¡Esto no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 1) Capítulo 21 #5
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Capítulo 21 #5

Yo, por mi parte, me muestro como soy incluso en mi manera de sentarme: las manos apoyadas a la espalda, las piernas extendidas, el pecho relajado y la cabeza girada hacia ella, porque si algo hay que saber de mí es que no me pienso escamotear ni un instante de belleza regalada.

Le sonrío sin enseñar los dientes, sin recalcar lo canalla, condescendiente o capullo que puedo llegar a ser, y me inclino con la cabeza ladeada.

Fayna no se aparta. Solo cierra los ojos para el momento en que nuestros labios se tocan.

El corazón me da el mismo vuelco que me dio cuando aceptó mi beso en el avión; como siempre que acepta mi beso, en realidad, con una mezcla de orgullo masculino y pasmo que denota lo indigno que en el fondo me siento de ella.

Hoy, justo ahora, entiendo lo equivocado que he estado con las mujeres.

Con mis concepciones del amor. Porque uno asume siendo muy joven que un beso es una puerta, una transición obligatoria; se besa para luego tocar, para luego desnudar, para por fin llegar al destino del sexo.

El beso es el pretexto de la última base.

O lo era. Con Fayna, un beso es la institución original. Se vale por sí mismo.

Fayna. ¿Cómo es que se llama Fayna? ¿Cómo es que le sienta tan bien el nombre?

¿Cómo es que no concibo que nadie más se llame así?

Fayna solo hay una, como solo hay una Sherezade o solo hay una Cleopatra, y aunque otras del jardín de infancia, de la oficina o de la última película de Spielberg se llamen Sherezade o Cleopatra, el imaginario colectivo les impondrá todas y cada una de las veces la sombra de su regia antecesora.

Pero a mi Fayna no se le imponen ni el criterio ajeno ni la grandeza de otros tiempos. Sobre su cabeza solo está el cielo y, supongo, la cúpula de sus pensamientos.

A falta de conocer sus secretos porque ella quisiera contármelos, anoche me informé sobre su nombre como hacemos todos los enamorados sin excepción.

Busqué sus orígenes tradicionales y la escasa información que ofrece la web sobre los aborígenes canarios.

Me estudié la leyenda de la reina de Lanzarote que le legó su nombre y sonreí al confirmar que su significado es «entre la luz y el fuego».

También la forma femenina del término faya , «noble» en guanche.

Fayna fue la esposa de Zonzamas, el rey más antiguo de la isla de la que acabamos de venir. Fayna dio a luz a una niña de piel blanca y cabello rubio: la princesa Ico, que se rumorea que tenía la sangre de un conquistador español.

Fayna, la matriz sobre la que se hicieron las demás, es protagonista de una épica isleña.

Y, aun así, para mí Fayna es y será la mujer que tengo aquí delante. Si conozco a otra, la cara de la original se superpondrá a la de la impostora y nunca me veré capaz de llamar a esta segunda por su nombre oficial. Porque no será suyo.

Me dan ganas de decirle que no tiene derecho a hurgar en mis heridas porque ella tampoco ha contado nada de sí misma.

Sé lo de la princesa Ico y lo de la luz y el fuego y lo del término guanche porque cuando no puedo dormir pienso en todo lo que desconozco sobre su vida y, para que no me lleve el demonio de la ignorancia, me resigno a averiguar las cuitas de sus ancestros mitológicos, la etimología que inspiró a sus padres.

Sé, también, que prefiere el calor al frío porque tiene la piel de cuero y persigue el sol sacando la cabeza por la ventanilla.

Sé que le gusta vestir de crochet, que su risa atrae a los animales, que la enfermedad del inconformismo —si no la persecución de la justicia— será lo que la destruya algún día...

, si es que algo la puede destruir, porque ni la luz ni el fuego se destruyen.

Pero ¿quién es su padre? ¿Se ha enamorado?

¿Qué hace cuando está sola? ¿Es de las que bailan en su cuarto, de las que dialogan en voz alta con su conciencia, de las que solo piensan con las manos entrelazadas sobre el vientre y la vista clavada en el techo?

¿Con qué películas ha llorado? ¿Ha suspirado alguna vez en un balcón?

¿Qué ve cuando me mira? ¿Cuando me doy la vuelta o se la da ella, mi cara sigue adherida a sus pensamientos como el musgo a la piedra, o me esfumo como el humo de un cigarrillo?

Quiero saberlo. Quiero saberlo todo.

No hay nada que no quiera saber y que no me vea en condiciones de soportar.

Me separo para acariciarle la cara. Fayna se deja con los ojos cerrados, y aprovecho que me concede ese segundo de intimidad conmigo mismo para tragar saliva y tomar aire.

Es verdad lo que decía Antonio Gala a propósito de la pasión de su Desi: a la protagonista de la novela le preguntaban qué demonios tenía el turco de marras para traerla de cabeza y ella se reía y se tiraba de las comisuras de los ojos diciendo: «Que tiene los ojos así».

Pero luego se encogía de hombros, felizmente indiferente a las cuestiones materiales del misterio.

Resolvía la arcana incógnita que nos ha torturado a todos desde tiempos inmemoriales, que ni la poesía de alto nivel ni los filósofos han descifrado, con un sencillo planteamiento: «El amor aparece, se posa y ya está».

Es verdad. Quien lo ha sentido, lo sabe.

El amor no tiene más historia. Su ciencia es la simple aparición.