patéticos —espetó Candela a modo de conclusión.
Y yo estuve de acuerdo.
—Ni que lo digas.
Me aseguré de transmitirle mi parecer a Cesc una vez estuvimos dentro del avión haciendo la cola en el pasillo para colocar nuestro equipaje de mano. Él presintió que alguien le estaba abriendo un agujero con entrada y salida en la nuca y se giró para verme taladrándolo con una mirada atravesada.
—¿Qué?
—¿Cómo que «qué»? ¿Por qué le hablas así a Yasen, como si te resultara inconcebible que alguien se hubiera enamorado de él? ¿Y por qué hablas así de su novia? Es su novia. N-o-v-i-a —recalqué en voz baja—. ¡Deja de comportarte como un machango y respeta a la gente!
—¿Crees que le estaba haciendo bullying o algo así?
Tú es que no sabes cómo funcionan las amistades masculinas, ¿no?
—En cuanto colocó su macuto sobre nuestras cabezas, puso los brazos en jarras—.
Yo le suelto una barbaridad, él me suelta una barbaridad, y así hasta que alguna de esas barbaridades exceda los límites de uno, que entonces el otro se corta por un tiempo, evidentemente sin pedir disculpas, hasta que las aguas vuelvan a su cauce.
Me dieron ganas de aclarar que no se puede tener una dinámica de este tipo con alguien que no entiende el sarcasmo o por lo menos se niega a practicarlo, pero me decanté por la conclusión genérica y ofensiva que a veces me sale del alma:
—Los hombres no se merecen tener amigos, entonces.
Cesc aprovechó que yo estaba ocupada encajando mi modesto equipaje en los huecos del estante superior para apoyarme la barbilla en el hombro y susurrar:
—Mientras me merezca tener Fayna, yo tan contento.